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Asamblea de escritores cubanos en la UNEAC - 2006/05/16 13:12EL ESTADO DE BIENESTAR (Asamblea de escritores en la UNEAC) José Prats Sariol
El slogan utópico de “El estado de bienestar” se ha convertido dentro de Cuba en choteo, a sabiendas de lo que Mañach escribiera en 1928. Así anduvo la asamblea de Literatura de la UNEAC, efectuada el pasado viernes 7 de abril, presidida por el Ministro de Cultura ─¿Hay ministros o tarugos del Circo Castro en Cuba? ¿Hay cultura cuando se atenaza el pensamiento diferente?─.
Tres informes de amigos que estuvieron en la de Literatura (Sala Rubén Martínez Villena), junto a uno en la vacía asamblea de Cine, Radio y Televisión (Cine La Rampa, con menos del 10% de los miembros, pues son más de 2,000), y cuentos de un galletazo en la de Artes Escénicas, me permiten moldear una impresión del demorado proceso ─Kafka, como se ha repetido, no pasaría en Cuba del teatro Alhambra─.
Lo resumo en la broma de un mordaz asistente: “Hemos merecido, tras inverosímiles sacrificios, el estado de malestar”. La dijo en el receso para la merienda: pan con averigua y guachipupa tibia, cacareos sobre la presagiada sustitución del corroído presidente de la institución verdulera, café villaclareño, especulaciones sobre un congreso del Partido a fines de año, fumadores apurando el cabito, colecta para que Tomás Fernández Robaina reconstruya su barbacoa quemada, no hay segunda vuelta del pan de Cuaresma, saludos desde lejos a Lina de Feria…
Las palabras de nuestro mejor ensayista filosófico hasta hoy parecen de esta Asamblea de escritores del 2006 ─la comedia de Molière es de 1662─, no de un acto hace 82 años, en la Institución Hispano-Cubana de Cultura, donde Jorge Mañach arremetía contra la frustración republicana: “Cuando el choteo resulta notoriamente pernicioso es cuando se convierte en absoluto y habitual; cuando no es una reacción esporádica, sino un hábito, una actitud hecha ante la vida”.
Conozco creo que bien al escritor que lanzó su dardito en el receso. Recuerdo las asambleas con cierta nitidez. Me dan tristeza ─con pausa asociada─ y rabia. Y la primera conclusión a debatir es la similitud con la primera república. Parece obvio que la tradición de considerar el choteo como un defecto, cuando se transforma en permanente válvula de escape, lejos de haber desaparecido de la idiosincrasia cubana, se ha acentuado, ha adquirido categoría emblemática, como el escudo y la bandera, como el himno bayamés y los huracanes. Quizás un nuevo Fernando Ortiz, que dejó sus apuntes sobre el choteo─¿Rafael Rojas, Duanel Díaz?, entre otros talentosos filósofos sociales cubanos de ahora mismo─ se anime a estudiar la ucronía del tópico, su pertinencia y fatalismo, su íntima relación con un derrumbe anunciado sin crónica, pospuesto como el chicle que no se despega de la mano cuando tratamos de echarlo a la basura.
¿Por qué este escritor ha hecho del choteo algo “absoluto y habitual” en su menesterosa vida cotidiana? ¿Por qué se le ha convertido en un “hábito” más pernicioso que su vicio de fumar? ¿Por qué necesita chotear y chotearse constantemente?
Antes de sugerir una hipótesis, quizás sea útil y ácido considerar algunas implicaciones del choteo, bajo la obvia premisa de que el fenómeno no sólo pertenece a nuestro “siempre tan alegre e ingenioso” archipiélago caribeño, “guarachero y chistoso”. Los fines de la historia del choteo en Cuba ─Perry Anderson podría ayudarnos─ parecen necesitar una paralela relación con los entusiasmos y los desalientos políticos que hemos padecido hasta hoy, no sólo de los consiguientes períodos dictatoriales y sus perversas represiones, que culminan en las atrocidades de hoy. Es decir, si el efecto ha sido chotear, abordarlo desde su dos caras: contra qué y a favor de qué, hasta llegar a un solitario, trágico contra. Dialéctica del abatimiento, homenaje a Lovecraft En las montañas de la locura…
También que se le vincule íntimamente a lo que Elías Canetti apunta en Masa y poder, cuando trata La orden, y habla de los mecanismos para librarse del aguijón: “Del lado que se la contemple, la orden, en la compacta forma acabada que después de su larga historia adquiere hoy día, es el elemento singular más peligroso en la convivencia de los hombres. Hay que tener el coraje de oponérsele y conmover su señoría. Deben hallarse medios y caminos de mantener libre de ella la parte mayor del hombre. No debe permitírsele rasguñar más que la piel. Sus aguijones deben convertirse en espinas que se puedan desprender con leve ademán”.
