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FORO PARTICIPATIVO / PARTICIPATIVE FORUM
 
José Prats Sariol
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La Familia Literaria Cubana - 2007/04/03 19:08 Como cualquier otra, en cualquier época o país, la familia literaria cubana no existe. La mentira huele a argucia demagoga, esparce un perfume charlatán, de farsa o simplicidad. Invito a encontrar esa familia en otras expresiones artísticas. Invito a hallar un asidero que aguante el embuste.

No, ni falta que hace. Mucho menos respecto de Cuba en este 2007. La treta — venenosa o cándida— de inmediato remite a sustantivos de metálica banda militar: unanimidad, maridaje, monolito. Los escritores —como otros grupos de artesanos— ni necesitamos ni queremos formar un mogote, un pelotón, una masa.

Tal vez el sentido sea un familión donde hay primos que no se conocen o ni se hablan, hermanos que el trópico o el alcohol condujo a flotar, un tío calavera y otro mala persona, la eterna tía solterona y la lesbiana, gays y machistas leninistas entre los abuelos, solitarios cuñados que no resisten hablar de literatura y mucho menos reunirse con escritores, entenados chismosos o marrulleros, madres talentosas pero fanáticas, padres corruptos entre palabras huecas...

En fin: una familia tan ancha como el Estrecho de Florida y tan ajena como las ruinas del marxismo. Una familia falsa. Ni las palabras nos unen, porque cada cual, a Dios gracias, dice las suyas, inspiradas o dictadas.

¿Hubo acaso una familia literaria cuando José María Heredia regresó a Matanzas en 1836, desgarrado y melancólico, para sólo estar cuatro meses e irse de nuevo y morir aquí en Toluca? ¿Cuántos intelectuales de la época fraternizaron con Plácido, el mulato hijo de la Beneficencia, tras la Conspiración de la Escalera?¿Quiénes se solidarizaron con el fusilamiento de Juan Clemente Zenea, en el mismo paredón donde a sus pies hoy celebran la Feria del Libro? ¿Cuántos de la “hermandad” de escritores cubanos habían leído a José Martí en 1895? ¿No hubo entonces, entre la impoluta comunidad de escritores criollos, desde autonomistas hasta pro anexionistas, es decir, enemigos del credo independentista martiano?

Y en el pasado siglo XX: ¿Cuántos estuvieron de acuerdo en concederle a Bonifacio Byrne el pomposo y subdesarrollado título de Poeta Nacional? ¿Era muy armónica la familia de marras cuando aparece la Revista de Avance en 1927? ¿No había escritores racistas cuando Nicolás Guillén comienza a publicar en “Ideales de una raza”, página —por cierto— de El Diario de la Marina? ¿Quiénes aplaudieron la de nuevo flaca decisión de otorgarle a Agustín Acosta el título regalado décadas antes a Byrne?¿Hubo unanimidad cuando la polémica entre Jorge Mañach y José Lezama Lima en Bohemia (octubre de 1949)? ¿Eran íntimos los militantes del Partido Socialista Popular —Marinello, Carlos Rafael Rodríguez, Portuondo, M. Aguirre...— de Raúl Roa o de Alejo Carpentier?

La enternecedora imagen de confraternidad sufre o de una ignorancia sibilina o de una abismal falta de escrúpulos, o más bien de ambas, como ejemplifica luminosamente el Ministro de Cultura en entrevista al diario La Jornada. Palos de ciegos, ante la impertinente realidad que se les escapa. Un último ejemplo —entre muchos— anterior a 1959: ¿Cuáles de la familia corrieron al Palacio Presidencial el 25 de febrero de 1958, para que el sargento ensangrentado les impusiera la Orden del Mérito Intelectual José María Heredia, a excepción digna de Medardo Vitier? ¿Acaso en aquella vergonzosa farsa no fue José María Chacón y Calvo quien agradeció a Batista la distinción? ¿No fue José Rodríguez Feo, un homosexual —para que los “valientes machos” mediten—, quien desde las páginas de Ciclón denunciara la abyección?

Pero ahora —magia artística que Fouché codiciaría— resulta que los voceros del Poder castrista —y castrense— quieren fabricarnos una entelequia, un irreal estado de apacible armonía letrada que espantaría a los Ángel Rama de hoy, a cualquier estudioso de los circuitos literarios y de sus contextualizaciones económicas, sociales y sobre todo filosóficas.

