Gerardo E. Martínez-Solanas
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Perspectivas del ALCA y del mercado libre - 2006/06/05 18:07
ALCA: la manifestación más reciente de la globalización
La Asociación de Libre Comercio de las Américas (ALCA) es una de las manifestaciones más recientes de ese fenómeno que llamamos globalización, que tiende a acercar los intereses comerciales y políticos de las naciones y a despertar inquietudes sociales y ambientales comunes. Es la opción -a la que aspiramos todos- de obtener productos más baratos y también de mejor calidad para elevar así nuestro nivel de vida.
Para analizar las perspectivas del ALCA nos vemos obligados a examinar cuidadosamente la globalización. Este fenómeno ha sido denostado y demonizado hasta extremos de absoluta irracionalidad. Los agresivos movimientos antiglobalizadores pierden de vista que si bien pueden oponerse legítimamente a políticas nocivas e iniciativas abusivas, no se puede estar en contra de una circunstancia, que es como decir que estamos en contra de un día soleado cualquiera o de un huracán que nos amenaza y que podemos de algún modo suprimirlos.
La historia está preñada de movimientos irracionales en contra de la revolución industrial que deshumanizaba el trabajo, de los automóviles que nos quitaban el sosiego y la paz, de las textileras que les robaban el pan a las buenas tejedoras o en contra de otras circunstancias del desarrollo de las naciones que, simplemente, eran producto del progreso científico y tecnológico y a los que no se podía renunciar sin dar marcha atrás al desarrollo de los pueblos.
La globalización no es nada nuevo. La observamos en intentos tan antiguos como son el Imperio Romano o el Imperio de los Medas, y tan modernos como el Imperio Español y el Imperio Británico en los últimos siglos. Sin embargo, esos intentos de globalización del pasado no prosperaron porque se hacían con un propósito de centralización de poder que beneficiaba a unos pocos en perjuicio de muchos y, por lo tanto, eran fuente constante de conflictos. A ese estilo de globalización centralizadora le llamamos imperialismo.
La globalización contemporánea, por el contrario, tiende a descentralizar el poder a través de los mecanismos de la democracia y la libre empresa. Se basa en una búsqueda de oportunidades, en un esfuerzo competitivo y en un ambiente de respeto mutuo que calificamos como "estado de derecho". Esta globalización descentralizadora le debe mucho al liberalismo y al reconocimiento universal de los derechos humanos.
El gran argumento que esgrimen tanto empresarios como trabajadores para denostar la globalización consiste en que fomenta la pérdida de empleos y reduce el nivel de ingresos del trabajador. Tanto los empresarios que hablan de la pérdida de empleos como los trabajadores que aspiran a ingresos cada vez mayores se están refiriendo en realidad a la pérdida de mercados que motiva la competencia. Los antiglobalizadores que aprovechan ambas posiciones toman como estandarte el argumento de que las transnacionales y multinacionales se enfrascan en una competencia desleal y cruel, abusando de los trabajadores de los países más pobres y explotando su miseria.
Los hechos no justifican tales argumentos. El Japón es un buen ejemplo: Surge del desastre de la Guerra Mundial totalmente en ruinas; es un país derrotado, con industrias que en la mayoría de los casos habían sido destruidas y las pocas que aún existían se encontraban en un estado de obsolescencia y desventaja. En los años 50 decir Amade in Japán@ equivalía a referirse a un producto de baja calidad. Pero también a un producto muy barato. Y por ahí comienza el esfuerzo competitivo de los japoneses. Por los precios.
Huelgan aquí las estadísticas. Tampoco hace falta una historia detallada de las circunstancias japonesas de la posguerra para demostrar que el llamado "milagro japonés" es un hecho. El Japón de los salarios miserables y de los precios bajos en productos de pésima calidad es hoy día un gigante industrial que sobrepasó a la Gran Bretaña y a Francia para competir directamente en los mercados con el gigante norteamericano.
