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18/08/2022
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Los nuevos intelectuales y billonarios comunistas

 A finales de los años 60, siendo estudiantes en el Tec. de Monterrey, dos amigos y yo alegremente nos dirigíamos a nuestra tierra a pasar las vacaciones de Navidad siguiendo en auto la ruta de siempre. De Monterrey a Laredo para luego tomar la carretera que, a través de Texas, Nuevo México y Arizona, bordeaba la línea divisoria entre los dos países hasta llegar a Nogales y penetrar Sonora.

El primer día de jornada anochecía cuando llegamos a un pueblo de Texas. Ahí decidíamos hacer una parada para cenar y escogimos un restaurant que nos pareció agradable. Tomamos una mesa y fue cuando nos dimos cuenta de un gran letrero que rezaba: “No se admite negros ni mexicanos”. Pero lejos de sentirnos ofendidos o temerosos nos provocaba una risa incontrolable. Mis dos compañeros, curiosamente, ambos cargaban el sobrenombre de “chino”. Uno de ellos riendo me dice: “No hay problema, tu pareces gringo y no dice nada de los chinos”. Ordenamos y luego de consumir la cena nos retiramos sin incidentes.

Peso migratorioSin embargo, el evento nos había causado una multitud de sentimientos encontrados ante este fenómeno desconocido para nosotros. Pero, sin abandonar nuestra actitud de tomar a broma algo que nos parecía despreciable, iniciamos los comentarios. ¿Cómo era posible que en el país más desarrollado del mundo todavía existiera algo tan vil? Pero el futuro nos mostraría situaciones aún más viles atentando contra todo lo que representaba para nosotros una sociedad libre, desarrollada, moral, que supuestamente había ya abandonado las cavernas. Continuando con la broma comentábamos que habíamos pasado “el corte”. Término usado por los ganaderos al referirse a los becerros que los compradores gringos desechaban por no cumplir con la calidad de exportación, y nos seguíamos riendo pues al no ser rechazados podíamos libremente pastar en estos potreros.

Nunca imaginé que los años me presentarían la versión moderna de este fenómeno que, al desarrollarse, en estos momentos emerge como un hambriento monstruo con una nueva fisonomía, pero con resentimientos y rabias superiores a lo que expresaban los texanos con su letreo en aquel restaurant.

Un conocido líder social hace la siguiente afirmación: ”El problema más grave de los EU es el hombre blanco”, mostrando cómo los papeles se han estado invirtiendo. Y para comprobarlo solo hay que analizar los precandidatos demócratas a la presidencia. Una mujer que fraudulentamente se identifica como indígena, otro que igualmente de forma fraudulenta se identificaba como mexicano haciéndose llamar Beto. Un mestizo de negro y blanco que, al igual que Obama, reniega de su sangre blanca. Un oriental que esgrime como su mejor arma el no ser blanco. Otro blanco que se le perdona por ser homosexual, el mismo que, ante el movimiento de “las vidas negras importan”, tuvo la osadía de afirmar que “todas las vidas importan” lo que provocó una ola de rabia y lo obligara a disculparse.

Lo que antes me divertía al escuchar; “tu no pareces mexicano”, al igual que situaciones como lo sucedido en una reunión cuando, un hombre maduro insistentemente me miraba provocándome cierta incomodidad. Al terminar la reunión me aborda y me dice “te invito a mi casa”. Nervioso le pregunto ¿Por qué? Su respuesta me dejaba atónito. “Porque mi esposa es adicta a las telenovelas mexicanas, pero dice que los actores y actrices no son mexicanos porque son altos, blancos y, según ella, en México no hay gente así. Quiero que te conozca y se dé cuenta lo equivocada que está”. Ahora lejos de divertirme me preocupa que mi apariencia es lo que tanto se odia. Entonces decidí hacer una prueba. Con mi gorra de MAGA me presenté en un supermercado en la zona hispana de Tucson y casi linchan a un gringo hijo de la chingada.

Y este sentimiento ha sido sembrado por los demócratas de forma maquiavélica para confirmar a Hillary Clinton cuando, refiriéndose a los que apoyan a Trump, los definía como “blancos deplorables”. O como los describiera uno de los renegados del FBI atacando al presidente; “los apestosos que acuden a Walmart”. Lo increíble es que, en este nuevo batallón de cruzados por la raza, se forman esos blancos cuya tragedia es su sangre y sueñan que llegue el día en que puedan oprimir a los “blancos malos”. Porque hay una diferencia entre plebe y pueblo, y estos blancos renegados, aun con sus títulos de Harvard, son parte de la plebe, pero los deplorables son el pueblo. Son los mismos que derrumban las estatuas de los sureños perdedores de la guerra civil.

Los mismos que aprobaron el infanticidio al momento de nacer descrito por el gobernador de Virginia quien es pediatra. “Al nacer, haremos que el “producto” esté confortable, la madre indique y terminarlo”. Los mismos que ahora su odio por Trump, al participar en la marcha por la vida, crece como los hongos de bombas nucleares. Los mismos que pretenden los sexos desaparezcan, pero, en el inter, promover, reconocer, admirar y darles derechos especiales a transexuales, transgéneros, homosexuales, bisexuales. Son los mismos que quieren que el cristianismo desaparezca junto con la leyenda en los dólares que reza; “in God we trust “. Son esos hombres que quieren ser mujeres y exigen el gobierno pague por su transformación.

Son los que quieren desarmar a los ciudadanos porque saben que una sociedad armada puede defenderse y entienden las palabras de Washington: “Cuando el gobierno le arrebata al ciudadano el derecho de tener armas, es el deber de los ciudadanos el quitarle al gobierno el derecho de gobernar”, y eso fue lo que sucedió para iniciar la guerra de independencia. La segunda enmienda no fue escrita para que la gente vaya de cacería, fue para crear una resistencia contra cualquier fuerza tiránica, y ellos son esa fuerza tiránica en puerta.

Son herederos de los intelectuales comunistas que, en los años 20, rechazaron la cultura americana que odiaban igual que las tendencias económicas, sociales, políticas de la gente. Aquellos que, después de la primera guerra mundial, hallaban todos sus dioses muertos, todas las fes temblorosas y se marchaban a Paris el centro de su comando: Hemingway, F. Scott Fitzgerald etc. Sinclair Lewis los describía así: “Votan Republicano, odian los sindicatos, son Masones, Presbiterianos. Son simplones, changarreros, ignorantes”. Luego iniciarían sus peregrinaciones a Rusia comunista de la cual se enamoraron. Algunos encontraron en el comunismo una fe para remplazar la que habían perdido, una esperanza para abandonar el sufrimiento.

Estos intelectuales fueron responsables del declive moral de la sociedad que se mostraba en la familia, los hijos y, en especial, la educación que desde entonces fabrica zombis para las filas del gobierno. Ahora su papel lo han tomado los billonarios socialistas del Silicon Valley. Esos son los que ahora luchan para tomar este país. Un grupo que revive los odios de aquellos intelectuales y le agregan unos cuantos más para definir ahora su gran enemigo, el hombre blanco. Parece que ahora el mejor negocio en EU será el de salones para broncearse y lucir como latín lovers.