Yaxys Dallan
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Consenso y sensatez - 2007/07/10 10:29
En las democracias avanzadas las coordenadas principales de la acción exterior se establecen como política de Estado. Que sea una política de Estado implica que, se atenga a los intereses generales de los ciudadanos, surja del consenso de las fuerzas políticas más importantes del país, cumpla con los compromisos internacionalmente adquiridos y esté alejada de cualquier condicionamiento ideológico o electoralista interno.
Desde hace varias legislaturas la Política Exterior Española ha carecido del necesario consenso. Tanto en el segundo mandato del PP como bajo el actual del PSOE, no se ha madurado en ello, aún cuando España cuenta con un cuerpo diplomático de altura. Uno de los frentes más afectados ha sido las relaciones con Cuba. Esta ausencia de entendimiento es preocupante, dado que la política que desde Madrid se siga hacia Cuba no se agota en los vínculos bilaterales entre ambas naciones, pues como todos sabemos, España, suele ser referencia de la Unión Europea a la hora de establecer las líneas generales de sus relaciones con Latinoamérica, donde Cuba ocupa un lugar relevante.
Aunque fue Blair y no Aznar el que propuso las sanciones contra el régimen de La Habana a raíz de la “primavera negra” de 2003, España se convirtió en motor impulsor de la propuesta británica. En el marco de las Relaciones Internacionales, donde los derechos humanos gradualmente van ocupando un papel relevante, las medidas tomadas tenían un alto grado de efectividad como condena a la actuación abominable de un Estado. Sin embargo, la estrategia tuvo varias deficiencias: las medidas no significaron el exordio de un proyecto para impulsar la llegada de la democracia en Cuba, lo que dejó a las actuaciones europeas respondiendo solamente a unas circunstancias, que aunque las ameritaban, las mismas no agotaban todo el contenido de lo que hay que hacer; por otro lado, no se midió la capacidad de resistencia del Gobierno Cubano, que a pesar de recibir un duro golpe de la comunidad internacional y de la “intelectoprogresía” -históricamente su aliada-, pudo mantenerse y demostrar que el aislamiento no es un tiro mortal en su contra. Más penoso ha sido ver cómo Europa se ha dado cuenta de que no puede darse el lujo de tener cerrados los canales con La Habana y que para reabrirlos –para algunos como si tuvieran que ganar indulgencias- han comenzado a recibir a los opositores por la puerta del fondo de sus embajadas.
La política hacia Cuba del actual ejecutivo español ha sido criticada por sectores de la disidencia interna, del exilio cubano y por el PP. Sin embargo, la misma tiene una cuestión positiva: recuperar el diálogo con el gobierno cubano, cosa importante dada la situación actual de la isla. Pero también, hay que dejar claro que el diálogo no puede estar vacío de exigencias y compromisos, de lo contrario sería un “botellón de oxígeno diplomático” para el régimen, como señaló el diario EL PAÍS, en uno de sus editoriales sobre la visita de Moratinos. Tampoco se puede excluir o dejar a un nivel inferior a los líderes opositores.
Lo mejor sería que, saliéndose del campo de la retórica de cuál es la estrategia victoriosa o cuál es la derrotada –que todas lo han sido-, vieran las críticas a su política señaladas en Europa como necesarias correcciones. El éxito del actuar está también en poder lograr el consenso entre todos, de lo contrario fracasaría una y otra vez. Podría suceder que en determinado momento un grupo de Estados prefieran apoyar la estrategia de otra nación no europea respecto a Cuba, lo que sería fatal para los intereses de España. No sería la primera ocasión que en Europa pasara algo así en temas internacionales.
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