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FORO PARTICIPATIVO / PARTICIPATIVE FORUM
 
José Ignacio Rasco
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La ceguera del fanatismo - 2008/09/17 11:21 por José Ignacio Rasco

Siempre me ha parecido el fanatismo como una aberración de la inteligencia, incluso en el mundo deportivo. Los que tuvimos la suerte de criarnos con Balmes, Varela, Martí, Maritain y Menéndez y Pelayo, entre otros, hemos sido, tal vez abstemios de la borrachera fanática.

Por eso hemos disfrutado tanto de la sabia crítica del Papa Benedicto XVI al fanatismo religioso en sus visitas por Alemania y Francia. Claro que este Pontífice, que es un intelectual de pura cepa, no podía incurrir en la cerrazón, en el encarcelamiento que implica la intolerancia. Y la religión –todas las creencias religiosas--- han caído muchas veces en la aberración fanática. Pero Benedicto XVI no se guarda el tema ni ante la audiencia musulmana o judía. Ni ante los mismos cristianos --sin excluir los católicos-- que en algunas etapas históricas han entendido que la imposición de sus creencias y el combate a las ajenas es virtud de cualquier ortodoxia.

El problema es que todo el que cree ciegamente en una fe religiosa o política suele confundir el amor a su causa con la ceguera del apasionamiento. En la etimología de fanático ya se vislumbra un vacío que permitía ver un cielo sin árboles, sin obstáculos, relacionado con el "fanum" o el oráculo, hasta con posibilidad de ver el futuro, con entusiasmo que implicaba estar con la divinidad, con Theos (Teo).

El fanático es por eso un engendro que se cree divino, pero que, en verdad, subjetiviza y se considera la misma divinidad con visión y fuerza para imponer sus puntos de vista.

Esta subjetivación lleva al ser humano a creer que es fuente y depósito de toda verdad y para perseguir como sea lo que no coincida con su yo, con su pensamiento, con su soberbia y de ahí su afán de perseguir cuanto se aparte de su creencia, sea religiosa, política o de cualquier otro campo.

De ahí surge el pasar, en su apasionamiento egocéntrico, a imponer al otro su creencia, su virtud, su voluntad, su verdad.

Tristemente el narcisismo de creer que lo nuestro es siempre bueno, y lo mejor, nos lleva a imponer a los demás lo que pensamos o creemos. Y el fanático comienza por suponer que, como lo suyo es lo perfecto, lo mejor hay que imponerlo a los demás sea en política, religión o situación personal.

En Estados Unidos, en la apasionada contienda presidencial, el fervor ya hipnotizado por un candidato genera otro apasionamiento sin límites contra el candidato contrario.

En Cuba hemos padecido este fanatismo siempre en nuestra política, ejemplarizada bien en los casos de Machado, Batista, Castro y sus secuaces. Pero aún ahora en el caso tan triste de los ciclones sobre la Isla, el fanatismo de temas controversiales pierde todo sentido de justicia y equidad.

El "justo medio", la prudencia, se evapora por dar paso a la guerra o guerrilla –verbal o real-- cuando la pasión pisotea la razón, que es el peor embargo que existe.

Hace bien el Papa en fustigar el fanatismo religioso que la propia Iglesia a veces vulneró. Y nadie puede lanzar la primera piedra.

El pluralismo respetuoso es medicina efectiva para convivir en paz. La tolerancia, la caridad, el respeto a la opinión ajena son semillas de libertad, justicia, prudencia y verdad.

El fanatismo es la negación de la democracia. Es triste ver que luego de tanta cooperación solidaria en estos días de cliclones, donde ha habido gestos tan bellos de cooperación con las víctimas de tantas tragedias, se han visto también vientos de fronda intransigentes, prejuiciados, que impiden que el bien común no se logre y que los planes de ayuda a los damnificados se mermen tanto por fanatismo de grupos o individuos, o de los propios gobiernos involucrados.
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