En cuanto al desempleo provocado por la fuga de industrias y servicios, este mismo ejemplo nos sirve. Los Estados Unidos perdió su hegemonía en la industria automotriz durante la última mitad del siglo pasado. Además, la pérdida fue casi total en la industria electrónica. Hoy día no existe una marca de televisores, grabadoras, videocámaras o computadoras que se fabriquen en los Estados Unidos. Otra industria de enorme importancia durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX para los Estados Unidos -incluso a nivel estratégico- fue la industria siderúrgica. El último gigante del acero norteamericano, la Betlehem, cerró sus puertas hace apenas unos años. Japón fue el gran culpable inicial de esa fuga de empleos, pero muchos otros le siguieron sus pasos. La República de Corea, Taiwan, Singapur, Malasia, esos llamados "tigres asiáticos" que hoy han arrebatado no sólo a los Estados Unidos sino al propio Japón gran parte de esas industrias: la industria automotriz, la industria electrónica y la industria siderúrgica, entre otras que incluyen también la importantísima industria textil, que es, entre éstas, la que emplea a un mayor número de trabajadores.
Para examinar los efectos y resultados reales de todo esto no tenemos que enfrascarnos en teorías. Basta con examinar los hechos. En los primeros 3 años del siglo -2001 a 2003- los Estados Unidos perdieron más de 300 mil empleos. Esta tendencia ha aumentado con la práctica de contratar a personal barato de otros países -como la India- para dar servicios de apoyo técnico y otros servicios que pueden ofrecerse por teléfono, fax o computadora. Por este motivo, Forrester Research -una compañía que se dedica a compilar datos y realizar encuestas para dar servicio a empresas tecnológicas- estima que se perderán más de 700 mil empleos en los cinco años comprendidos hasta 2008.
Otro aspecto del que no se habla cuando se analizan estos hechos controversiales, es que, curiosamente, pese al derrumbe de la industria siderúrgica -por sólo poner un ejemplo- y su emigración a otros países, la producción de acero en los Estados Unidos ha aumentado de 75 millones de toneladas en 1982 -cuando llegó a su punto más bajo- hasta 102 millones de toneladas en 2003. Durante el mismo período los empleos en la industria del acero bajaron de 289,000 obreros a 74,000. En otras palabras, aumentó exponencialmente la eficiencia frente a los dictados inexorables de la competencia. Esas plantas que quedaron fueron las más eficientes. Dejaron al país con menos obreros pero aumentó la productividad. Esa mayor eficiencia les ha permitido competir con la industria extranjera y volver a crecer y consolidarse.
Pero no se trata sólo de la eficiencia -de esa eficiencia que abarata los productos para todos nosotros- sino de que, también, la tasa de desempleo en los Estados Unidos es hoy día una de las más bajas de su historia. A menos del 5%, según las últimas cifras, está a más del 1% por debajo de los niveles de 2001 y es la más baja del mundo industrializado. Los economistas interpretamos que cualquier tasa de menos del 5% equivale a lo que denominamos pleno empleo. Es decir, ese 5% está compuesto por trabajadores en estado de transición, muchos de los cuales son, además, trabajadores no calificados. Por debajo del 5% los empleadores enfrentan grandes dificultades para encontrar trabajadores calificados capaces de llenar las vacantes o los nuevos empleos que se van creando. Por lo tanto, una tasa demasiado baja de desempleo es una potente fuerza inflacionaria debido a que hace subir considerablemente los salarios que se ofrecen a los escasos candidatos disponibles y, por lo tanto, tiene efectos negativos para todo el país.
Si eso no fuera suficiente para convencernos de las bondades de la competencia en un mundo de libre empresa y libre comercio, veamos el ejemplo de la Intel, esa compañía que con sus microchips ha cambiado la historia de la humandiad. Intel comenzó a mover plantas y empleos a México entre 1995 y 2000. Sin embargo, ha regresado a los Estados Unidos para establecer sus nuevas plantas en Nuevo México, porque allí los obreros norteamericanos le ofrecían un nuevo nivel de eficiencia que multiplicaba dos veces y media la productividad de las plantas mexicanas. Con esas perspectivas, Intel ha abierto desde 1999 un total de 19 nuevas plantas en los Estados Unidos a un costo de inversión de casi 3 mil millones de dólares, que se han quedado en el país aportando un notable impacto en el nivel de empleos de esa región.
