| De torturadores y guerreros |
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| Written by Gerardo E. Martínez-Solanas | |
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El torturador es lo más bajo que existe en la escala de valores y lo más destacado en materia de aberraciones. Es un ser todavía más abyecto que quien da la orden. Quien ordena no tortura. El que da la orden es un cobarde malvado que pone en manos de otros más abominables la espantosa práctica. El torturador es su especialista deshumanizado que la ejecuta. Este ser despreciable no es un “animal” sino algo mucho más bajo e incalificable, porque el animal que mata lo hace para comer y sobrevivir. Tampoco merece que se le llame “salvaje”, porque éstos matan para defender la tribu o para obtener riquezas y bienestar a costa de otros. El salvaje mata en combate y con riesgo. El torturador prolonga en vida el sufrimiento del sometido.
El torturador es tan abominable que no alcanza siquiera el nivel del verdugo, no porque tenga escrúpulos para matar sino porque sabe que la muerte abrevia los sufrimientos de la víctima. Cuando no llega a matar al cuerpo, se dedica a matar el espíritu y la conciencia; mata lo más sublime del alma humana. Trabaja a la sobra, tras muros que lo protegen y sin correr riesgo alguno en su despreciable tarea. Es un ser intoxicado de omnipotencia cruel que se ceba en el desarmado, el indefenso, el caído, el debilitado, el que no puede siquiera clamar por piedad o compasión porque nadie lo oye ni el torturador conoce tales palabras. No hay justificación alguna que valga para ningún tipo de tortura o de humillación persistente o privación prolongada que equivalga a esta. Cuando la sociedad enfrenta enemigos crueles, incivilizados y destructores, pero abandona su propia ética, los cánones de la justicia y el respeto a los derechos humanos para proceder a cualquier nivel que sea de tortura con un supuesto propósito de defensa o de eliminación del peligro de agresión, no hace más que descender a un nivel más bajo que el de sus propios enemigos. Semejantes justificaciones suelen emplearse para hacer la guerra. Pero en el mundo contemporáneo solo podría justificarse la guerra provocada para defenderse de un agresor o la gestión internacional iniciada para proteger a un pueblo de las matanzas y la opresión. La cuestión ética consiste en mantenernos del lado de la justicia, la compasión y el respeto irrestricto a los derechos ajenos. Nunca rebajarnos al nivel de abyección de nuestro cruel enemigo, pues entonces nuestro propósito legítimo se vuelve despreciable. La violencia es un último recurso justificable frente a los agresores y abusadores cuando se utiliza con el propósito irrenunciable de aplicar la justicia, la razón y la reconciliación que nos hermane en la victoria a nuestros enemigos y nos aparte definitivamente de la opresión. San Juan Crisóstomo aseguraba que "mientras seamos corderos, la victoria es nuestra. Si llegamos a ser lobos, seremos vencidos, porque entonces nos faltará la protección del pastor que no apacienta lobos, sino corderos". Si un lobo se convierte en cordero es menos monstruoso que un cordero convertido en lobo porque, transformándose en lobo, el cordero se convence de que no existe la bondad, mientras que el lobo, al vestirse de cordero, lo que está haciendo es rendirle homenaje a su víctima. Quienes no tengan convicciones cristianas podrían modificar esta frase aduciendo: "porque entonces nos faltará el fundamento de la razón y la protección de la justicia, que les faltan al lobo y les sobran al cordero". |




