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FORO PARTICIPATIVO / PARTICIPATIVE FORUM
 
Ernesto Ortiz Hdez.
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Un Nobel de película - 2007/10/13 11:58 Hace ya un tiempo me bajé de internet, a las pocas semanas de su estreno, en 2004, Redemption, una película que comienza, precisamente, con la defensa a la candidatura del Nobel de la Paz para Stanley "Tookie" Williams. Parecía un candidato idóneo, ya que fue fundador en 1971, junto con Raymund Washington (muerto en 1979), de una de las más importantes y duras bandas callejeras de Los Angeles (The Crips), pero en los últimos años se había superado a sí mismo personal y humanamente: comenzó a escribir libros para niños y jóvenes en los que promovía la paz y las resoluciones no violentas, alertando acerca del mundo de las bandas delictivas.

Pero había un inconveniente, que lo convertía además en un candidato muy singular: Stanley "Tookie" Williams estaba convicto en la prisión californiana de San Quintín, en el Corredor de la Muerte, desde 1981.



La película cuenta la vida de este hombre arrepentido de su pasado gangsteril, casi como un argumento definitorio. En 1997, Williams colocó en su web una disculpa por su papel en la creación de los Crips. En 2004, medió en la solución de una de las peores guerras de pandilla en el país, entre los Bloods y los Crips; las bases para el acuerdo de los pandilleros se conoce como "Protocolo Tookie para la Paz". Williams incluso llegó a recibir una carta del Presidente George W. Bush alabándole por su activismo social.

Para finales de 2005, vencida la enésima apelación, estaba prevista la ejecución de Stanley "Tookie" Williams; así que comenzó otra fuerte campaña pidiendo clemencia, en consideración a su manifiesta redención. Continuaba declarándose inocente de los cuatro asesinatos que le imputaron 26 años atrás. Hasta la viuda de una de sus víctimas pidió indulgencia: "Quiero aportar a la iniciativa de paz del señor Williams, y lo invito a continuar con su mensaje benefactor hacia todas las comunidades". El 12 de diciembre, el Gobernador Schwarzzeneger denegó tales peticiones; horas antes lo había hecho también la Corte Suprema de California. Al día siguiente, a Stanley "Tookie" Williams se le inyectó una dosis letal; tenía 51 años.

Esta ejecución renovó vigorosamente el debate sobre la pena de muerte (días antes, el veterano de Viet Nam Kenneth Boyd, en Carolina del Norte, completó las mil ejecuciones desde que la Corte Suprema volvió a incluirla en 1976). Pero hay otra cuestión que subyace, rematadamente importante: ¿es posible o creíble la redención? Arnold Schwarzzeneger (que en sus años de competiciones fisiculturistas se toparía en alguna ocasión con el forzudo Tookie) no lo creyó genuino, al menos en este caso particular. ¿Compartía esta impresión el Comité de los Premios Nobel que rehusó una y otra vez galardonar al condenado a muerte Stanley "Tookie" Williams?

Redemption, que consagró a Jamie Foxx como actor de primera en el papel de Tookie, logra hacernos creíble la realidad de la reinserción social. El año de su estreno, y al siguiente, por quinta vez consecutiva, la Universidad californiana Notre-Dame de Namur propuso el nombre de Stanley Williams para el premio Nobel de la Paz. Pero la película no logró demasiado: apenas un año después fue ejecutado y nunca obtuvo premio alguno, a pesar de sus cuatro nominaciones para el Nobel de la Paz y tres para el de Literatura -lo que ya es mucho entusiasmo. De cualquier manera su suerte contrasta notablemente con quien estuvo a punto de convertirse, en el 2000, en Presidente de los Estados Unidos, y que es ya el nuevo Premio Nobel de la Paz, Al Gore.



Se dice que Gore tiene intereses medioambientales desde los 90, cuando fue reelegido como senador demócrata por Tennessee, pero es incuestionable que el verdadero reconocimiento como nuevo icono del ecologismo le llegó tras el estreno el año pasado del documental An Inconvenient Truth (Una verdad incómoda), premiado como mejor documental en la última entrega de los Oscar.

También me bajé el documental de internet, y me parece que la mayoría de las críticas que se le hacen son acertadas. Gore, famoso por sus cuestionables afirmaciones, ha recorrido el mundo recabando sólo las opiniones científicas que cuadraban con su propia hipótesis, y perfeccionando ese arte tan de moda entre los vices: el de las charlas y conferencias. Una verdad incómoda es un muestrario de falsas extrapolaciones, datos inexactos y medias verdades que conducen a la catástrofe de moda, aunque pueden encontrarse fuertes argumentos en contra en toda una serie de "disidentes" ecológicos: Bjorn Lomborg, o Patrick Moore, entre otros. De hecho, en estos días un juez británico, ante la demanda presentada por un padre contra al Gobierno del Partido Laborista debido a su decisión de repartir en centros educativos el documental, ha considerado que este, efectivamente, promueve "puntos de vista partidistas", es tendencioso, y como mínimo deberá advertirse a los alumnos de su contenido parcial.