El escritor del “estado de malestar” en la asamblea del viernes 7 ─cuyo nombre omito para que no invente otro chiste contra sí mismo─, padece la ilusión de que el humor es capaz de extraerle el letal aguijón de una dictadura a la que honradamente entregó su juventud. Cree que el choteo le protege, y lo peor, se hace la ilusión de que se trata de un acto de valentía, mientras el Poder ríe, se ríe de la frase, del autor y de los oyentes.
La subversión del choteo no explica el acto sadomasoquista de haber asistido a la asamblea, y no se trata de uno de los escasos escritores que tiene auto funcionando o puede pagarse un turitaxi en chavitos ─dólares disfrazados para cobrar el disfraz─. Lo patético es que a lo mejor fue para lanzar el chiste, demostrarle a los amigos que su lengua se mantenía bífida, aguda, sin miedo porque él siempre ha sido un duro…
La historia ─narrativa erudita─ alguna vez reseñará los papeles de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba desde la fundación ilusionada hasta su ineludible desaparición. Las últimas asambleas tendrán un sitio más amargo: entre los que fueron porque planean irse del país una temporada, lo más larga posible, y los que fueron para solicitar la entrada al país de una computadora o un DVD; entre los traductores que piden se les paguen adeudos miserables, y contestatarios oficiales que denuncian el fin de los boletos para almorzar, alimentan la ilusión de un espacio no enajenado; entre el que desea que las autoridades lo vean aún fiel, para que le acaben de dar un apartamento en la Siberia de Alamar, y la que exige que Ediciones Unión le publique su libro de cuentos…
Cuando aparezca nuestro Carlo Ginzburg ─El queso y los gusanos─, que escriba a partir de la microhistoria y sus axiomas El choteo y los cubanos, en el portón de hierro de la destripada UNEAC, en 17 esquina a H, a lo mejor este amigo le repite el chiste, con variante: “Ahora sí estamos construyendo el estado de malestar”. Mientras ─antes y ahora─ el Poder se le ríe en su cara, y ni se da cuenta.
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Ernesto Ortiz Hdez.
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Choteo reloaded - 2006/06/07 14:25Choteo reloaded
Siendo el choteo, ese “género del acoso” -y por tanto del hacerse presente-, una expresión divertida y libertina de nosotros mismos, nos apresuramos a derivarlo de un supuesto carácter nacional que nos identifica como cubanos. Quien ha asentado sólidamente esta pretensión es, como se sabe, el ilustre pensador cubano Jorge Mañach y Robato, desde su conferencia Indagación del choteo. Curiosamente, el choteo, como producto de esa identidad común, parece haber perdido la connotación jeremíaca que señalaba Mañach, y conforma sin prejuicios esa imagen que nos inventamos de nosotros mismos para justificarnos y de paso hacernos interesantes ante el mundo.
Desde París, Los Orishas han definido lo cubano de manera magistral y pegajosa, con el ritmo que nos caracteriza: a lo cubano: botella ´e ron, tabaco habano, chicas por doquier, coche en casa ´e guano… Una imagen festiva y poco grave, con la que es deseable identificarse, y con la que algunos obtienen dividendos, pero una imagen falseada, que se corresponde escasamente con la realidad de la isla. De similar manera, nos apresuramos a vernos a nosotros mismos abandonados al diablillo del choteo porque, suponemos, es una tendencia inmanente de nuestro carácter y el resultado de una determinada experiencia colectiva.