Del 59 al nuevo siglo sobran los ejemplos —muchos provocan más asco—de que la familia era y es bastante heterodoxa: ¿Qué tan compenetrada anduvo la familia cuando clausuran Lunes de Revolución, o antes, cuando desde sus páginas arremetían contra Orígenes? ¿Cuáles condenaron las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) y las compararon con los gulags de Stalin? ¿Qué tan hermanos fuimos cuando el caso Padilla, desde 1968 hasta principios del 71? ¿Reaccionamos unánimemente cuando el inolvidable discurso de Castro en la clausura del Congreso Nacional de Educación y Cultura, van a hacer 36 añitos orgánicos, de militancia ejercida o sufrida?

Ya en el nuevo milenio: ¿Quiénes de la familia protestaron públicamente, pronto harán 4 años, cuando metieron preso a Raúl Rivero y la Seguridad del Estado amenazó a sus amigos con regalarnos el mismo camino, tras fusilar a tres infelices y condenar a penas máximas, en juicios sumarios, a disidentes pacíficos y periodistas independientes?

¡Ah, la familia! El llamado oficial parece una obra de Samuel Beckett, un homenaje al teatro del absurdo y de la crueldad. En el mismo momento en que se producía la artimaña, nuevos presos políticos reafirmaban a Cuba como el país latinoamericano con más encarcelados de conciencia—283 el 31-1-07—. Coincidiendo con el mañoso clamor hogareño expulsaban a tres periodistas acreditados en el país, ordenaban proseguir con los mítines de repudio frente a las casas de los opositores, y dos escritores miembros de la UNEAC recibían el siempre cariñoso aviso —a través de “palomas mensajeras”— de que no colaboraran inconscientemente con el “enemigo imperialista” .

¿Hay que recordar lo acaecido desde finales del pasado año hasta hoy, a partir del “destape mediático” a tres comisarios de los dulces 70? ¿Cuál honestidad pueden exhibir los amanuenses y empleados, los escritores de la familia que aparentan ignorar el texto clave, que se resisten a estudiar —con razón—. el discurso de Castro? ¿Apenas serán sadomasoquistas, dentro de lo que se llamó “izquierda militante”?

¿Debe estar unida nuestra familia ante párrafos de aquel discurso mucho más específicos, directos y demoledores —aunque ya se iniciaba la tesitura totalitaria— que las cacareadas “Palabras a los intelectuales” en junio de 1961? Sé que hasta un escritor —promotor de talleres— justificó la ausencia de arrepentimiento y el no sacar ahora el “trapo sucio” porque el Señor de las Moscas —el estorbo mayor— está con problemas anales, convaleciente y tan neurótico contra su vejez como cuando cayó su querida Unión Soviética.

Aquel 30 de abril de 1971, Castro vociferó: “Unas minorías privilegiadas escribiendo cuestiones de las cuales no se derivaba ninguna utilidad, expresiones de decadencia. (...), como se acordó por el Congreso, ¿concursitos aquí para venir a hacer el papel de jueces? ¡No! ¡Para hacer el papel de jueces hay que ser aquí revolucionarios de verdad, intelectuales de verdad, combatientes de verdad! Y para volver a recibir un premio, en concurso nacional o internacional, tiene que ser revolucionario de verdad, escritor de verdad, poeta de verdad, revolucionario de verdad. Eso está claro. Y más claro que el agua. Y las revistas y concursos, no aptos para farsantes. Y tendrán cabida los escritores revolucionarios, esos que desde París ellos desprecian, porque los miran como unos aprendices, como unos pobrecitos y unos infelices que no tienen fama internacional. Y esos señores buscan la fama, aunque sea la peor fama; pero siempre tratan, desde luego, si fuera posible, la mejor. Tendrán cabida ahora aquí, y sin contemplación de ninguna clase, ni vacilaciones, ni medias tintas, ni paños calientes, tendrán cabida únicamente los revolucionarios”.

Por si fuera poca la carga de fanatismo sectario, de totalitarismo excluyente y anticultura, la soberbia de Castro —junto a la astucia de querer enemistar a los maestros con los intelectuales— afirma más adelante: “Hay un grupito que ha monopolizado el título de intelectuales (...) Ustedes no trabajan con la inteligencia. Según ese criterio los educadores no son intelectuales. Pero también ha habido una cierta inhibición por parte de los verdaderos intelectuales, que han dejado en manos de un grupito de hechiceros los problemas de la cultura. Esos son como los hechiceros de las tribus en las épocas primitivas, en que aquellos tenían tratos con Dios, con el Diablo también, y además curaban, conocían las hierbas que curaban, las recetas, las oraciones, las mímicas que curaban. Y ese fenómeno todavía en medio de nuestro primitivismo se produce. Un grupito de hechiceros que son los que conocen las artes y las mañas de la cultura (...) Y por eso se ha planteado que nosotros en el campo de la cultura tenemos que promover ampliamente la participación de las masas y que la creación cultural sea obra de las masas” (Sic.).

