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Yaxys Dallan
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Cuba: interrogantes y consideraciones que la Iglesia debe t - 2007/06/14 04:17 Cuba:
Algunas interrogantes y consideraciones que la Iglesia debe tener presente


La Iglesia Católica no es un partido político, pero ello no quiere decir que esté ajena a la política. Tanto el Evangelio como la mayoría de los documentos importantes de la Iglesia, entre ellos los resultantes del Concilio Vaticano Segundo, resaltan la importancia que debe tener para los seguidores de Cristo todo lo que afecta a la vida del hombre, y la política está incluida en ese todo. En la actualidad la Iglesia no presenta propuestas técnicas concretas en materia política ni aspira a llegar al poder ejecutivo, pero sí se preocupa por la dignidad y derechos del hombre, por la paz, por el bien común. Ello quiere decir que se ve obligada a rozar o interactuar constantemente con la política, inclusive con la partidista, lo que hace que la línea divisoria entre aquello de lo que debe ocuparse la Iglesia y de lo que no, resulte ser muy fina.

Que la Iglesia esté llamada y puede jugar un papel político-social –no partidista- importante en el presente y futuro de Cuba, es una idea a la que algunos se resisten, tanto dentro de la nomenclatura estatal como en la oposición. Unos, porque siguen enclavados en sus teorías ateístas o sus ideas radicales sobre el dominio omnímodo que el Partido Comunista debe tener en la dirección de la sociedad, y otros, porque, independientemente de que se identifiquen con el catolicismo, les cuesta digerir determinadas actuaciones de la jerarquía eclesiástica cubana sin que les cause escepticismo, y esto, aunque no lo expresen públicamente. Sin embargo, hay muchos signos en la realidad de la isla que apuntan a que la implicación católica ocurrirá si es que acaso no está en marcha.

Iglesia- gobierno- nomenclatura

Por cosas de la naturaleza o de Dios, cada vez serán menos los representantes de la ortodoxia marxista leninista radical, y lo más seguro que en la puja y repuja que se estará imponiendo entre los grupos de poder, salga victorioso el sector de los más pragmáticos. El pragmatismo político cubano se inclinará cada vez más por evitar cualquier escaramuza o situación delicada con la Iglesia, principalmente con su jerarquía. Conocen el desgaste que trae consigo los problemas con dicha institución. Estoy seguro de que si a algunos de las altas esferas le dieran la oportunidad de hacer nuevamente la historia, no asumirían las mismas posiciones respecto a la Iglesia, no porque se reencarnarían en seres buenos y santos, sino porque su “enemiga” ha demostrado tremenda capacidad de resistencia y de regeneración, cualidades que sin duda le sobrepasarán a ellos y a esta etapa de la historia de Cuba. Además, como su primera intención es conservar y ejercer el poder, sería en este asunto en el que tendrían que concentrarse antes que pretender como en antaño convertir la sociedad al ateísmo y al anticlericalismo. Los cambios que en 1992 se efectuaron a la Constitución de la República en lo relacionado con el carácter del Estado, el cual dejaría de ser –por lo menos de jure- un Estado ateo para convertirse –de jure también- en uno laico, obedecen a una, aunque temerosa, toma de conciencia sobre la realidad que he mencionado. En aquel contexto también se reformaron los estatutos del PCC para permitir la entrada de personas creyentes en Dios.