No es extraño que esa indagación de nuestros antecedentes, esa búsqueda de un carácter conformado en el pasado, esa imagen de nuestra fiesta innombrable (y que de cierta manera ha venido encarnando, hasta su reciente muerte, el jovial Compay Segundo), se esté dando de manera intensa en los últimos años. No ya entre los cubanos exiliados o que han logrado hacerse con una residencia fuera de la isla (y que indefectiblemente parecen estar condenados a este rastreo identitario), sino entre aquellos que siempre se han rehusado a encontrar algo valedero en nuestro pasado republicano, los miembros del régimen castrista -que han sabido aprovechar, oficializar y distorsionar aún más esa imagen veleidosa de la cubanía.
En el caso concreto del choteo, como en muchos de los rasgos anteriores, ha influido de manera esencial la dramática situación que continuamos padeciendo desde hace casi medio siglo. De tal manera que no puede entenderse como derivación lógica de un rasgo cardinal de nuestro carácter, porque ha desaparecido prácticamente del comportamiento ordinario de los cubanos, ha muerto. Asunto nada novedoso y del que ya nos advirtiera el propio Mañach, pero que es necesario matizar.
Puede decirse que a su mencionado ensayo lo recorren como dos tipos de choteo, que se entrecruzan en no pocas ocasiones, pero que pueden delimitarse muy bien, y que van desde la despreocupación, el desorden y la burla sin motivo aparente a la subversión respondona y la negación risible de la jerarquía. Mañach hace claramente hincapié en esto último, quizá porque le parece más generoso para adosarlo a la identidad de un pueblo, quizá porque le parece más robusto o atendible. De cualquier manera, en todo el arco se mantiene “la libertad absoluta de antojo y de improvisación”, la abominación “de todo principio de conducta y de toda exigencia disciplinal”, como características comunes y básicas.
¿Cómo se puede sostener entonces que sigue siendo el choteo nuestro distintivo como pueblo? Quizá por la complejidad y sutilezas de este fenómeno “sicológico y de relación”, cuyas contradicciones emergen a cada rato del propio texto, y cuyo estudio sigue prácticamente en el mismo sitio donde lo dejó Mañach. Necesariamente, especulo que el choteo sigue siendo “enemigo de cuanto proponga una limitación a la expansión individual.” Y ojo a lo que sigue: “Otra cosa ocurre cuando la limitación, en vez de proponerse, se impone. Entonces, el espíritu de independencia que siempre hierve al fondo del choteo tiene dos vías de escape: o la rebeldía franca, o la adulación.”
No sé hasta qué punto aplicar las ideas de Mañach a la situación de la Cuba reciente, ya que cuando ofreció esta conferencia, en 1928, tenía como colofones de estas dos vías a La República, y a la actitud de “guataquería” (que como sabemos, no está exenta de cierto campechano humor), lo que me parece de una ingenuidad muy natural en quien ni se imagina la imposición absoluta que vendría a su tierra treinta años después. Y que obligaría, por así decirlo, a una tercera vía: ni la rebeldía ni la adulación sino la simulación, que derivaría luego en apatía. Porque una simulación demasiado larga confunde hasta el sentido del fingimiento: ya no habrá preocupación sino inmovilidad; se pierde hasta el apetito. Para decirlo con el poeta Yeats: un sacrificio demasiado largo convierte el corazón en piedra.
“Es lógico que durante el período libertador el cubano fuese proclive a la ironía o a la taciturnidad”, y que, durante la república, lo fuese “a la franqueza y a la burla”; entonces, ¿cuál será el rasgo de carácter dominante en la actualidad? Me gustaría estar equivocado, pero la chispa del choteo se ha apagado en nosotros, esa vitalidad esencial ha sido sustituida por un abandono casi bucólico, muy parecido a la debilucha luz que aguarda a la salida del largo túnel de la espera. Se mantiene una forma de resistencia de la individualidad asociada con el humor (o con la sonrisa, en particular, o con la mueca de la sonrisa), y que suele darse más intensamente (en la Cuba de hoy) a título individual; y pueden observarse otras derivaciones, corrupciones o involuciones del humor criollo, pero nada que pueda confundirse con el choteo.
“Si la idiosincrasia nacional modela a su manera la historia, también creo que la historia misma deja su impronta en el carácter. (…) Los acontecimientos políticos de trascendencia vital, los flujos y reflujos de la prosperidad económica, las variaciones en las costumbres (…) hacen que surjan y se destaquen del fondo complejo de la idiosincrasia las formas de comportamiento más adecuadas a las diversas situaciones exteriores y, por consiguiente, más diversas entre sí.”