Otro ejemplo, entre muchísimos más que podríamos mencionar, es el de la American Predator, una empresa de Morgan Hill, California, dedicada a fabricar sistemas de control computarizado para equipos industriales y médicos. La American Predator gastaba millones de dólares en contratistas externos en los Estados Unidos dedicados a soldar los componentes de sus sistemas. Optó por emplear a contratistas externos en México con un ahorro del 30% en los costos. Un ahorro que nos pasa a nosotros, los consumidores, y que también beneficia a los obreros mexicanos que han visto abrirse nuevas fuentes de empleo. Pero no sólo a ellos, sino que esta decisión redundó en mayores utilidades y permitió a la American Predator dedicarse también a un nuevo renglón de mayor margen de utilidades en el negocio de diseño de programas, que a su vez ha dado lugar a la apertura de nuevas plantas con muchos más empleos.
En el peor de los casos, aunque ninguno de estos ejemplos se realizara, aun cuando la inflación nos tuviera sin cuidado, aun cuando el nivel de desempleo subiera como resultado de esa fuga de empleos que produce la globalización de los países más ricos a los más pobres, lo peor que podría hacer un país rico es entorpecer la contratación externa y la importación de productos baratos de países más pobres.
Es muy sencillo comprenderlo con un poco de sentido común: si los Estados Unidos establecieran barreras y prohibiciones, pero Japón, Alemania, Inglaterra y Francia, o incluso países menos avanzados como México, aprovecharan esa mano de obra eficiente y esos productos más baratos, muy pronto veríamos a muchas grandes compañías de este país cerrando sus puertas por falta de mercados para sus productos más caros y dejando en la calle a un número todavía mayor de trabajadores que el que puede causar la fuga de empleos por la contratación externa. En otras palabras, muchos más perderían sus empleos con esta política proteccionista y, además, se desplomaría el nivel de riqueza de este país bajo el peso inexorable de la competencia.
Por lo tanto, el resultado de la globalización es que el nivel de vida y de salarios sube en la India, México y Singapur, pero también sube en los Estados Unidos. Y lo mismo podemos decir a la inversa del desempleo: baja tanto en los países pobres como en los ricos por el efecto mutuamente beneficioso del libre comercio.
Al nivel de la economía personal, es decir, del beneficio que recibimos cada uno de nosotros con la globalización, el razonamiento es muy parecido. Si permitimos que se proteja, por ejemplo, la industria del azúcar en la Florida para evitar la pérdida de 100,000 empleos, casi 300 millones de habitantes en este país se verán adversamente afectados al encarecerse todos los productos que la usan en conservas, refrescos, dulces, etc. Además, todos los fabricantes de productos que usan azúcar se verían imposibilitados de competir con los mismos productos de otros países donde el azúcar es más barato. En consecuencia, algunas de sus fábricas cerrarían y otras simplemente no tendrían oportunidades de crecer y ofrecer nuevos empleos.
Los aspectos negativos no se limitan a esos efectos adversos, sino que estaremos apañando también una industria que paga salarios de miseria a sus obreros, precisamente para poder mantener precios razonables frente a la competencia extranjera. Una industria que ha pecado a veces de abusos a niveles cercanos a la esclavitud. Cuando se establezca el libre comercio del azúcar, esos obreros que perderán sus pésimos empleos buscarán acomodo en nuevas industrias de conservas, refrescos, dulces, etc., que pagan mejor. A su vez, los obreros azucareros del mundo exterior verán mejorar paulatinamente su situación cuando la menor oferta y la mayor demanda de ese producto básico, que sería el resultado de la eliminación de la competencia desleal del proteccionismo, aumente el margen de utilidades de los productores del tercer mundo y redunde en mejores salarios para sus obreros.
