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- COMO CONTRIBUCIÓN NECESARIA Y OPORTUNA
Constatamos que las circunstancias sobrevenidas han aconsejado
recomendar la conveniencia de la participación directa de los
ciudadanos en materia socioeconómica local por los efectos beneficiosos
que puede aportar ante nuevas realidades históricas, ambientales y
sociales. Es, creemos, cuando se invoca en determinadas problemáticas
emergentes, como es el caso del Capítulo 28 del Programa 21 -mejor
tratado hasta la fecha para el desarrollo sostenible emanado de la
Cumbre de la Tierra de Río’92, consensuado por 178 gobiernos y donde se
crea la institución universal de la AGENDA 21 LOCAL -pura conciencia
colectiva de que constituye una contribución necesaria y oportuna, algo
beneficioso e inmerso en el orden natural de las cosas.
La participación directa de los ciudadanos en materia socioeconómica
local para el ejercicio del Desarrollo Sostenible con sus consecuencias
de colaboración, concienciación, legitimación, receptividad y
corresponsabilidad, que prescribe el Capítulo 28 del Programa 21, reúne
todos los ingredientes para ser tenida como una aportación necesaria
que es un valor superior, positivo, político y práctico, además de un
derecho reconocido y que, ante nuevas e importantes circunstancias,
insistimos, la aconsejan, por emanación colectiva y consensuada. La
participación directa de las mujeres y de los jóvenes, se postula y
prescribe también en el Programa 21 en sus capítulos 24 y 25 muy
generosamente, además de la de las ONGs en su capítulo 27, empresarios
en su capitulo 30, sindicalistas en su capítulo 29 y pueblos indígenas
en el capítulo 26.
Por otro lado el principio 10 de la Declaración de Río’92 -otro de los
cinco documentos fundamentales de la Cumbre de la Tierra- comienza
afirmando: “El mejor modo de tratar las cuestiones ambientales es con
la participación de todos los ciudadanos interesados, en el nivel que
corresponda......Los Estados deberán facilitar y fomentar la
sensibilización y la participación de la población...”. El principio 20
dice: “Las mujeres desempeñan un papel fundamental en la ordenación del
medio ambiente y en el desarrollo. Es por tanto, imprescindible contar
con su plena participación para logra el desarrollo sostenible”. El
principio 22 dice lo mismo respecto de las poblaciones indígenas y sus
comunidades.
La Carta de la Tierra (París, Marzo 2000) en el Principio IV.13.b
prescribe “Apoyar la sociedad civil local, regional y global y promover
la participación significativa de todos los individuos y organizaciones
interesadas en la toma de decisiones” y en el Principio III.11. b.
“Promover la participación activa de las mujeres en todos los aspectos
de la vida económica, política, cívica, social y cultural, como socias
plenas e iguales en la toma de decisiones, como líderes y como
beneficiarias”
La democracia participativa es como un recurso durmiente, enunciado y
reconocido, que ante la emergencia se aconseja utilizar porque vale
para ello cuando a lo local se le da una importancia básica para bien
de lo global. Su elusión y modulación hacia menos nos permite valorarla
como algo perjudicial y negativo percibible por todas las personas,
máxime en las circunstancias actuales constatadas y tras su
prescripción por una declaración de principios como lo es la de Río’92
o una ley consensuada, aunque lo sea blanda, como es el Programa 21 o
un documento declarativo universal y participado como lo es la Carta de
la Tierra. Quede bien claro que no se trata de asamblearismo
anarquizante, sino de un proceso extendido en el tiempo, serio,
ordenado y documentado, bajo la autoridad representativa y sometido,
este proceso, al consenso tanto en la formación del grupo participador
como en la determinación de los objetivos y supone la incorporación de
un enorme porcentaje de población excluido prácticamente hasta el
momento, un capital humano infrautilizado y amortizado.
Esa desamortización, que es la participación directa y real de la
sociedad civil en la toma de decisiones y en su posterior seguimiento y
control va a reportar beneficios no sólo en el cambio de hábitos
respecto del uso y abuso de los recursos naturales y su mejor
administración, sino también en la contribución a la reordenación de
los valores colectivos imperantes y no impuestos por unos pocos; va a
contribuir a la mejora en la gobernabilidad y va a ser una fuente de
información valiosa y un factor determinante para que las autoridades
locales puedan proceder al cambio con actuaciones políticamente
incorrectas pero legitimadas por esa participación y luchar con
eficacia contra el deterioro ambiental, la pobreza, la ignorancia, la
corrupción y el terrorismo.
La participación directa solo se puede producir en un plano de igualdad
y, por tanto, debe practicarse en una mesa de negociación, con
información, turnos, orden, argumentación, tiempo por delante, sin
dirigismos previos ni imposiciones y en consenso. De ninguna manera
imponiendo las asociaciones como único vehículo -en ellas sin duda se
da legitimidad pues el representante suele ser líder como persona- pues
volveríamos a la participación representativa en otro grado, sino ratio
personae.
De ningún modo las encuestas, los sondeos ni los foros breves inducidos
o no por diagnósticos previos, justificativos y exhibitorios, ni el
asamblearismo reivindicativo y anarquizante a mano alzada pueden
exhalar las objetividades beneficiosas y legitimadoras de la
participación directa, puesto que no aportan nada, o muy poco, en estas
circunstancias tan trascendentes.
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