¿Cuál familiar —entre los aún filotiránicos— en la reciente tómbola de correos electrónicos, declaraciones y conferencia, ha citado el discurso? Silencio total, tan total como el miedo que inspiró la reaparición de los pavones, reacción sólo posible en una sociedad represiva, llena hasta el tope de sospechas, de viejos pánicos —como denunciara el sin par talento dramático de Virgilio Piñera, causa también del ostracismo oficial de que fuera víctima hasta su muerte.

¿Entonces? ¿Dónde está la familia? Claro que entre nosotros hay grupos —como en el Londres de Virginia Woolf o en la Atenas de Eurípides— , lo que no abunda mucho es el espíritu gremial, la dignidad y el decoro, mucho menos La soledad del corredor de fondo. Y la afirmación aquí incluye a las mal llamadas “dos orillas”.

Mientras algunos escritores cubanos —dentro o fuera del caldero— se empeñan en disfrazarse de Madre Teresa de Calcuta, los indicios avizoran que los lobos se disfrazan de abuelitas. Lamento no compartir el optimismo de algunos analistas, apoyarme en el viejo refrán: “Perro huevero, aunque le quemen el hocico”. Raúl Castro y su círculo de poder —hermanísimo en postrimería incluido— son de esa raza.

Jamás se me ocurriría abrazarme al General de Cuerpo de Ejército, porque cualquier edulcorante mantiene el amargor de medio siglo. Sería candoroso suponer un acto de contrición. Los cosmetólogos se burlan de los afeites, sea en la Corporación Gaviota (empresa turística del MINFAR) o en la inauguración de la Feria del Libro en una tétrica galería que aún huele a presos políticos.

Otros son los perros que aún no ladran pero mueven el rabo entre la oficialidad intermedia del MINFAR y el MININT, en el Partido y en la administración del Estado. La abrumadora mayoría rondan los cuarenta años, aunque los hay un poco más viejos, hijos de los ancianos guerrilleros. Entre ellos parece estar la expectativa de cambio, la transición irreversible. Allí sí están los que aman la libertad de expresión: la más poderosa zona de nuestra literatura.

Los perros hueveros por supuesto que lo saben muy bien. El nombramiento de Ramiro Valdés en el estratégico Ministerio de la Informática y las Comunicaciones, ejemplifica la táctica. Ningún puesto decisivo lo ocupa algún partidario de mutaciones estructurales en el sistema. El remozamiento del Secretariado del Partido añadió el pasado año otra cerradura, mientras el látigo y la zanahoria siguen amamantando a muchos de la ciudad letrada, incluyendo algún que otro cubano-sueco.

Informaciones de inteligencia —radio bemba y demás— aseguran nuevos mecanismos de control, de inspección y monitoreo corto. Horita hasta la compra de papel sanitario puede ser una “información restringida”, pues podría calcularse cuántos oficiales laboran en Línea y A, en el viejo rascacielos del MINFAR o en el Palacio de la Revolución, donde está una de las personales clínicas de cuidados intensivos del Patriarca.

El Departamento de Seguridad del Estado acaba de recibir nueva técnica (computadoras, equipos, autos, motocicletas...). Su sede oficial de Villa Maristas, en el reparto El Sevillano —sabemos de las decenas enmascaradas—, restaura las instalaciones, basta doblar por la calle Finlay para ver que no se escatima. No pueden escatimar: saben que les va el Poder. Pero al parecer tales evidencias de que el totalitarismo continúa son tan extrañas, a los que abogan por la familia de escritores, como la lectura de Orhan Pamuk o el descubrimiento de que cierto novelista habanero lleva décadas —dentro y fuera del país— trabajando para los servicios de inteligencia del régimen.

Mientras los presos de conciencia comen y sobreviven en peores condiciones que los talibanes en la base de Guantánamo, mientras la disidencia interna es infiltrada para deshacerla o desprestigiarla, mientras se persiguen las antenas parabólicas y se restringe aún más el acceso a Internet con sofisticados candados electrónicos..., el Bar Esperanza sigue abierto. Es inevitable: la desesperación fabrica espejismos, dentro y fuera del archipiélago exhausto. ¿Sabrán los tan familiares escritores —obra artística aparte— que ven visiones dignas de Durero o de Goya?