En tal sentido, y de manera mucho más dramática, Mañach añade a estas impresiones una nota al pie, en 1955: “hoy día se puede afirmar, si no la desaparición del choteo en Cuba desde los años críticos que vinieron poco después de escrito este ensayo, al menos su atenuación. El proceso revolucionario del 30 al 40, tan tenso, tan angustioso, tan cruento a veces, llegó a dramatizar al cubano, al extremo de llevarlo en ocasiones a excesos trágicos. Ya el choteo no es, ni con mucho, el fenómeno casi ubicuo que fue antaño; ya la trompetilla apenas se escucha, o, por lo menos, no tiene presencia circulatoria.”
¿En qué punto estará entonces ese choteo que llamaremos tradicional, luego de transcurrido casi medio siglo de una total experiencia represiva? Antes, al escuchar la trompetilla -la más sonora y notoria expresión del choteo- y volverse el aludido, solía su burlador estar oculto entre la multitud; y no era una señal de cobardía, ya que esa multitud participaba socarronamente de la burla. ¿Cuántos se atreve en la Cuba de hoy a tirarle una trompetilla al poder y ocultarse en la fuenteovejuna masa de vecinos o compinches, con rostro sonriente y cara de yo-no-fui? ¿Quién de nuestros típicos personajes del choteo popular podría bailar una guaracha del desaliento político en nuestras calles? Hemos perdido práctica, y sobre todo la abierta complicidad que el acto implica.
Y es que aquel choteo de antaño, más que estar asociado íntimamente “con un derrumbe anunciado” o con las actitudes deleznables de políticos y gobernantes, lo estaba con la vitalidad de quien observaba tamañas miserias, con un espíritu ingenioso y alegre, pero también aguerrido y honesto: “Es el espectáculo de la autoridad falseada lo que exacerba el natural espíritu crítico de la gracia criolla”.
En la jerarquía de la burla, Mañach ubica claramente al choteo en los escalones más bajos, sin un fino discernimiento de las contradicciones inherentes a esa autoridad y que estarían presentes en otro tipo de humor. No se presupone en el choteo, por así decirlo, una actitud “política”, necesariamente. Sin embargo, en el caso particular de las autoridades que emanan de los poderes públicos, y en el caso especialísimo de los regímenes totalitarios comunistas, la contradicción entre lo que el régimen realmente implica con el ostentoso y fatuo discurso con que se presenta y define a sí mismo ante el pueblo, se hace cada vez más palpable, y hace que resulte más cómico (y más dramático, más patético) mientras más dura esa especie de vodevil. Comicidad que se responde con choteo, más burdo “cuanto más se acerca a la mera protesta instintiva del niño”, pero que si bien primitivo en cuanto a reacción burlesca, posee una perspicacia superior para reconocer al objeto risible. El choteo requiere cierta sabiduría que podríamos llamar popular…
El choteo “no denuncia, en absoluto, nada realmente cómico”; así que podría relacionarse con la incredulidad, sin llegar a ser la amarga y cínica sonrisa de la desesperanza. Quizá como el cosquilleo burlón de quien observa y espera, de quien intuye que todo pasará, pero que aquí y ahora lo único que puede hacer es poner esa cara que nos obliga a preguntarle: ¿y tú de qué te ríes? Supone Mañach que posiblemente en esos momentos (estos y aquellos) la risa criolla sirve “a manera de excitante artificial, con el cual procuramos vencer la fatiga, el aplanamiento, la lasitud del trópico”, y un etcétera largo y contemporáneo… Ya sabes: una alegría del fingimiento, una simulación, una ligereza consentida.
¿Y porqué entonces Mañach admite, claramente, que el choteo es peligroso? Pues porque no se limita a estas frivolidades, sino que se regocija en el desorden, no en aquel que frustra la dignidad humana sino en el que “consiste, pura y simplemente, en la alteración de un estado cualquiera de concierto y de jerarquía, así sea en el orden físico y objetivo”. Lo que implica, con todo, un íntimo y despreocupado regocijo, un enfoque positivo, aunque desordenado (como cuando mezclamos en círculos, sobre una mesa, las fichas del dominó). Un choteo, “es decir, confusión, subversión, desorden; -en suma: relajo”.
