Ernesto Ortiz Hdez.
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Re:Iglesia y jerarquía - 2008/07/06 08:41
Es lógico que, por motivos que podrían llamarse “pedagógicos” se separe a “las ovejas” de los “pastores”, además de por motivos que pudiéramos llamar “administrativos”. Pero hay que tener cuidado con mantener esa separación en otros órdenes en el catolicismo (y en el resto de los cristianismos, donde el “jefe Supremo”, por así decir, es un simple carpintero). Pueden cometerse errores de bulto, teológicamente hablando, por no decir injusticias tremendas.
Elena mantiene y da por establecida esta separación cuando se trata de “justicia”: los cristianos “Brillantes” o “Grandes” por un lado, viviendo en la verdad, y los “Jerarcas” por el otro, enseñando a mentir. Convendría repasar un poco la historia de la Iglesia, suficientemente repleta de santos y pecadores de todos los colores y estamentos, para saber que tal separación es insostenible, incluso si uno se aferra a lo que llama “casos aislados”.
Yo me atrevería también a llamar “Grandes” a Juan XXIII o a Juan Pablo II, que alcanzaron los mayores “títulos” que alguien dedicado a estos menesteres pueda desear, o al Cardenal Van Thuan, mártir de las prisiones vietnamitas, o al Arzobispo de San Salvador, Mons. Arnulfo Romero, asesinado ante el altar mientras oficiaba la Santa Misa, o, para acercarme a mi experiencia más entrañable, a Mons. José Siro, Obispo Emérito de Pinar del Río, Cuba, que ha mantenido viva la esperanza de tantos fieles amordazados por el totalitarismo comunista, o al Padre Manolo, Manuel Hilario de Céspedes y García-Menocal (sí, hermano del mencionado Carlos Manuel de Céspedes), actual Obispo de Matanzas, personas humildes y entregadas al servicio de sus prójimo y de su patria, pero (seguramente por ello) exigentes y comprometidas con las expresiones de su fe. Para mí, todos ellos, y muchos más, a pesar de ser “Jerarcas”, son una firme inspiración y un vivo sostén para la fe que profeso y quiero profesar; y conste que soy un católico poco ejemplar donde los haya.
Sin embargo, a pesar de ese error de partida, y aunque se alejen del motivo inicial de esta polémica (el rifirrafe sobre el artículo que escribió Mons. De Céspedes, sobre su parece ser que admirado aunque también desconocido “mítico” Ché Guevara) me parece suficientemente justa, elocuente y lógica la reacción de Elena ante los casos que apunta (no sé si será así como lo cuenta, pero de cualquier forma podemos suponer que algo de eso habrá hasta que alguien más informado nos lo aclare).
Para mí, el Sacramento del Matrimonio es uno de los más difíciles de calibrar, aunque veo que la gente se lo toma con muchísimo entusiasmo. Hasta donde lo he podido entender, es sumamente bello, en su mística y su tradición, y de ser vivido como se supone sin dudas ayuda a garantizar una vida familiar estable y feliz. El problema es que es un sacramento que implica a otro, a alguien bien concreto, que también se compromete a cumplir esa entrega recíproca y total. Compromiso; una palabra extraña a nosotros, hombres y mujeres de este siglo, que ya es difícil de asumir uno solito, así que compartido…
Por otro lado, la Iglesia (no me refiero sólo a la Jerarquía, Elena) debe modificar algunos puntos de vista morales relacionados con la sexualidad (recordemos que muchos padres conciliares se empeñaban en distinguir, hasta donde era posible, la moralidad de la esencia del mensaje evangélico, y que estamos muy influidos por cierta patrística agustiniana). En esa visión que tenemos de nosotros mismos como católicos, de la “manera adecuada al Evangelio” en que deberíamos actuar no hay respuesta para todos los casos, o es difícil de encontrar; y posiblemente esa no sea una mala noticia. Nosotros mismos somos muchas veces muy ignorantes de los documentos de la Iglesia, y nos creemos obligados ante la opinión del cura del pueblo (que sostiene algo oficialmente preconciliar como que el fin último del matrimonio es la procreación, digamos) o la de la mayoría de los medios de comunicación, que pregonan un nihilismo excesivo y que han hecho del tema del “preservativo” un asunto aparentemente capital, cuando no lo es en absoluto: sí lo es la “sexualidad responsable”, que implica que me preocupe por el placer de mi pareja, y que explica también que los voceros eclesiales sean cautos a la hora de promover el preservativo, cuando no renegados (por poner dos ejemplos).
A primera vista, encuentro tan engorroso y burocrático el asunto de la nulidad de los matrimonios católicos que no me extraña que hayan multiplicado las heridas a quienes se han visto implicados en ello, máxime cuando puede haber conocimiento de hechos como los que menciona Elena. Pero es un problema complejo (el del matrimonio, y el de los divorcios) al que, digamos de paso, la propia sociedad actual viene dando una respuesta, a mi entender, muchísimo más equivocada.
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