José Prats Sariol
User
| Posts: 9 |   |
|
CANALLADAS LIMIPIAS - La política de la ayuda humanitaria a Cuba - 2008/09/18 09:31
Cualquier modo de entorpecer la ayuda a los cubanos, tras los devastadores huracanes que con un intervalo de apenas ocho días acaban de arrasar al país, es, sencillamente, una canallada. Venga de donde venga,. Bajo cualquier argumento afectivo, político o histórico. Bajo la ideología que fuere.
Lo peor de la canallada -desde un ángulo extremo- son los horrores de precipitar una hambruna que, unida a la destrucción de casas, servicios médicos e infraestructura (electricidad, agua potable, transporte...), provoquen rebeliones y éxodos masivos, lleven a una guerra civil donde el caos y la sangre se encarguen de poner fin a la dictadura.
Sin eufemismos edulcorantes: los que así piensan son tan criminales como los que -desde el otro ángulo extremo- politizan la ayuda internacional, acaparan el protagonismo de la solidaridad y hasta lucran de nuevo con el desplazamiento de culpas: la naturaleza es la autora de la ruina del país, con el apoyo del “imperialismo yanqui”.
Las canalladas, sin embargo, tienen adheridas otras formas de la miseria humana, de infamias y vilezas. Quizás la más dañina sea coartar las iniciativas. Y ahí la autocracia de los Castro -su herrumbroso comunismo a lo Caribe- obtiene medalla de oro.
Un oro sucio, tan mugriento como el embargo o bloqueo de las administraciones estadounidenses, cuya efectividad sólo ha dañado a la familia cubana, a los derechos humanos, a la posibilidad de una transición pacífica hacia una forma de democracia que quizás Cuba avizoró -borrosamente- tras la Constitución de 1940.
La principal iniciativa de los últimos meses, esperada con ansiedad antes de los huracanes, ahora se ha convertido en impedimenta, similar a otras que detienen el desarrollo de las fuerzas productivas del país. Granma acaba de publicar que ya se autorizó la entrega de tierras ociosas (Decreto No. 282), como forma de posibilitar el aumento de la producción agrícola.
Lo trágico es que se trata de más de lo mismo. Las exigencias burocráticas dignas de El castillo de Kafka, las referencias veladas -pero que todo cubano entiende de inmediato- a la docilidad política, los requisitos de firmas autorizadas de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños, más otros trámites que desde luego pasan por las oficinas municipales del Partido Comunista y el Ministerio del Interior, muestran el “conservadurismo” del Castro mayor, su empedernido inmovilismo.
Ni Gustav ni Ike han movido un milímetro la soberbia y el empecinamiento de los Castro y su camarilla, como tampoco han hecho retroceder las declaraciones del Secretario de Comercio de los Estados Unidos, el cubano-americano Carlos Gutiérrez, referidas a donaciones, no a créditos que se saben tan impagables como las deudas postergadas con casi todo el mundo, desde México hasta España, desde Rusia hasta China.
Es una canallada infectar de política la tragedia de lo dos huracanes, cuando aún a la temporada ciclónica le quedan dos peligrosos meses, cuando el clima del planeta propicia mayores eventos: tifones, inundaciones, deshielos, huracanes hasta de escala 1 o 2.
La arrogancia de los mensajes enviados por el Ministerio de Relaciones Exteriores a la Secretaría de Estado -aunque el último emplea un tono menos agresivo-, parecen más un reclamo que una petición, una demanda que una solicitud. ¿Quién en situación devastada -un cuarto de la población indigente- se atreve a semejante disparate, envuelto en la demagogia nacionalista, patriotiquera?
Ni siquiera se trata de un fanatismo blindado a la realidad, de una epopeya tanática o una creencia religiosa. Es un chantaje. El desprecio a los sufrimientos de la población afectada salta de un ojo a otro. Otro chantaje, en una fila que se remonta a la lucha guerrillera antes de 1959, que lleva el sello del “Comandante en Jefe”.
Dan ganas de vomitar. El mensaje dice: ”O nos ayudan ahora -antes de las elecciones de noviembre- o corren el riesgo de que se provoque un éxodo masivo similar al de Mariel en 1980 o al de los balseros en 2003, con las consecuencias previsibles en los resultados electorales”.
El momento es angustioso. Los analistas lo evalúan como peor a la crisis que sucedió al fin de la Unión Soviética. Se sabe que las reservas del país están agotadas, la atención a las víctimas es de placebos, los daños van a demorar años... Las orientaciones que recibió una amiga en San Francisco de Paula, tras la perdida del techo, fueron de espanto: enderece los clavos, recoja los tablones esparcidos, salve los pedazos de tejas. “Si cree en Dios, rece” - le sugirió el delegado del Poder Popular.
Si la desgracia hiciera que otro huracán pasara por Cuba, se generaría una situación de desastre total e ingobernabilidad que precipitaría, a costa de miles de muertos y heridos, el final numantino que alguna vez albergó la paranoia de Castro. Sería el tiro de gracia.
¡Cuidado! Hay muchos modos de hacerse cómplice de las canalladas. ¿Cuál sentido de la caridad cristiana puede ser inmune a la objetiva amenaza de un catástrofe masiva, de Oriente a Occidente, en nuestro país? ¿Cuál odio puede ser tan inconmensurable que ignore la amenaza?
Aquellos que ayudamos a familiares, amigos y desconocidos dentro de Cuba; los que advertimos el riesgo extremo de la emergencia -aún con la ayuda venezolana- y repudiamos a los políticos avestruces y a los medios avestruces; los estadistas que tienen la responsabilidad mundial de prever hambrunas y guerras; debemos no sólo estar atentos sino contribuir a que no suceda lo peor.
También los que dentro de Cuba saben y callan ante la ineficiencia del gobierno y sus torpezas arrogantes; los que allá dentro conocen que puede desviarse la leche en polvo donada para venderse en tiendas o para que se la tomen los carceleros; los que aplauden la argucia de que un “huracán de pueblo” salvará la situación..., son tan culpables como los que en el exilio o destierro ven en la postración una esperanza de cambio.
Pronto puede ser tarde. Las canalladas no tienen signo, son tan limpias y tajantes como el filo de una navaja cuando degüella.
|