El acercamiento

En estos últimos años observamos un proceso de acercamiento entre la Iglesia y el Estado. Recientemente, Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, obispo auxiliar de La Habana expresó sobre el tema, que "después de tiempos difíciles el Estado va entendiendo el papel de la Iglesia, cuál es el rol de la vida de la Iglesia dentro de un pueblo". También presentó el asunto como "un proceso normal, se va dando, y aspiramos realmente a que en la medida en que se pueda, la vida de la Iglesia y su misión que es la evangelización, cada vez más vaya por caminos de normalización". "Esa es nuestra aspiración. Yo pienso que también es la aspiración del Estado", remachó. Evidentemente, en la actualidad hay un acercamiento progresivo entres las dos partes, lo que ha representado mayor fluidez en los canales de comunicación entre las mismas, cosa que favorece una mejor posición de la Iglesia a la hora de solicitar las necesarias autorizaciones para construir o reparar templos y casas religiosas, trasmisiones radiales de mensajes episcopales por las fiestas litúrgicas, entrada de sacerdotes. La Iglesia necesita de estos medios y de los que le fueron arrebatados para poder llevar a cabo su misión dentro de la sociedad cubana. Sin embargo, ante este panorama habría que preguntarse lo siguiente: ¿qué contraprestación exige o implica este mayor entendimiento? Porque nada es gratis, todo tiene su costo… ¿Le convendría a la Iglesia que este acercamiento sea interpretado por el pueblo y la comunidad internacional como una “bendición” a la sucesión o al inmovilismo político que subyace en el régimen cubano? Cuidado, si la Iglesia tiene una larga herencia de sabiduría, los políticos tienen una también larga de sabiduría y de picardía.

En todo caso, la Iglesia puede también plantearse la necesidad de mantener un diálogo con el gobierno –ateniéndose a sus costos como expresamos- porque hay grades probabilidades de que algunos de los que hoy integran la cúpula del poder estatal sean actores claves en los próximo años, para bien o para mal. La interlocución con personas de la nomenclatura no la veo tan “satánica” como otros, siempre y cuando se haga con los ojos puestos en los problemas de nuestra gente y exista esa misma disposición al diálogo con otros sujetos activos de la sociedad cubana, entre ellos los opositores. Esta diplomacia no tiene que realizarse obligatoriamente con gestos públicos de “alta política” – preferidos por los políticos-, pues las relaciones personales y los detalles también son un instrumento efectivo para hacer llamados a la consciencia en momentos oportunos, como en los de crisis.

La otra cara de la moneda

Para no inducir a la ingenuidad habría que aclarar, que el señalado acercamiento no impide el recelo gubernamental hacia determinados liderazgos en el clero y en el laicado católico, aunque a juzgar por las experiencias, intentarán buscarle solución por vías muy distintas a las empleadas en otros tiempos.

Hay que acotar también que en este último año han ocurrido determinados hechos dentro de la institución eclesial cuyos resultados favorecen con creces al acercamiento del que habla Mons. Juan de Dios. Por sólo mencionar dos ejemplos: la jubilación de Mons. José Siro, Pedro Meurise, y Héctor Peña, obispos de Pinar del Río, Santiago de Cuba y Holguín, respectivamente, que no contaban con la simpatía de las autoridades estatales por motivos que todos conocemos; y la grave situación ocurrida en la Diócesis de Pinar del Río y sus consecuencias dentro y fuera de Cuba.

Los opositores

Por otro lado, existen otras realidades que la Iglesia y los cubanos no podemos pasar por alto. La mayoría de los opositores al gobierno comunista son hombres y mujeres de la Iglesia Católica; y fíjense que no me refiero a aquellos cientos de mieles que el 21 de enero de 1998 frente al Papa Juan Pablo II gritaban a viva voz: “libertad, libertad” y que llevan décadas siendo una mayoría silenciosa, me refiero a los que han asumido ese compromiso por la democracia en la cotidianidad política desde la difícil oposición. Personas de diferentes líneas ideológicas, pues los hay liberales, socialdemócratas, democristianos, pero que la mayoría se consideran católicos y laicos comprometidos, como Oswaldo Payá, Vladimiro Roca, Héctor Palacio, las Damas de Blanco, entre tantos. La Iglesia del presente y la del futuro no debe perder de vista esta realidad que estoy seguro se está dando por primera vez en toda nuestra vida como república: hay un liderazgo opositor que ama a la Iglesia, que se identifica con ella en muchos temas y que le respeta aunque no comparta algunas decisiones. Son católicos que viven sus compromisos enriquecidos por la espiritualidad cristiana y que están dispuestos a devolver algún día en plenitud todo ese bien que la Iglesia le ha aportado a sus vidas. A la luz de lo que sucede en muchas partes del mundo podemos pensar ¿no serán ellos a los que algún día la propia Iglesia acudirá para pedir su voto o exhortarles que mantengan sus criterios como cristianos en los parlamentos o gobiernos ante propuestas contrarias a la doctrina católica?