No hay ningún indicio de cambios bajo el interinato. Más de lo mismo. Tres argumentos: la dirección centralizada le resta más y más al escaso poder que tenían las provincias, lo mismo sucede con las empresas estatales y mixtas de nivel nacional; los ministerios sufren ahora un severo control “ideológico” desde el Comité Central, instrumentado antes de la “desaparición” del Jefe y puesto en marcha durante el segundo semestre del 2006; la inversión extranjera —menos en sectores estratégicos: níquel, petróleo y turismo— se ha reducido, junto a severas medidas contra pequeños campesinos —menos tabacaleros—, trabajadores por cuenta propia y cooperativas.

Pero la familia literaria cubana es un acto de amor. Tan amoroso que poco repara —alguna vez les volverán a dar visa— en que al espejismo sobre los hueveros se añade la “generosa” ayuda del embargo y demás medidas entrometidas de la administración estadounidense, quizás hoy más altaneras y mediocres que las acumuladas desde el segundo mandato presidencial del general Dwight Eisenhover.

¿Razonan los escritores proclives a la familia que si un factor externo ayuda a la inmovilidad —junto al chavismo venezolano embarrado de petróleo— es el “paquete” para una “transición” cerrado en Washington por la miopía anacrónica? Quizás, pero la lectura de las recientes conferencias analgésicas en la Casa de las Américas no permiten la suposición. Ni siquiera en la dictada por un excelente crítico de narrativa, cuya perspicacia y agudeza parecen terminar en la narrativa.

¿Será que los propensos a la familia prevén un cambio y no quieren decir que la actual presidencia estadounidense es sorda y miope? ¿Por qué no condenan que el sector más troglodita de los yanquis espera un milagro, o una guerra civil, o que todo siga igual y así se evite un éxodo masivo —puntual chantaje de los perros hueveros— y la obligación de ayudar a la Cuba de la transición?

¿Ha dicho alguno que el despiece del espejismo también tiene como valor agregado la suposición de que los Estados Unidos hacen lo mejor para Cuba y no lo más conveniente para ellos? Ni siquiera hablan de que la generosidad demostrada con nuestros exiliados —consustancial a ese formidable pueblo de emigrantes y pluralismos—, contrasta con una política confrontativa: la que necesitan los hermanos Castro y sus secuaces.

Desde esta realidad en el 2007, da hasta risa leer que algunos intelectuales discursearon en la Feria del Libro acerca de la familia literaria cubana. Mencionar a tres o cuatro escritores prohibidos por la tiranía —todos ya fallecidos—, no otorga ni un suspiro hogareño a las ergástulas. ¿Se creerá muy valiente ese familiar tras su inocua mención?

Una vez Miguel Barnet me contó que en una recepción en París Reinaldo Arenas le bañó la cara con el trago. Merecido homenaje al sainete de una familia literaria cubana. Pero debo estar equivocado, debo olvidar cuando el editor de narrativa de Ediciones Unión en 1989 —Reinaldo González— me informó que mi novela Mariel había sido vetada por órdenes de arriba, aunque me señaló hacia enfrente, es decir, hacia la oficina del Presidente de la UNEAC en esa fecha, hoy Ministro de Cultura, ya considerado el mejor censor en la historia del país.

¿Resentimiento contra la familia? ¿Por qué no? El diccionario dice de resentido: “Víctima de maltrato”. Nada más propio de la tal familia que un agravio, llevamos siglos en el asunto. Y nada indica que desaparecerán totalmente en una Cuba democrática, pero entonces —no tan tarde como sueñan algunos— no habrá el miedo de hoy, hijo de un sistema que mezcló caudillismo y comunismo para sobrepasar los horrores de la república y del colonialismo, para aherrojar cualquier acto creativo en nombre de una utopía perversa.

Entonces la familia —sin cursivas irónicas— literaria cubana, tan disímil como siempre, no desechará a ninguno de sus miembros, no aplastará al otro porque piensa diferente o tiene sexo con una pareja de su mismo sexo, no discriminará a los que no viven donde nacieron... Entonces —sin visiones idílicas, siempre tontas— sí podremos hablar sin bozales —sin miedo del Poder a la mordida— sobre el bien de la patria, la libertad de cada individuo, los derechos humanos, la dignidad...

Las posibilidades de una reconciliación —similar a las acaecidas en el antiguo “campo socialista” europeo— sobre bases liberales, pluralistas, son las únicas que permitirán hablar sin hipocresía sobre la familia de escritores, porque el miedo al Estado-Partido quedará como una novela de Kafka, como una deshonra a cada uno y a lo que llamamos nación cubana.

Hasta entonces — de súbito o progresivamente— parece ridículo estarle arañando a los buitres una ramita de olivo. El miedo no escapa por el inodoro. La indiferencia tampoco. El perdonarnos y mirar hacia delante exigen ese diminuto detalle previo: un país democrático.
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