En el terreno ecológico pronto se repetirá aquella bonachona y falsa política del buen salvaje: la que rezará sobre un tiempo idílico primigenio al que nuestra civilización degeneró, y que ha acabado en las actuales y futuras -más horribles si cabe- desgracias ambientales. E igual que antes, los políticos más avisados recogerán los frutos de tales apocalípticas previsiones. Ya en junio de 1992, previo a la celebración de la Cumbre sobre la Tierra de Río de Janeiro, un grupo de científicos, agrupados bajo el título de Científicos Atmosféricos sobre el Efecto Invernadero, mostraron su preocupación sobre el uso que ecologistas y políticos estaban haciendo de la ciencia.

Pero más allá del aspecto pretendidamente científico de este documental resalta la hipocrecía de Al Gore, compartida por muchos de los políticos, famosos o vividores de todo tipo que maman de la teta de la vaca verde, por así decir. Las cuentas de gas y electricidad de la piscina techada y la casa (de 20 cuartos) del vicepresidente indican que consumió alrededor de 221000 kW/h en 2006 ¡más de 20 veces el promedio nacional! Posee una mina de cinc que, según se ha visto obligado a confesar, ha sido una de las más "sucias" de toda la nación: 1,8 millones de kilos de vertidos tóxicos en cinco años. Cierto que cuando en el Senado se le pidió que se comprometiera a llevar un estilo de vida más acorde con lo que predica, se negó a prometer nada, lo que me hace sospechar que esa política del "haz lo que yo digo, no lo que yo hago" no es tanto el producto de su hipocrecía como el resultado de nuestra candidez (cobra un mínimo de 240.000 por conferencia, muchas veces dinero público.)

En el caso de Stanley "Tookie" Williams, no confiar en la sinceridad de sus palabras -o de sus escritos- implica la suposición de que él no creía o no llevaba honestamente a cabo aquello que predicaba, aunque al parecer actuaba en consecuencia. Ni siquiera una película como Redemption pudo convencer al Comité del Nobel de una intención en tal sentido, así que asombra, comparativamente, cuando con un documental como Una verdad incómoda Al Gore logra mucho más. Ante una incoherencia manifiesta, ni siquiera necesita guardar las apariencias o persuadir acerca de sus nobles propósitos.

Claro que existen muchos otros motivos para que no se le diera el Nobel de la Paz a Stanley "Tookie" Williams, pero sobran aquellos por los que tampoco se lo merece Albert Arnold (Al) Gore Jr. Lamentablemente, parece que el Comité del Premio Nobel de la Paz ha perdido otra buena oportunidad para su propia redención.
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Gerardo E. Martínez-Solanas
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Re:Un Nobel de película - 2007/10/24 21:38 Sumamente interesantes y auténticamente controversiales los argumentos que esgrime Ernesto Ortiz en esta pieza crítica de la naturaleza y el trasfondo de los Premios Nobel, sobre todo el de la Paz.

En primer lugar, debo reconocer que no tenía la menor idea de que Stanley "Tookie" Williams había sido candidato al galardón. Además, la idea de su candidatura se me antoja intrigante, pero a la vez paradigmática en el propósito de un reconocimiento a su redención. A fin de cuentas, esa sería la senda más segura de la paz. La que conduce por los caminos de la reconciliación y la redención.

Por otra parte, hay que destacar que si en el proceso de adjudicación de los Premios Nobel hay interferencias y presiones políticas, mucho mayores son éstas en el galardón de la Paz. Es el único que no es otorgado por el Comité de la Fundación Nobel, sino por el Parlamento Noruego.

Por muy objetivo e imparcial que pretenda ser el Parlamento Noruego frente a la realidad mundial, difícilmente escapa a su carácter político. Tampoco a los vaivenes ideológicos que provocan los procesos electorales en ese país.

No obstante, hay que reconocerles también un alto grado de aciertos en la medida en que resulta imposible complacer a todo el planeta frente a las decisiones que hay que tomar cada año. Al fin de cuentas, no cometieron el error de dárselo a Neville Chamberlain sino a la Oficina Internacional Nansen para los Refugiados. Ese fue un acierto notable.

También cabe destacar entre los galardonados al Comité Internacional de la Cruz Roja, la Oficina del Alto Comisionado para los Refugiados, o los Cascos Azules de la ONU, así como a personalidades tan notables como Albert Schweitzer, Linus Pauling, Martin Luther King, la Madre Teresa, Lech Walessa, Desmond Tutu y, ¿por qué no? Mikhail Gorbachev, autor de la conclusión de la "Guerra Fría" o "Tercera Guerra Mundial". Muchos más podría mencionar, como Oscar Arias o Nelson Mandela, pero creo que basta con estos ejemplos.

En el caso de Al Gore es evidente el cariz político de la decisión, sobre todo porque no se ha destacado en programas que fomenten la paz o que alivien el sufrimiento de las víctimas de la guerra y porque no hay una correlación clara entre la paz y el medio ambiente. No obstante, su dedicación a esta gesta en favor de nuestro planeta es loable por el peso que le otorga su historial político en Estados Unidos y las simpatías de que goza en el resto del mundo.

Por añadidura, parece ser que no cumple con lo que predica y eso es lamentable, aunque no excepcional. Es un mal del que padecen muchos en este mundo. Por tanto, no confío en su sinceridad de propósitos, pero sí en la efectividad de su gestión. Ojalá que muchos como él mostraran alguna inquietud por el medio ambiente, hicieran algo por detener la destrucción del balance ecológico al que la mayoría de nosotros contribuimos y, si después comete algún pecado ambiental, pidámosle la confesión, la atrición y démosle esperanzados la absolución.
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