Volviendo a nuestro interés personal, basta con calcular cuánto mayor sería nuestro costo de vida en este país si el proteccionismo se hubiera aplicado al acero o a televisores, productos electrónicos, ropa, automóviles e infinidad de otras mercancías que producen otros países con mayor eficiencia y menor costo. Si tiendas como WalMart no importaran infinidad de productos extranjeros baratos y nos vendiera productos norteamericanos subsidiados y caros, nos sería a todos imposible llegar al final del mes con el mismo presupuesto familiar.
Progreso real de los países más pobres que optan por la integración
Con un poco de sentido común hemos ido demoliendo todos estos mitos, pero tenemos que enfrentar también la noción tan cacareada de que los países pobres son cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos. Que las brechas y disparidades se ahondan debido a un capitalismo salvaje que desconoce en todo el mundo la justicia social.
Sin negar los abusos que se cometen en muchas partes, no es esa la realidad que encontramos en estudios tan serios como el Informe sobre el Desarrollo Humano que nos ofrecen las Naciones Unidas año tras año. En el Informe correspondiente a 2001 encontramos que el ingreso promedio real de los países en desarrollo casi se ha duplicado en los últimos 25 años del siglo, que en los últimos 10 años del siglo el número de personas mal nutridas se había reducido en unos 40 millones pese al aumento demográfico y que la mortalidad infantil había descendido en más del 10%. Si seguimos hurgando en esas cifras nos encontramos con que el número de personas viviendo con menos de un dólar diario se redujo en más de 200 millones desde 1980, aún si factoramos la inflación. Además, esta disminución de los desequilibrios se ha acelerado en los últimos cinco años, como es fácil de comprobar en el Informe de 2005. Hasta ahora hemos destacado los efectos económicos de la globalización. En realidad, sus efectos abarcan otros aspectos de nuestra calidad de vida que quizás sean tan importantes o aún más. No podemos perder de vista que la globalización ha invadido la política y las cuestiones sociales y ha dado como resultado diversas medidas reguladoras muy positivas a escala mundial, empezando por la protección ambiental, los temas de la justicia y la impunidad, la defensa de los derechos humanos, el desarme multilateral y el desarrollo sostenible. Todos son temas cuya solución se ha fomentado mediante una interacción internacional que es producto de la globalización. Los resultados tienen mucho que ver con la democracia y con un régimen de derecho. El propio Informe sobre el Desarrollo Humano, demuestra que el factor más significativo en las diferencias de prosperidad es el grado de integración de las naciones a la economía global. Casi todas las naciones del Asia Sudoriental han tenido éxito económico y progreso social integrándose a la economía internacional, y lo mismo podemos decir en el ejemplo Europeo de países como España, Portugal, Grecia o Irlanda, que se han elevado en pocos años a los niveles del primer mundo. Empero, no ha sido así en los países africanos al sur del Sahara, en muchos países latinoamericanos que han practicado rígidas políticas proteccionistas o en países, como es el caso de Cuba, que han optado por un aislacionismo que favorece la aplicación impune de la opresión totalitaria.
Todo esto tiene mucho que ver con el ALCA. En efecto, hemos estado hablando del ALCA desde el comienzo de este ensayo. En todas estas consideraciones hemos visto las razones de ser del ALCA, es decir, de la integración económica y del libre mercado. Y para poder seguir hablando del ALCA nos tendremos que referir ahora a la Unión Europea.
La Unión Europea: paradigma de la globalización
La Unión Europea es el resultado de un experimento muy exitoso que nació con la idea de un Mercado Común Europeo. Esta idea, orientada a aunar esfuerzos para un propósito común, va de la mano de los conceptos del mercado libre, el estado de derecho y la democracia. Este Mercado Común se organizó entre países que coincidían en sus políticas económicas y que estaban dispuestos a ceder gradualmente al interés común una parte sustancial de su soberanía nacional. Se constituyó por el Tratado de Roma, que entró en vigor el 11 de enero de 1959. Ese mismo día de nuestra historia contemporánea en que Cuba abandonaba definitivamente la senda democrática y se disponía a destruir la libre empresa por todo el resto del siglo XX.
