Yaxys Dallan
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Una lección made in USA - 2006/07/01 03:06
Madrid--La manipulación ejercida por un poder del Estado sobre otro es algo común en nuestros días. El poder judicial, que debe encargarse de aplicar las leyes defendiendo los principios de justicia y legalidad, posiblemente sea el más afectado por esta intromisión.
En Argentina, Nicaragua, Ecuador, entre otros, desde el poder ejecutivo, utilizando las fuerzas políticas en los congresos, amenazan con destituir a los magistrados que no se “alineen”, o nombran a otros atendiendo a criterios muy distintos a los curriculares, profesionales o académicos. ¿Quién puede ser magistrado? Aquel que una vez esté en la Corte o Tribunal fallará a favor del presidente de manera incondicional. Ni hablar de Venezuela y Cuba, donde eso de independencia de poderes y democracia, a cualquiera puede sonarle a telenovela. Aunque en Latinoamérica esta práctica es el deporte nacional, no creamos que sólo ocurre allí, también en el viejo continente a algunos de vez en cuando se le pierden los papeles.
En la mayoría de los Estados los candidatos a jueces o magistrados son propuestos por el poder ejecutivo y ratificados por el legislativo. En algunos el trámite es de gran rigor, hay extensas sesiones de comisiones y plenos parlamentarios donde interrogan y confrontan al candidato; le cuestionan los diputados o legisladores del partido en el gobierno y los de la oposición. Los medios de comunicación y la opinión pública también juzgarán su papel. Es una especie de revisión de hechos de vida. En otros países el trámite de propuesta y aprobación carece de cualquier rigor y más si el gobierno proponente cuenta con mayoría parlamentaria. En esos caso es como asistir a una Apella espartana, descrita por Aristóteles como “asamblea pueril”. Esa es una de las causas de la corrupción en el poder judicial, de que existan magistrados que no saben nada de derecho, de que unos lleguen con títulos de licenciatura y currículo falsos, y de que un día consignan algo en un fallo y mañana ponen lo contrario. Esa es una de las causas de la gran desconfianza que se ha generado en la población hacia el sistema judicial.
La precariedad del estado de derecho algunos no la quieren ver y prefieren hacer política a cuenta de otros gobiernos, preferiblemente a cuenta del norteamericano, aunque por qué no del uruguayo, o del peruano. Es una total despreocupación por la solución de los problemas internos, por “la construcción del estado” y un tremendo embobecimiento general con el cuento del enemigo externo, de los TLCs de otros, de la guerra en Irak, de las papeleras que ya no son empresas sino ataques a la soberanía nacional y de muchas cosas más. Ya Evín está hablando de que si los yankees invaden Bolivia…
Sin embargo, acaba de ocurrir algo en los Estados Unidos que mucho habla del estado de derecho norteamericano: la Corte Suprema de Estados Unidos falló el jueves que el presidente George W. Bush no tenía y no tiene autoridad para ordenar juicios militares a los detenidos en Guantánamo. Este fallo es interpretado como una amonestación al gobierno de Bush, que ha sido acusado por sus críticos de usar la guerra contra el terrorismo como pretexto para excederse de sus poderes constitucionales. Según la Corte, las sentencias de los juicios serían ilegales, pues violarían el derecho norteamericano y las convenciones de Derecho Internacional Humanitario.
Más allá de los dividendos políticos que algunos quieran sacarle a la noticia, está claro que en ese país –lo digo sin hacer apología- el poder judicial mantiene gran independencia. No es la primera vez que alguna administración, inclusive ésta, recibe un golpe tan contundente desde el poder de los jueces y magistrados. Por más que algunos retorcidos quieran presentar la realidad netamente como un golpe para Bush, hay que reconocer esa lección de estado de derecho e independencia de poderes.
Que tomen nota los que se declaran albaceas del espíritu democrático y viven embriagados por su envidia hacia los norteamericanos. Que pena debería provocar el hecho de vivir predicando y aplaudiendo virtudes mientras otros las practican.
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