Marcos Villasmil
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Chávez, el sembrador de cenizas - 2007/05/28 13:02
CHÁVEZ, EL SEMBRADOR DE CENIZAS
Nos recuerda don Augusto Mijares, en “Lo Afirmativo Venezolano”, la existencia en nuestro país de “sembradores de cenizas”, Narcisos empeñados en humillar y ofender la nacionalidad, fariseos de la venezolanidad. Para ellos, la crítica es perfecta, siempre que no sea dirigida en su contra; del mismo modo, cuando el sembrador de cenizas acusa a los demás de ser corrompidos, lo hace interesado en colocarse él como paradigma de las virtudes opuestas.
Nuestro Narciso Supremo actual, Hugo Chávez, con el cierre de RCTV se convierte en el mayor déspota de nuestra accidentada historia.
Es un axioma de la ciencia política que no hay democracia posible, ni república democrática conocida, que no se alimenten de una venturosa y abrumadora variedad de opiniones. En democracia las opiniones se dan como arroz, sobre todo en materia política, que es común para todos; y se parte del hecho de que todas las opiniones son discutibles ya que, si no lo fueran, dejarían de serlo para convertirse en dogmas. Por todo lo anterior, la asunción básica de nuestra propia libertad individual estriba en la posibilidad de recibir elogio o crítica por nuestras opiniones. En democracia, los sujetos no dogmatizan, ordenan, imponen o guardan silencio: discuten, dialogan y debaten y, lo más importante, lo pueden de hacer de igual a igual, sin necesariamente saber a priori cuál será el resultado de dichos intercambios. Por ello, la democracia, en palabras de Fernando Savater, es una “pluralidad de incertidumbres”.
En estos tiempos recios que vive Venezuela, luego de la puñalada trapera a la libertad de expresión que significa el cierre de RCTV, vemos como Chávez ha dado un paso más en su deseo de estatizar el espíritu de los venezolanos. El chavismo, como movimiento no simplemente autoritario, sino una tendencia política que posee cada día más amplia vocación totalitaria, con el golpe a un canal de televisión que, con todos sus defectos, es parte destacada de la memoria y el día a día de todos los venezolanos, intenta mutar la realidad, exiliar a los venezolanos de su propia historia, desarraigarnos de nuestro pasado y mutilar nuestro presente y futuro. La apuesta de Chávez es por la desmemoria y el olvido, necesarios en su proceso de construir ese “hombre nuevo” de la revolución.
La sociedad democrática venezolana ha usado todos los medios legítimos a su alcance –jurídicos, políticos, sociales- ha llegado a todas las instancias posibles, incluso internacionales, pero la voluntad del déspota no ha variado, a pesar de que todas las encuestas demuestran que más de un 80% de los venezolanos –lo cual incluye por supuesto a una buena tajada de chavistas- están en contra de la medida.
Pero para Chávez, siempre más afanoso en ajusticiar que en hacer justicia, la medida va a favor de todo aquello que signifique destruir toda posibilidad de crítica contra su voluntad. Si un hecho esencial del modelo democrático es crear mecanismos que impidan que el poder se extralimite y pierda sus valores plurales, los medios de comunicación son instrumentos fundamentales para lograr la transparencia que implica ese debido control del poder.
El papel de los medios en nuestra democracia no puede ser simplemente informar y entretener, sino una convocatoria permanente a mantener pese a todo, los valores tradicionales de la venezolanidad: solidaridad, igualdad, convivencia, ausencia de odios, paz (somos de los pocos países de la tierra que pasamos el siglo XX sin una sola guerra). Por esa vía, se ayuda a formar ciudadanos, que no simples electores: sujetos portadores del sentido político de la sociedad.
Chávez lleva ocho años acabando con todo eso. Pero quiere ir más allá: si la comunicación democrática es fundamentalmente parlante y verbal, con Chávez los venezolanos avanzamos hacia el silencio despótico.
La decisión de cerrar a RCTV no proviene del Poder, como se entiende en una democracia, sino de la violencia de un déspota que quiere sustituir las Leyes de Todos por la Ley de Uno. El Poder democrático, como nos recuerda Hannah Arendt, es habilidad humana de actuar en concierto, aptitud para el consenso, una acción concertada que genera legitimidad, y como forma de comunicación es radicalmente diferente de toda coerción o violencia. El Poder es esencial para todo gobierno; la violencia no.
Hoy los venezolanos recordamos gracias a Chávez lo dicho por Montesquieu: “la tiranía es la más violenta y menos poderosa de las formas de gobierno.” Chávez ha logrado su objetivo de cerrar RCTV y con ello darle un golpe capital a la libertad de expresión. Entregados y envilecidos los otros dos canales tradicionales privados, Venevisión y Televén, solo queda Globovisión para mostrar al mundo la Venezuela plural; no es extraño que se renueven los ataques en su contra. Sin embargo, lo que se olvida Chávez es que si bien la violencia es capaz de destruir el Poder democrático, es incapaz de crearlo. Chávez se ha quitado lo poco que le quedaba de su ya raída máscara de supuesto demócrata, lo cual no es poca cosa. Con su decisión arbitraria, se produce un cambio sustancial en la percepción internacional del cariz totalitario de su régimen.
La oposición, que más que nunca necesita mantener su empeño de lucha y la fortaleza de ánimo, debe seguirse organizando en torno a la protesta cívica y no violenta. Al gobierno le interesa lo contrario, que se genere un clima de violencia descontrolada para desviar el tema de la defensa de la libertad de expresión y que todo se resuma en un supuesto plan golpista. La oposición debe asumir asimismo que el gobierno espera que corran los días con ansia, para que lleguen pronto los días del circo mediático del fútbol continental, a fines de junio, y con ello desmovilizar la calle y la protesta, aunque sea por un tiempo. Si Hitler disfrutó sus Juegos Olímpicos, Chávez espera beneficiarse de “su” Copa América.
Con la desaparición de RCTV, los venezolanos perdemos un poco de nuestra historia, y un mucho de nuestra posibilidad de disentir; pero por encima de todo y de todos, Chávez, como todo déspota, sembrador de cenizas, ha sido llevado por su ambición y locura a romper con todo rasgo conciudadano. Hugo Chávez Frías, ante el mundo hoy presidente más de hecho que de derecho, ha llegado al punto sin retorno en que su venezolanidad en verdad se ha reducido a cenizas.
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