Jorge A. Sanguinetty
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La Insuficiencia Estratégica de la Protesta - 2008/09/08 11:46
La movilización de los estudiantes venezolanos a fines del año pasado consiguió descarrilar la iniciativa chavista de implantar el socialismo por una vía democrática. En aquella ocasión la protesta funcionó porque se respetaron las reglas instituidas para hacer de la misma un instrumento de poder popular. Pero en otras condiciones, donde la trampa y el abuso del poder se imponen como instrumentos de gobierno frente a un estado de derecho, la protesta, aunque necesaria, pasa a ser insuficiente si no se complementa con acciones más contundentes. En diciembre del 2007, la derrota de Hugo Chávez y su proyecto de constitución socialista fue sólo temporal. Pronto se hizo evidente que Chávez volvería a las andadas y trataría de imponer su estilo castrista de gobierno a la fuerza, burlándose de las protestas de sus compatriotas en las calles de Caracas o en las ondas radiales y televisivas de Miami. Y así hoy contemplamos con tristeza como los venezolanos pierden sus libertades lentamente y bajo protesta, sin que haya evidencia de que los mismos sean capaces de interponer una fuerza que detenga y derrote definitivamente el designio castro-chavista.
Pero ¿qué fuerzas se podrán movilizar en defensa de las libertades individuales en Venezuela o en cualquier otro país amenazado por una dictadura en ciernes? Para que tengan efecto, esas fuerzas deben responder a las circunstancias concretas de cada país en cada momento de su historia y creo que podemos identificar algunos elementos comunes en muchas de ellas. El principal es la capacidad organizativa de una sociedad. La experiencia enseña que las dictaduras triunfan cuando sus líderes aprovechan la desorganización y la desunión de sus opositores. La historia de Cuba más reciente lo demuestra con una cierta alevosía. Primero Batista se apoderó del país sin encontrar una resistencia notable. Después, a medida en que algunos grupos se organizaron para resistirlo, las mismas fuerzas que lo sacaron del poder se aprovecharon de la falta de unidad de acción y organización del resto de la sociedad y así someterla. Batista se enfrentó a protestas a las que les hizo poco caso. No fue hasta que las protestas fueron acompañadas de acciones más demoledoras que el régimen cambió. Fidel Castro aprendió la lección. Aprovechándose de la clásica incapacidad cubana para unirse y organizarse en torno a un objetivo común (la defensa de las libertades civiles), Castro se organizó para así desorganizar aún más a la oposición, cuyos miembros o bien acabaron muertos, en presidio o en el exilio. La mayoría de la protesta cubana también fue al exilio y aunque se complementó con acciones esporádicas contra el régimen, todas fueron insuficientes para derrumbarlo.
Junto a la capacidad organizativa de una masa crítica de ciudadanos debe existir la de unir voluntades en torno a un objetivo común. O sea, en algún momento debiera surgir una unidad de pensamiento, una coincidencia de criterios fundamentales sobre un objetivo central, aún cuando esto ocurra en medio de una gran diversidad de opiniones. Pero lograr esto no es nada fácil. Hay que reconocer que un régimen que se funda en libertades individuales y un estado de derecho es mucho más complejo y difícil de construir que uno basado en un sistema primitivo y autoritario de gobierno. De aquí se desprende que la organización ciudadana para montar o defender una democracia es mucho más difícil de lograr que la organización para imponer una dictadura. Además, es más difícil comprender cómo funciona un régimen de derecho que uno dictatorial. Por eso es más fácil lograr la unidad de acción colectiva alrededor de un caudillo que la de un grupo de individuos que prefieren una democracia.
La protesta contra el abuso de poder o una dictadura es indispensable, pues sirve para unificar criterios como prerrequisito para una acción concertada a favor de las libertades. Pero tenemos que observar si la protesta surge para prevenir la dictadura antes de que ésta triunfe o para combatirla después. El primer caso es el que ocurre ahora en Venezuela y todo parece indicar que una estrategia basada solamente en la protesta como arma de resistencia será vencida por las fuerzas del chavismo. El segundo caso es el que atañe a Cuba pero hoy hay que analizarlo en dos contextos, el del exilio y el de la isla. En el exilio yo diría que lo que más se ha logrado es llamar la atención en foros internacionales sobre los desmanes castristas mientras se le da un gran apoyo moral dentro de la isla a todos aquéllos que luchan por su libertad. Pero esta modalidad de protesta se queda corta en su impacto integral contra el régimen. En la isla, por otra parte, comienzan a manifestarse entre los jóvenes unas formas de protesta que se enfocan directa y eficazmente en las contradicciones entre el nivel de vida del país y las promesas revolucionarias en “el paraíso” de los trabajadores. Y dichas protestas prometen calar en lo más profundo de la urdimbre social del país, lo que puede llegar a generar las acciones complementarias que se necesitan para propiciar, si no un cambio radical de gobierno, al menos una evolución hacia formas más liberales de vida.
Sería muy bueno si a las protestas del exilio sobre los abusos del castrismo pudiéramos sumar acciones complementarias en apoyo al proceso evolutivo que está ocurriendo en la isla. Sólo se necesita un poco de comprensión de ese proceso y la buena voluntad de usar la protesta como un arma contra la tiranía y no como instrumento de protagonismo personal.
Miami, 3 de septiembre de 2008
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