Formaron parte inicialmente de esa naciente Comunidad Económica Europea (CEE) Estados que podemos calificar de normativamente similares: Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo, los Países Bajos y la República Federal Alemana. Sólo seis países con un propósito y una estrategia comunes y un régimen de derecho basado en la democracia parlamentaria o semiparlamentaria. El proceso comenzó por ir suprimiendo las tarifas y barreras arancelarias hasta llegar el 11 de julio de 1968 a la creación de una Unión Aduanera que suprimía prácticamente las fronteras económicas. A estos países se fueron uniendo otros que debían cumplir con una serie de requisitos estrictos que permitieran la fusión sin provocar distorsiones notables que pudieran dar lugar a fricciones futuras. Poco a poco, el concepto puramente económico se extendió a lo social y a lo político hasta desembocar en lo que hoy conocemos como la Unión Europea, que abarca la mayor parte del continente.
En este crecimiento estupendo de colaboración internacional, los principales criterios de admisión, aparte de los económicos Bque incluían presupuestos equilibrados, política monetaria estable y libre empresaB, incluyen también los criterios sociopolíticos que han obligado a los candidatos a ingreso a implantar un firme estado de derecho y protección a los derechos humanos y una obligación de rendir cuentas y atenerse a las decisiones comunes. Esta consolidación de intereses bajo un manto de principios éticos y políticos compartidos, promovió la transformación que contemplamos hoy día en un órgano supranacional que incluye un Parlamento Europeo, como poder legislativo de todo el continente, y una Comisión Europea, como poder ejecutivo común. Estos dos poderes, el legislativo y el ejecutivo, alcanzan ya un nivel supranacional sin perjuicio de la libre determinación de los Estados partes. Pero no se quedó al margen tampoco el tercer poder, sino que se ha procedido a la creación de una Corte de Justicia europea, de una Constitución europea y de hasta una Carta de derechos básicos y derechos ciudadanos de la Unión Europea. Así es cómo, hoy día, cientos de millones de personas pueden identificarse como ciudadanos de Europa con todos los derechos y deberes que el Artículo 8 del Tratado de Maastricht implica: "Con el presente se establece la ciudadanía europea. Toda persona que posea la ciudadanía de un Estado miembro, es igualmente ciudadano europeo".
El triunfo del mundialismo
He aquí el triunfo definitivo del mundialismo, que es el nombre que damos al propósito de colaboración y asistencia mutua dentro del contexto de ese fenómeno que llamamos globalización.
Dentro del contexto de las aspiraciones legítimas de los pueblos, según se manifiestan a través del mundialismo, seguimos hablando del ALCA Bo de sus deficienciasB aunque el lector quizás no lo haya notado. Porque, en realidad, el ALCA descansa en todos estos conceptos y experiencias y su éxito depende de ellos.
Otras iniciativas mundialistas han habido y hay en muchas partes del mundo. La ASEAN, que reúne las iniciativas económicas de muchos de esos Atigres asiáticos@ del Asia sudoriental, e iniciativas más cercanas como han sido el Mercado Común Centroamericano, el Pacto Andino y, más recientemente, el MercoSur.
Todas estas tuvieron en su formación características coincidentes con la experiencia europea, porque se intentaron entre grupos de naciones con intereses similares y problemas económicos semejantes. No obstante, no han prosperado porque no han seguido una pauta de respeto mutuo y estricta aplicación de un estado de derecho. Han adolecido también de seudodemocracias o, incluso, de Estados miembros aquejados por dictaduras o gobiernos autoritarios y corruptos.
Hasta que se estableció el Euro en la Unión Europea, la comunidad se regía por un absoluto cumplimiento a las limitaciones acordadas en las fluctuaciones monetarias. Esto los obligaba a presupuestos nacionales equilibrados y racionales. También a una estricta colaboración en las políticas y programas económicos y financieros. Sin embargo, la Argentina y el Brasil del MercoSur se apuñalearon arteramente en sus respectivas espaldas con súbitas y radicales depreciaciones, primero del real brasileño y después del peso argentino, en grave perjuicio de sus socios comerciales. La realidad del MercoSur ha sido que las medidas presupuestarias de los socios mayores y las inconsistencias e incompetencias de sus socios menores -apaleados a su vez por la veleidad de sus mayores- no tenían entre sí ningún indicio de cooperación.
