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FORO PARTICIPATIVO / PARTICIPATIVE FORUM
 
Jorge Daubar
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ESCALETA PARA UNA SUCESION CUBANA BIEN CONTROLADA - 2006/08/10 23:20 ESCALETA PARA UNA SUCESIÓN BIEN CONTROLADA

En el año 2001 Fidel Castro viaja a Camagüey y, mientras pronuncia uno de sus discursos habituales, sufre una especie de congelamiento biológico que lo deja de pie frente al podio y a un público escaso y pasivo que ha sido llevado hasta allí en unos elegantes coasters japoneses recién importados. Superado el momento inicial de la sorpresa, sus escoltas y algunos funcionarios del gobierno se abalanzan sobre él y, entre todos, impiden que se desplome. Uno de ellos despliega un extraño paraván y lo coloca entre el jefe de la revolución comunista y aquel público manso que ahora es sospechoso de todas las culpabilidades posibles. Carlos Lage da un paso hacia el podio, quizás con el ánimo de imponer el orden, pero Felipe Pérez Roque aparece de entre la nada y se apodera de los micrófonos. Su voz mal organizada trata de dar una explicación de lo ocurrido pero como no encuentra argumentos sólidos que enmascaren la humillación de su jefe opta por darle inicio al traspaso de todos los poderes al que debe ser el nuevo líder de la revolución: ¡Viva el general Raúl Castro!

Un par de horas más tarde, para consternación de todos, Fidel Castro reaparece sumergido entre sus colaboradores más cercanos, escoltas en plan de guerra y periodistas listos para atrapar lo que debería ser una declaración trascendental, pero lo que escuchan es un patético pedido de perdón por haberse desmayado a causa del calor y el excesivo trabajo de los últimos días. Lo que vemos en televisión no es, precisamente, la imagen de un guerrero a punto de emprender una nueva contienda política contra el imperialismo yanqui, sino la de un viejito claudicante al que le podrán sobrar las malas intenciones pero no la salud necesaria para llevarlas adelante.

Media hora después del incidente las cancillerías europeas convocan a sus expertos en asuntos cubanos y, desde sus embajadas en La Habana, fluyen a través de Internet codificada los primeros informes políticos y de seguridad que se basan apenas en unos pocos rumores y alguna amistad interesada entre sus agregados culturales y ciertos círculos gubernamentales aficionados a los mojitos y a la croquetita de jamón. La disidencia no sabe nada de nada y lo único que puede ofrecerle a los europeos es su alegría punitiva por lo que vislumbran ya como el fin de la tiranía castrista. Es decir la explosión de baja intensidad de un volcán de esperanzas, contenidas por tanto tiempo.

El día siguiente en su despacho de la Casa Blanca, cuando lee el resumen diario de inteligencia, el presidente Bush encuentra algunos indicios inquietantes de lo que pudiera ser un cataclismo político incontrolable a un centenar de millas de las costas de La Florida, donde gobierna su hermano y tal vez futuro candidato presidencial republicano al que hay que cuidarle las espaldas. En el texto se menciona una enfermedad incurable que matará a Fidel Castro sin apelación posible, la incertidumbre de los organismos represivos cubanos por la suerte que correrán a la caída del régimen y la falta de influencia real del gobierno de Estados Unidos sobre los acontecimientos que se avecinan. El tema es traspasado de inmediato al Consejo Nacional de Seguridad para que redacte un pronóstico y diseñe un arco de medidas a tomar.

No han pasado más de tres meses y un oficial de inteligencia norteamericano hace contacto con un cubano residente en Panamá cuyos vínculos comerciales en Cuba lo convierten en un medio ideal para preparar un encuentro con alguien apropiado dentro del círculo cercano a Raúl Castro. A su pregunta de porqué no se lleva a cabo la entrevista de manera menos oculta, el oficial norteamericano aclara que su gobierno prefiere iniciar un proceso al margen de los diplomáticos de ambos países para evitar que trascienda a la prensa la noticia de que los comunistas cubanos y los sectores conservadores del partido republicano han tenido la suficiente buena voluntad para sentarse a la mesa de negociaciones sin condiciones previas. La cita será en Lima, en un apartamento de lujo al final de la calle Javier Prado, a la vista de la imponente costa del Pacífico.

La proposición del enviado norteamericano es simple: En caso de que Fidel Castro fallezca en el futuro cercano, Estados Unidos estaría en disposición de colaborar con el nuevo líder de una forma constructiva para viabilizar el tránsito de una sociedad cerrada hacia otra abierta y moderna. Para ello sería bueno que se abrieran las celdas de los presos políticos y, mejor aún, que se cambiara la ley electoral para permitir la creación de partidos políticos divergentes del comunista y celebrar elecciones garantizadas con la presencia de observadores internacionales. De paso, cualquier estampida de cubanos hacia la Florida debía ser impedida por las fuerzas armadas cubanas. Por supuesto, que el asunto de las propiedades confiscadas quedaría fuera del arreglo para ser dirimido dentro de unos años, cuando un verdadero estado de derecho establezca las reglas de la democracia y el capitalismo. Lo mismo que ocurrió con la devolución de Isla de Pinos a Cuba y la derogación de la Enmienda Platt.

