Miguel Saludes
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Miedo al cambio en ambas orillas - 2008/08/16 20:50
El ambiente proclive a cambios que caracteriza las venideras elecciones en Estados Unidos y el reclamo de un tránsito que posibilite transformaciones democráticas en Cuba, tienen en común la desconfianza con que es acogida la intención por un sector importante de la sociedad en ambos países. La causa de esta respuesta cautelosa responde al miedo.
La candidatura del primer afro americano para ocupar la silla presidencial en Washington despertó profundas reservas entre los votantes, incluso no pocos demócratas. El dilema planteado por la cerrada carrera entre los posibles contrincantes de la fórmula republicana, cobró una nueva dimensión tras el favoritismo obtenido por Obama. El asentimiento de Hillary Clinton al apretado triunfo de su oponente correligionario, evitó una problemática mayor a su partido. Muchos aseguran que de haber llegado a la convención, no era improbable que el cónclave optara por inclinar la balanza a favor de Clinton, a pesar de las consecuencias negativas que ello hubiese provocado. .
Ahora que la situación está definida, no son pocos los demócratas que dejan asomar sus dudas y temores ante la posibilidad de que Barack Obama llegue a la Casa Blanca. La palabra Cambio, que identifica su campaña, es la justificación principal que esgrimen para manifestar su recelo. El motivo del rechazo resulta incongruente, pues los que enarbolan el criterio coinciden en señalar la problemática que sirve de fundamento al senador de Illinois para argumentar su promesa. Una guerra que consume enormes recursos, la prolongación del conflicto que parece complicarse por día, y una situación de receso económico cada vez más evidente, tendrían que darle a la palabra cambio la connotación del advenimiento de buena noticia.
Hay razones para el asombro ante el velado rechazo hacia el propósito de cambiar, cuando los acontecimientos de la vida cotidiana en Norteamérica están llenos de señales propiciatorias a transformaciones. Esto concierne tanto al aspecto interno como a la manera de percibir un mundo externo cada vez más cambiante y lleno de desafíos. No solo se trata de problemas medio ambientales sino de la profunda situación socio económica que afecta a la sociedad estadounidense y el resto del planeta, cuyo liderazgo lleva en gran parte sobre sus hombros la nación americana.
Los oponentes a Obama no dejan de pasar la oportunidad para echar leña al fuego. Los malos augurios sobre el peligro de su discurso con tonalidades cambiantes, encuentra eco en muchos exiliados, cubanos y venezolanos. Unos por vieja experiencia y los otros más recientemente, han sufrido las secuelas que pueden venir aparejadas junto a las mejores intensiones de enderezar las torceduras del mundo.
Noventa millas al sur de la Florida cambiar también es la palabra de orden. Coincidentemente su mención despierta una rara mezcla de sentimientos contrapuestos, A unos su mención les trae sonidos esperanzadores. Otros se asustan y algunos llegan al paroxismo del espanto. Después es de medio siglo de gobierno de partido único y poder dictatorial, es inconcebible el sentimiento de una parte considerable de la sociedad al mirar desconfiadamente hacia un futuro diferente. Los grupos opuestos al cambio, tanto los que viven en una sociedad libre como los que están bajo el peso de la bota totalitaria, concluyen que mover lo establecido resulta peligroso. Ambos se identifican con la conocida divisa. Mejor malo conocido que bueno por conocer.
Todo cambio es un reto. El pueblo norteamericano ha sido un retador clásico. La independencia, la cruenta guerra civil, dos guerras mundiales y una catalogada de fría que estuvo al borde de la explosión, sumado a un liderazgo llevado a extremos controversiales y la superación de males propios como el racismo, la pobreza y la emigración, no han sido impedido que Estados Unidos sea una gran nación.
Cuba, con una historia más breve, supo vencer enormes desafíos. Escoger el camino hacia la independencia pagando un alto precio no fue el único de ellos. La instauración republicana, superando varias expectativas y la Revolución de 1959, trajeron nuevos retos. La democracia queda ahora como la gran meta a alcanzar.
De esta manera las dos naciones vecinas, tan diferentes como cercanas, llegan juntas a una misma encrucijada. En el caso de Estados Unidos será el voto en las urnas el que diga si realmente los norteamericanos están preparados para elegir un presidente de la raza negra. El resultado que dirima esta opción debe encarar dos cuestionamientos esenciales. Un alto sentido de justo discernimiento sobre la capacidad real del candidato demócrata para asumir esa responsabilidad histórica o la preponderancia de prejuicios latentes en la sociedad que signifiquen un freno para su crecimiento.
En la Isla cercana también corresponde al pueblo un replanteamiento sobre su futuro. En este caso la disyuntiva pasa por el camino cívico. Recuperar los derechos conculcados desde hace cinco décadas supone dos grandes retos para los cubanos. Permanecer en el mismo sitio, paralizados por el miedo a enfrentar el futuro en democracia o emprender la edificación de una sociedad justa, con libertades, sabiendo que la decisión implica nuevos desafíos.
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