El Mercado Común Centroamericano, por su parte, nunca fue ni el más leve reflejo de su homólogo europeo porque ningún intento hicieron esos países del istmo de coordinar sus esfuerzos de producción ni sus políticas de penetración de los mercados externos. Tampoco llegaron muy lejos en la eliminación de sus fronteras económicas.
Todos estos tropezones se producen en un mundo globalizado y exacerban las razones fortuitas de sus críticos, pero no restan al triunfo evidente del mundialismo cuando pueblos y gobiernos acceden a términos y normativas de cooperación en un esfuerzo por promover la libre empresa y el libre comercio mediante acuerdos internacionales.
Perspectivas del ALCA
Ante todas estas realidades, el ALCA que ahora se propone es una especie de espejismo provocado por la experiencia, todavía en pañales, del NAFTA. El NAFTA ha acercado mediante tratados comerciales a los Estados Unidos, Canadá y México. Pese a que no ha avanzado mucho al estilo europeo, ha logrado abrir mercados, abaratar la producción y aumentar la demanda en beneficio de los tres países interesados. Los pasos siguientes de acercamiento a Chile, Perú Ecuador y Centroamérica han seguido los lineamientos originales donde los Estados Unidos son la fuente preponderante y el socio dominante de esta iniciativa. Pero el ALCA se propone llegar mucho más lejos con una pretensión de Unión de mayor trascendencia, como la europea, sin contar con un proceso evolutivo de integración económica gradual como el que preparó el terreno en el viejo continente para la eliminación posterior de las fronteras comerciales y políticas. Aquí no vemos a cinco o seis países hablar de igual a igual y llegar a soluciones y acuerdos de consenso. Lo que vemos es a un gigante recibiendo la pleitesía a cambio de concesiones comerciales que están sometidas a las condiciones unilaterales del país dominante. En otras palabras, los borradores escritos hasta ahora dependen de las decisiones favorables del Congreso de los Estados Unidos si es que alguna vez han de aplicarse sus disposiciones de igual a igual entre todas las partes.
Mientras que la antigua Comunidad Económica Europea abría fronteras en igualdad de condiciones entre todos los participantes en un clima de confianza mutua y colaboración, estos acuerdos del ALCA se están trazando como si se tratara de un puñado de países satélites que miran todos al coloso del norte y no llegan a verse entre sí. Está desarrollándose así una situación de dependencia que deja a un lado la colaboración entre iguales para dirigir todos los esfuerzos a la panacea comercial que nos brinda el poderoso. No estamos observando en esas tratativas la formación de un verdadero mercado común entre todos esos países que derribe las fronteras económicas, sino de un mercado bilateral entre cada uno de ellos, por una parte, y los Estados Unidos por la otra.
Es muy difícil, si no imposible, que el ALCA llegue así a forjar avenidas de intereses comunes y solidarios que abran las puertas a la colaboración también en las cuestiones políticas, sociales y de emigración. Para ello sería necesario, lo que hoy es inconcebible. Es decir, que los Estados Unidos estuvieran dispuestos a ceder parcelas de su soberanía nacional, como lo fueron haciendo entre sí los países europeos, para, de ese modo, poder llegar entre todos los países hermanos de América a decisiones y soluciones supranacionales en bien de todo el continente americano.
Todo esto se debe a que el ALCA no está concebido como un mecanismo de aprovechamiento de la globalización convertida en ese mundialismo solidario del que hablamos, sino como un acercamiento de intereses en pugna que buscan obtener mayores beneficios, pero sin normativas adecuadas que frenen las situaciones que redunden en perjuicio de muchos, como pueden ser los monopolios, los abusos de las elites de poder y los manejos de burócratas corruptos.
El ALCA, así concebido, no puede llegar muy lejos. Ojalá que su próxima reunión continental nos niegue el vaticinio.
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