Gracias a la iniciativa de uno de estos opositores hoy se conoce sobre el Padre Félix Varela, fundador de nuestra nacionalidad y cuya condición de sacerdote nos fue ocultada a todos los cubanos cuando estudiábamos nuestra historia en la escuela. Por el “Proyecto Varela” miles de cubanos relacionan a ese Santo sacerdote que la Iglesia quiere llevar a los altares con las ideas de libertad, justicia y democracia.

Su independencia y poder moral

La Iglesia es una de las escasas instituciones de la sociedad civil cubana que mantienen considerable independencia con respeto al Estado. Importante también, la Iglesia tiene total autonomía ante cualquier otra potencia extranjera. Este estatus le ubica en un lugar privilegiado en el contexto cubano, pues le asignaría una condición de mediadora o garante en la solución de cualquier conflicto social. Además, puede representar un “muro de contención” ante situaciones injustas. La Iglesia encarna un poder moral que todos valoran, no sólo por la mencionada independencia, sino también por el trabajo que durante estas décadas viene realizando en medio del pueblo cubano. No pensemos solamente en las catequesis, pensemos en los proyectos de promoción humana en los barrios más pobres, en la actividad de Cáritas, en los dispensarios de medicamentos, en las visitas a los presos -incluyendo a los políticos-, en su dedicación a los enfermos, en los cursos de formación cívica, en las publicaciones, en los comedores para ancianos. Pensemos también en “El amor todo lo espera”, la histórica carta pastoral de los obispos cuyas letras difícilmente puedan ser borradas del corazón de los cubanos. De ahí le viene ese poder o reconocimiento moral: de su entrega al pueblo. En los últimos años las comunidades cristianas han desarrollado una actividad con un contenido social superior a la del propio Estado Socialista, a pesar de que éste cuenta con más recursos. Las catequistas y monjitas, los laicos y ministros de la palabra, llegan a lugares donde no saben lo que es un trabajador social o creen que estos son meros funcionarios de control y vigilancia. De todo ello ha resultado ese cariño que se le tiene a la Iglesia y que el anticatolicismo e incluso el anticlericalismo no sean notas sociales en la Cuba actual. Por ello, resultan verdaderamente extremistas las apasionadas expresiones de algunas personas del exilio que recientemente han calificado a la institución católica como “la Iglesia de Fidel” o “Iglesia colaboracionista”. Acaso no hay otras formas de ser críticos con las cosas que nos molestan sin caer en semejantes simplificaciones.

¿Qué haría Cristo en su lugar?

En otro sentido, frente cúmulo de cuestiones de “alta política” con el que la Iglesia está interactuando la gente se plantea varias interrogantes: ¿Sabría distinguir la Iglesia entre el lobo hambriento y las ovejas desprotegidas? ¿Asumiría la Iglesia ese papel de mediadora sin olvidar cuáles fueron las opciones de nuestro Señor?

Sus autoridades, específicamente los obispos, conocen casi todas las variables de la realidad cubana y saben que todo implica una gran responsabilidad ante Dios, la Iglesia y la Historia. Se sabe que los obispos no tienen los mismos criterios a la hora de hacer frente a los desafíos de nuestra sociedad, pero no dudo que la mayoría de ellos sienten gran amor por Cuba. La evolución de los acontecimientos le irá presentando retos muy serios. Como pastores deberán acompañar al pueblo hacia una sociedad más justa, democrática y que tenga como fundamento el amor y el bien común. Necesitarán mucha imaginación y apertura de mente, pues Cuba deberá dirigirse hacia un orden que ellos como la mayoría de los cubanos no conocen. Pero de ellos dependerá que la mirada del pastor no desfallezca. Tiempo siempre tendrá en Señor para juzgar si estuvieron – y estuvimos todos los católicos- a la altura de las circunstancia.
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