Marcos Villasmil
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Lysenko - 2007/08/20 19:49
LYSENKO
Es un cliché afirmar que vivimos hoy en la sociedad del conocimiento. Una de las características más importantes de la economía de mercado es la velocidad con la que se crea conocimiento, relevante o no. Cómo se crea el conocimiento es una pregunta que no pareciera ser importante para la clase política en general, sobre todo en países como los nuestros. En cambio, muchos investigadores, entre los que destaca el economista británico John Kay, se han dedicado a seguir los pasos que llevan a la generación de conocimiento en una sociedad libre.
Albert Einstein, un oficinista en la Oficina de Patentes de Zurich, desarrolló la Teoría de la Relatividad en su tiempo libre. Lo que convirtió una calculadora en una computadora fue el discernir que una máquina que puede realizar grandes cadenas de cálculos puede hacer casi cualquier cosa; quien se dio cuenta de ello fue Alan Turing, profesor de la Universidad de Cambridge, el cual, al iniciarse la segunda guerra mundial, formó parte del grupo de descifradores de códigos alemanes en Bletchley Park, al noroeste de Londres. Jim Watson, mientras realizaba estudios de postdoctorado en Cambridge, descubrió, junto con su colaborador Francis Crick, la estructura del ADN. Ambos ganaron el Premio Nóbel por ello.
La relatividad, la computación, y el ADN están entre las contribuciones más importantes al conocimiento durante el siglo XX, y también son descubrimientos que poseen gran importancia comercial. Las implicaciones económicas de la computación están a la vista de todos. La relatividad no solo llevó a la energía nuclear, sino que redefinió a la física moderna, influenciando aparatos de todo tipo, desde las naves espaciales hasta las computadoras. Y la genética y la biotecnología transformarán la medicina y la nutrición en las próximas décadas.
La relatividad, la computación, y la doble hélice son ideas: los antibióticos, la televisión, y las variedades de semillas mejoradas son productos. En el caso de los antibióticos, aunque su utilidad práctica es obvia, sólo fue luego de diez años de investigación y desarrollo patrocinados por la fundación Rockefeller, que se logró producir la droga que salvaría millones de vidas y que creó la base de la moderna industria farmacéutica.
El transistor, otra innovación fundamental para el siglo XX fue desarrollado por una empresa privada, los laboratorios Bell, en 1947. El hoy poderoso y mundialmente famoso Silicon Valley no fue fundado gracias al silicio, sino a los transistores. Los descubrimientos y logros arriba mencionados son ejemplos de lo que la creatividad humana, cuando está libre de constricciones burocráticas o de mentalidades dogmáticas, puede lograr.
En cambio, es digno de mención un hecho innegable: el papel de los gobiernos en impulsar la innovación es generalmente mediocre, sobre todo si el régimen es marxista. El Estado comunista soviético promovió la investigación, pero los resultados fueron pobres, y de hecho, en materia de electrónica y computación se quedó muy atrás en comparación con Occidente.
El ejemplo más extremo del fracaso de la ciencia soviética fue el caso del investigador Trofin D. Lysenko, un biólogo que logró convencer nada menos que a Stalin de que la evolución no tenía una base genética. La aplicación de los principios elaborados por Lysenko contribuyó a las hambrunas de la década de los años 30, con millones de muertos por hambre. Los que se enfrentaron a Lysenko, que demostraron sus errores, fueron en cambio perseguidos, destituidos e incluso algunos asesinados. Lysenko señaló que la teoría que planteaba que los caracteres hereditarios se transmiten por los genes contenidos en los cromosomas de las células, era reaccionaria y burguesa.
Entre los que se enfrentaron a Lysenko es emblemático el caso de I. A. Rapoport, de la Academia de Ciencias de la URSS. V. M. Molotov, miembro del Comité Central del Partido, apoyó a Lysenko. Cuando Rapoport fue refutado con trozos del discurso de Molotov, preguntó: "¿Ustedes piensan que Molotov sabe más genética que yo? Esto es tan sólo un ejemplo de las presiones que se ejercían en ese momento sobre los científicos para que actuaran de acuerdo con los planteamientos políticos del régimen. La ciencia totalitaria y la de los países democráticos siguieron caminos diferentes.
En la Venezuela chavista están ocurriendo persecuciones similares, como es el caso del físico venezolano Dr. Claudio Mendoza, quien fuera hace unos meses destituido de su cargo como Jefe de los Laboratorios que él mismo ayudó a crear en el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, IVIC, por no estar con “el proceso”. Casos como el del Dr. Mendoza se están repitiendo en toda la institucionalidad pública venezolana con mayor frecuencia a medida que Chávez radicaliza su mensaje.
La verdad incontestable es que frente a las visiones estatistas, la filantropía privada, no burocrática, es el vehículo de toda sociedad pluralista por el cual se apoya la investigación. Los antibióticos, la computación y el ADN ocurrieron en Gran Bretaña. Los sitios en los cuales se desarrollaron estas investigaciones –el Hospital de St. Mary, cerca de la estación de Paddington en el centro de Londres, donde Fleming desarrolló sus trabajos, y las universidades de Oxford y de Cambridge – no eran instituciones gubernamentales en ese momento. Hoy lo son. La calidad de la investigación en ellas ha disminuido.
El crecimiento del financiamiento y control gubernamental de las universidades en Europa va parejo con su declinación como centros de investigación. Europa pudo jactarse de poseer el 75% de los Premios Nóbel en ciencia antes de 1939; desde 1969, hasta hoy, el 75% de dichos premios los reciben investigadores que trabajan en instituciones privadas norteamericanas. La fuente principal del gran conocimiento hoy en el mundo es el sistema pluralista de educación superior de los Estados Unidos. Esto, sin embargo, no es reconocido, aceptado o siquiera debatido en los sectores oficialistas venezolanos, empeñados en “ideologizar” todo, desde el petróleo, hasta la investigación, desde la producción hasta las relaciones internacionales. Como consecuencia, la fuga de cerebros o su persecución, y el desprecio al espíritu creador independiente, que se está generando gracias al chavismo, son únicos en nuestra historia, con resultados que serán sin duda alguna terribles. El espíritu de Lysenko está vivo y coleando en el palacio de Miraflores.
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