Gerardo E. Martínez-Solanas
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La pesadilla del Genocidio en la conciencia de todos - 2008/04/18 15:05
La victoria de las fuerzas aliadas en la II Guerra Mundial alimentó la esperanza de poner fin para siempre al crimen horrendo del genocidio. Las Naciones Unidas surgieron de las cenizas de esa conflagración para “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra” y para “reafirmar … los derechos fundamentales del hombre, la dignidad y el valor de la persona humana, la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas”, como lo afirma la Carta de esa Organización mundial.
Entre otros instrumentos que contribuyeron a enriquecer el derecho internacional, destaca la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. Con esta Convención los Estados Miembros de la ONU asumieron obligaciones y responsabilidades fundamentales de evitar cualquier intento de genocidio, si fuera necesario mediante la intervención armada, en aplicación del Capítulo VII de la Carta.
La importancia de esa Convención es tal, que la Asamblea General de la ONU la aprobó un día antes que la Declaración Universal de Derechos Humanos y está vigente desde el 12 de enero de 1951. En su Artículo IV proclama que “gobernantes y funcionarios” culpables de tales crímenes no están exentos del castigo por su investidura ni tampoco pueden ampararse en estatutos relativos a “delitos políticos” (Art. VII). En caso de que las partes contratantes aleguen controversias de “interpretación, aplicación o ejecución”, la comunidad internacional puede llevar el caso ante la Corte Internacional de Justicia (Art. IX).
El obstáculo principal que ha dejado a esta Convención sin uñas ni dientes para tomar medidas eficaces contra el genocidio ha sido el Consejo de Seguridad de la ONU. Cinco países que, además, son Miembros Permanentes del Consejo, pueden vetar cualquier acción preventiva o punitiva. El voto único de Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Rusia o China basta para paralizar al Consejo en el cumplimiento de sus responsabilidades. Los casos más recientes y trágicos son: Darfur, con millones de muertos, desplazados y abusados durante los últimos 5 años; y, Tíbet, donde los abusos, los crímenes y la destrucción de su cultura e identidad se remontan a las fechas en que esta Convención entraba en vigor. El veto chino ha bastado para paralizar a la Organización mundial y debilitar su voluntad de defender a las víctimas en estos dos países.
En consecuencia, la comunidad internacional ha tenido que recurrir a otras alianzas para intervenir, como sucedió con el Holocausto nazi frante a la parálisis de la Sociedad de las Naciones, o como aconteció en épocas más recientes con el genocidio de Bosnia frente a la parálisis del Consejo de Seguridad. Aún así, en ambas ocasiones la reacción llegó bastante tarde, cuando el horror de lo que ocurría desbordaba todos los ámbitos de la conciencia humana.
Peor es el historial de otros casos no menos horrendos que han quedado prácticamente impunes, como los GULAG soviéticos, los campos de la muerte de Camboya (entonces llamada Kampuchea “Democrática”), los exterminios étnicos de Armenia y Kurdistán y las carnicerías de Ruanda, Burundi, Uganda y Somalia, mientras la humanidad volvía sus espaldas a millones de víctimas. Hoy día se repite la historia en Darfur y el Tíbet.
En estos días de abril se está proyectando en unas pocas salas el documental titulado “Sometimes in April” (A veces en abril), que destaca la notable falta de voluntad política de la comunidad internacional ante el genocidio. Esta tragedia de negligencia e indiferencia no sólo es culpa de nuestros gobernantes en países democráticos y progresistas sino también de los ciudadanos que apoyan políticas egoístas que se desentienden de estas obligaciones. Prueba de ello es que este documental no encuentra amplia difusión. Falta interés. Prima la conveniencia nacional y el bienestar propio.
Este es un egoísmo histórico y reincidente. Ruanda no amenazaba intereses de EEUU y, por lo tanto, Clinton no intervino. Tampoco lo hicieron a tiempo otros países. Clinton diría cuatro años después que “nunca más debemos vacilar ante tan espantosa evidencia”. Sin embargo, no intentó siquiera defender a los kurdos de las matanzas ordenadas por Saddam Hussein ni su sucesor se preocuparía mucho tampoco por las masacres de Darfur.
Es alentador presenciar ahora la reacción popular frente a los abusos en Tíbet. Sucede 50 años tarde, pero es oportuno condenarlos cuando China muestra al mundo una careta amable y amistosa para celebrar las Olimpiadas este verano. No castiguemos por eso con sanciones al deporte que acerca a los pueblos, pero la violación constante y genocida de los derechos humanos en ese sufrido país trasciende la fraternidad deportiva. Como mínimo, la protesta universal debe ser clamor que avergüence a los victimarios y los convenza de que dialogar con el Dalai Lama es más humano y menos condenable que encarcelar y matar tibetanos.
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