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FORO PARTICIPATIVO / PARTICIPATIVE FORUM
 
Gerardo E. Martínez-Solanas
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Posts: 323
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El Reto del Iraq - 2007/02/12 17:28 Las decisiones del Presidente Bush y su equipo de invadir el Iraq y derrocar al dictador Saddam Hussein estuvieron plagadas de errores políticos y estratégicos, con consecuencias desastrosas, tanto para el mundo libre y democrático como para los tres grandes grupos religiosos que disputan el entorno geográfico de ese país inventado por intereses coloniales hace casi un siglo.

Fue inventado por los británicos cuando le arrebataron al Imperio Otomano sus tres provincias mesopotámicas, hasta entonces administradas desde Bagdad, Basora y Kirkuk respectivamente. Los británicos optaron por gobernar esos tres territorios con el apoyo de la minoría sunita desde Bagdad. La independencia sencillamente consolidó esa situación de dependencia y sometimiento de los otros dos grupos nacionales al nuevo poder central.

Estas dos realidades están separadas por medio siglo de políticas y decisiones equivocadas en la región. Los errores de Bush y de su equipo, en particular de su Secretario de Defensa Runsfeld, vistos con la debida perspectiva histórica, no son más que la consecuencia directa de los disparates cometidos por algunos de sus predecesores. También de la arrogancia malsana y cruel que condujo al dictador iraquí a su autodestrucción.

Esta guerra mal definida, mal comprendida y peor realizada ha provocado una polarización extrema de la opinión pública, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo, que provoca el enfrentamiento y la división en el mundo libre y debilita su determinación de defender sus principios y convicciones.

Esta polarización tergiversa los motivos de Saddam y la enorme amenaza que dictadores como él representan para el mundo. Los deseos expansionistas de Saddam, sus sueños de gloria y su ambición de convertirse en el abanderado de la causa hegemonista islámica, parecen borrarse lamentablemente de la memoria colectiva.

Los hechos no mienten. Están en la historia reciente. Saddam es el agresor en la guerra con Irán y en la invasión y ocupación de Kuwait, confiado en victorias fáciles y ambicionando la hegemonía militar, política y petrolera que estas aventuras le otorgarían. Tales agresiones se vieron limitadas, no tanto por la inesperada capacidad militar del Irán o por el poderío de las democracias occidentales, sino porque Saddam fracasó en su empeño de acumular un arsenal con capacidad suficiente de destrucción en masa.

Pero no porque no lo intentara.

Su capacidad de fabricar armas químicas y su determinación de usarlas quedaron demostradas por los actos de genocidio cometidos contra los kurdos en diversas matanzas y por su reiterada utilización en la guerra contra Irán.

Sus intentos de hacerse de un arsenal nuclear se remontan por 20 años. El primer programa nuclear fue decisivamente destruido por un sorpresivo y certero bombardeo israelí en 1981. El segundo toma impulso a raíz de la primera Guerra del Golfo. La firma de la paz le impuso entonces una obligación de permitir que inspectores de las Naciones Unidas visitaran minuciosamente sus instalaciones militares y fábricas para comprobar que esas armas, sus prototipos y los sistemas para su fabricación habían sido destruidos. Mientras los inspectores no certificaran que esas condiciones se habían cumplido, se aplicaría un riguroso embargo internacional y se limitarían los movimientos de tropas y aviones en amplias zonas al Norte y al Sur del país.

La arrogancia de Saddam le hizo creer que era más astuto que Maquiavelo y que podría manipular a la comunidad internacional a su antojo hasta salirse con la suya por cansancio de la voluntad política de quienes no creía capaces de continuar indefinidamente con ese juego. Ese juego se prolongó durante toda la Presidencia de Clinton, mientras Saddam iba ganando terreno gradualmente ante la indecisión occidental y la ausencia de objetivos definidos en la política norteamericana en Iraq.

Clinton nunca elaboró una política para enfrenar el vacío de poder que produciría la caída de Hussein y por lo tanto se limitó a esporádicos bombardeos que, además, coincidían extrañamente con el estallido de problemas domésticos. Esto envalentonó al tirano. El General Tony Zinni era entonces uno de sus principales asesores, como Comandante Jefe del CENTCOM y repetidamente le recomendó preparar al país con un plan de contingencia para llenar el vacío de poder en el momento en que cesara la tiranía. Su plan fue conocido como “Dessert Crossing”, pero Clinton y sus asesores optaron por no escucharlo y lo archivaron.

Este plan y las circunstancias que lo motivaron no pasaron a manos del Presidente Bush, quien se enfrentó a los hechos del 9/11 apenas poco después de su accesión a la Presidencia sin contar con un plan definido para esa región. Saddam creyó llegada su hora y aprovechó la reacción norteamericana contra el talibán y la subsecuente invasión del Afganistán para romper sus compromisos con las Naciones Unidas y eventualmente expulsar sin miramientos a los inspectores que debían certificar el compromiso contraído de no fabricar armas de destrucción en masa.

La reacción norteamericana contra Saddam no se hizo esperar y Bush organizó con apresuramiento una coalición de 38 países para invadir a Iraq. La acción militar fue tácticamente impecable pero cayó en los mismos errores que el General Zinni había pronosticado años antes sin que nadie le prestara atención. El vacío de poder se produjo por el tiempo suficiente para crear la situación caótica y de fragmentación irreconciliable que subsiste todavía en gran medida hasta nuestros días.

Esta situación irreconciliable sólo deja abiertas dos puertas: una es la retirada de las fuerzas de ocupación con la consiguiente guerra civil que provocaría la intervención de otros países, unos a favor de los sunitas y otros a favor de los shiítas, con gravísimas consecuencias para todo el Oriente Medio; la otra es la fragmentación del Iraq a lo largo de las fronteras étnicos-religiosas que ya lo separan, al estilo de la solución alcanzada en los Balcanes con la desintegración de Yugoslavia en diversos países ahora independiente y en paz, como son Bosnia, Croacia, Montenegro, Eslovenia, Serbia y Macedonia.
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