Durante el año siguiente, otras reuniones fueron necesarias para seguir afinando el acuerdo pero, un día, de manera repentina, el general de ejército Raúl Castro apareció en la televisión cubana acompañado por los comandantes de la revolución Juan Almeida, Ramiro Valdés y Guillermo García y declara que si los americanos quieren negociar deben hacerlo en vida de Fidel porque con ellos sería más difícil. No es que haya un cambio en sus posiciones, sino que Fidel Castro ha durado demasiado y las negociaciones son ya de dominio público. Pero el gobierno norteamericano se niega.

Pasan otros cuatro años durante los cuales los encuentros se hacen esporádicos, hay incluso un cambio de personajes por ambas partes y hasta el encargado de reunirlos se excusa y un empresario venezolano asume ese papel. Él cree que está haciendo historia y nadie duda de que sea así. Es en esta etapa que la inminencia del fallecimiento de Fidel Castro determina la asunción de acuerdos prácticos que cambien el panorama del Caribe y le dé tranquilidad a La Florida. Algo que parece inalcanzable luego de la estrepitosa caída de bruces de Fidel Castro en otro acto público, como si su destino fuera irse descalabrando poco a poco delante sus partidarios. Una debilidad física inadmisible en quien se ha creado una leyenda de hombre fuerte capaz de vencer a todos los imperios habidos y por haber. Y eso no le conviene a nadie.

A estas alturas los legisladores cubanos Mario y Lincoln Díaz Balart e Ileana Ros Lehtinen son informados de lo que ocurre por la Casa Blanca y Lincoln se emociona tanto con lo que ve venir que, en una entrevista con el periodista Pablo Bachelet, declara que Raúl Castro podía ser considerado un interlocutor válido lo que desencadena una guerra de pronunciamientos entre las diversas tendencias del exilio. A petición del propio Lincoln Díaz Balart, el Nuevo Herald le echa tierra al asunto y a Bachelet le ponen un zíper en la boca.

Entretanto, el sector fidelista de la revolución va perdiendo espacio y poder dentro del partido, la estructura del estado y los institutos armados, sustituidos en sus cargos por cuadros jóvenes probadamente raulistas. Algunos de los fidelistas son enviados a un exilio de rosas en Miami como es el caso del general de brigada José Quevedo. En cambio, los raulistas como el general Rafael del Pino van santificando su figura.

Humberto Pérez retorna a la JUCEPLAN a principios de Julio, pero a un despacho pequeño, sin comodidades y bajo la cobertura de simple asesor del presidente del organismo. El comandante Julio Camacho Aguilera, reconocido raulista, es relevado de sus responsabilidades al frente del programa de desarrollo turístico de la península de Guanahacabibes y Raúl lo envía de recorrido por las provincias, con el encargo de sondear el estado de opinión de los cuadros políticos y militares acerca de su entronización como jefe absoluto de la revolución..

EL ANGEL DE FUEGO HA SIDO FULMINADO POR UN DISPARO DE NIEVE

Argentina es la estación final de Fidel Castro. Como ha ocurrido otras veces anteriores debe regresar a Cuba antes de lo programado porque le pesa tanto la vida que ya no puede seguir con ella a cuestas. Pero esta vez no tendrán virtualidad sobre su estado de salud las cámaras bariátricas, ni los reconstituyentes de laboratorio, ni la atención multidisciplinaria de sus médicos y muere para siempre la madrugada del 1 de agosto.

Lo que sigue es el proceso de consolidación de Raúl Castro al frente del gobierno. Para darle un aliviadero, los primeros días se fragua una carta escrita por alguno de sus colaboradores, a la que han calzado con la firma digital de Fidel Castro. En ella se reparten las responsabilidades de esa suerte de junta de salvación nacional presentada como temporaria, para que no requiera de reconocimientos diplomáticos ni provoque desafíos provenientes de otros grupos de intereses dentro del partido y en los institutos armados. Una suerte de solución vietnamita.

La situación requiere de un viaje acelerado del presidente Bush a Miami para supervisar personalmente la operatividad de la guardia costera, pero no como todos creen para que impida una oleada de balseros, sino para que custodie la emigración disciplinada hacia Miami de muchos funcionarios del régimen y altos oficiales militares culpables de crímenes y atropellos contra la población igual que hicieron a la caída de Batista. Para ellos se ha estado preparando una nueva ley de ajuste cubano.

La advertencia a los cubanoamericanos de que deben permanecer tranquilos hasta que los cubanos de allá decidan la suerte del país dándose nuevas leyes cae como un colagogo en el exilio radical. Lo deseable es eso y no una guerra civil en Cuba pero no todos son capaces de entender una sutileza política semejante. No hay duda alguna de que esta es la posición sostenida por Osvaldo Payá al que el gobierno norteamericano le ratifica de este modo su apoyo. No hay que descartar que, eventualmente, sea llamado a integrar el nuevo gobierno o a presidir la Asamblea Nacional del Poder Popular. Sería una alianza entre impares para sedimentar la libertad de Cuba.

Pero, de todo esto lo más significativo es que Chávez saludó en su programa Aló Presidente a Fidel Castro con estas palabras que a mí me suenan irónicas: How are you Fidel? Además, hizo regresar a su hermano Adán Chávez a Caracas sin que a estas alturas haya sido designado el sustituto. No sé pero esto me da buena espina.
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