Relajo peligroso para esa jerarquía natural de valores y comportamientos, y esa disciplinada armonía que conforman las culturas (aunque saludable, como toda forma de disidencia o de contradicción), pero especialmente peligroso para cualquier imperativo impuesto. Porque si bien el choteo ha tenido “funestas consecuencias en el orden moral y cultural” cubano (según una excesiva apreciación de Mañach, propia de quien se toma seriamente el nacimiento y consolidación de una nación y exige lo propio a sus compatriotas), no es menos cierto que en su sistemática burla contra todo lo autorizado ha ejercido en ciertos casos una función crítica certera. Y eso es inconcebible para un régimen que no admite disidencias, y por tanto no consiente esas dos “disposiciones espirituales nuestras” que más destacó Mañach como caldo de cultivo del choteo: la ligereza y la independencia.
Debo suponer, no obstante, que si se hiciera ahora mismo el anhelado examen sociológico propuesto por Mañach para llegar a estudios concluyentes sobre el tema, posiblemente sus resultados serían confusos. Porque si bien una “Revolución”, que por definición pretende instaurar un nuevo orden, y que se sostiene a sí misma a través de una estructura militarizada y una rígida jerarquía, es el blanco perfecto que estimularía el choteo, visto su oferta constante de pan de-10-centímetros y circo de-marchas-y-reafirmaciones; por otro lado su intento de control absoluto, su objetivo de despersonalizar al individuo, sus métodos represivos, pretenden extirpar el apéndice del tradicional choteo en un hombre nuevo que, sin embargo, parece no haber tenido más remedio que tomarse con humor su especial condición nonata.
Dicho de otra manera, en el cubano actual (debido a lo infecundo de la pretendida forja de un carácter “revolucionario”, a los interesados errores antropológicos del régimen, y a las circunstancias adversas y cambiantes) no sólo se ha exacerbado la disposición a la ligereza sino que también se ha logrado amordazar ese espíritu de independencia del que se hacía gala. Y por supuesto que tengo presente a los muchos cubanos que se enfrentan al régimen, pero incluyo a todos, a nosotros, a quienes sumamos en ese carácter nacional que indago -en parte porque Mañach deriva de él nuestra tendencia al choteo.
Es decir, que ahora mismo hay argumentos y estímulos suficientes -y contradictorios- que lo mismo cercenan que persuaden al choteo. ¿Por qué expresé entonces que este ha muerto, pudiendo suponer simplemente que estaba en estado latente, dormido o esperando mejores oportunidades? Pues porque hoy es más evidente lo que anotó Mañach en la tercera edición de su ensayo: que el choteo ha sido rebasado como hábito o actitud generalizada, sistemática (y por tanto genuina), porque ya no es distingo de un carácter nacional; porque ese mismo carácter nacional deberá refundarse. Porque aunque a día de hoy es menos condenable el choteo sistemático (por lo que tendría de estremecedor y subversivo para una sociedad aletargada y unos ciudadanos inmovilizados), y aunque esté –repito- muerto, se puede reavivar lo mejor del espíritu que lo animó. Porque sigue siendo hora de “ser críticamente alegres, disciplinadamente audaces, conscientemente irrespetuosos”.
Porque los regímenes totalitarios, putrefactos por naturaleza, imponen la corrupción a los ciudadanos, que difícilmente pueden escapar a la doblez: si el dictador alaba una simple olla de presión como el mayor logro de su continuado poderío, esa elemental y riquísima situación para el choteo tiene que ser asumida por los presentes con cierta dignidad, una condescendencia y aprobación que no darán lugar a un choteo auténtico, ya que no hay inmunidad posible: cualquier mofa de las medianamente permitidas se volverá contra el burlador. No porque este haya adquirido un extra de consciencia, ya que esto de por sí disminuye las posibilidades del choteo tradicional, enemigo de cualquier orden del espíritu o de las cosas, sino porque la situación misma es tan absolutamente inverosímil que el choteo pierde su gracia: todo es choteo. En esto ha derivado la situación cubana: el propio poder es una burla de sí mismo, está desvalorizado, "choteado", es “un espectáculo que todo el mundo ha visto ya”, él mismo es una caricatura, y nadie más está autorizado a divertirse.
¿Quieres que te diga entonces de qué me río?
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