Miguel Saludes
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Las consecuencias de disentir en la Isla de la Libertad - 2006/12/04 14:27
Las consecuencias de disentir en la Isla de la Libertad.
Por Miguel Saludes.
El llamamiento lanzado desde la prisión por Jorge Luis Pérez “Antunez” pidiendo la no cooperación con la dictadura ha repercutido profundamente en el exilio. Y es que el valor de este hombre, a punto de extinguir su condena tras largo tiempo en prisión, al hacer una proclamación de desobediencia civil de esa envergadura desde la misma cárcel es un gesto excepcional en estos días. No cooperar con la dictadura supone enfrentarse a cara descubierta con el sistema vigente en la Isla. Las consecuencias de tal actitud están reflejadas en aquella frase pronunciada por Fidel Castro en uno de sus discursos y que durante años vimos alumbrase en lo alto de un céntrico edificio de la capital. Es mejor dejar de ser, que dejar de ser revolucionario proclamaba que negarse a formar parte del proceso político en marcha era como dejar de ser persona. Para el gobierno totalitario los opositores no son personas normales y como tal son tratados.
La primera medida que sufre el disidente en Cuba es la remoción del puesto de labor o estudio. Ser declarado no confiable es un indicativo más que suficiente para no conseguir empleo en ninguna parte. Si al final resuelve ese obstáculo no tardarán en aparecer las fuerzas del orden político encargadas de aclarar el tipo de persona a la que se ha dado cabida en el centro. Las puertas de la calle no tardarán en cerrarse nuevamente a sus espaldas. No son raros los casos en que el expediente laboral, documento imprescindible para solicitar trabajo, queda confiscado por la Seguridad del Estado que lo guarda con celo o simplemente lo desaparece. De esa manera comienza la configuración del hombre sin estatus. Tampoco podrá sacar licencia para trabajar por cuenta propia. Mucho menos hacerlo por la izquierda, pues está en peligro de ir a la prisión por delinquir. Si a pesar de todas estas inconveniencias el disidente se resiste y continúa en el empeño, las consecuencias no tardan en reflejarse en su hogar. Unos hombres de civil visitarán a la esposa, esposo, padres o hermanos, en la casa o incluso en el centro de trabajo. Un paseo involuntario en Lada hasta una residencia apartada en la ciudad y una conversación cargada de presagios funestos sobre el futuro son suficientes para desatar el terror dentro de la familia. A muchos les falla la psiquis y comienzan a sentir extraños padecimientos digestivos. Es duro ver extinguirse a seres queridos con el sufrimiento del miedo reflejado en el rostro y la salud quebrantada, todo por asumir de manera personal una actitud honesta y cívica. Es muy fuerte verse abrazado por un hijo que suplicando, en medio del llanto, pide que no hagas más nada, que te salgas del juego. Todavía es más triste explicarle que no puedes complacer su pedido. Duele saber que ellos también están a merced del implacable y omnipresente poder estatal. Un disidente prácticamente queda sin amigos. Los pocos que se atreven a seguir en contacto con él también llegan a sentir sobre ellos el rencor del totalitarismo. Muchos que hasta ayer juraban ser fieles en la amistad, ahora voltean la cara para evitar tener que saludar al problemático conocido. Esto no sucede por gusto. El mejor amigo, ese de los que no abundan pero existen, quedó sin trabajo solamente por seguir visitando al disidente y recibirlo en la suya. Sin serlo, él pasó a las filas de los enemigos del poder.
Si el opositor recibe ayuda externa es declarado mercenario. El resto de la población puede recibir paquetes, visitas que dejan regalos o hacer uso de las tarjetas Transcard, negocio asentado en Canadá tras el cual se esconde el rostro oficial Pero para el transgresor ideológico la posesión de una de esas tarjetas puede ser la prueba fatal presentada ante un juicio para demostrar que por conspirar contra el gobierno recibe una paga. Tal vez los dólares han sido enviados por familiares, pago por artículos o fotos enviadas a una página de Internet o simplemente como apoyo solidario para que él pueda seguir viviendo en medio de tanta hostilidad. Pero todo ello queda anulado por el velo que interpone la censura. Las casas de los disidentes por lo general son fáciles de reconocer. Muchas son las peores del vecindario, con las fachadas despintadas y mal amuebladas. Tales son las moradas de Roberto de Miaranda o de María Valdés Rosado, a punto de derrumbarse la de esta última. Saber si el primero está en casa es fácil de comprobar. Basta con mirar a través de los espacios vacíos de las persianas faltantes. Incluso aquellas v viviendas que resultan confortables, denotan el oficio duro en el que se han enfrascado su morador. El estado de los muebles y las pocas pertenencias existentes demuestran lo mal que anda la economía de los que allí habitan.
Al final no es raro que pasado un tiempo en esta brega la decisión del disidente sea la de abandonar el país. A veces hasta esta solución es obstaculizada por la policía política a la que no le conforma el hecho de que este ciudadano se vaya limpiamente sin purgar la osadía de revelarse contra su dominio. Los trámites migratorios se alargan, los documentos no se entregan a tiempo. Otras veces se abre el expediente para una condena virtual que puede hacerse real. El ansia de venganza se cumple entonces a través del encierro, castigo que se lleva hasta las últimas consecuencias. ¿Cómo es eso de que después de tantos problemas causados te vas a ir tan tranquilo a disfrutar en el Norte? Es increíble que tal cuestionamiento sea lanzado por los mismos que guardan la bonanza del Paraíso. El disidente no tiene vida privada. Cualquier problema individual, comportamiento o situación personal es debidamente archivada, controlada y tenida en cuenta para ser utilizada en su contra. La infidelidad de la pareja, los problemas de los hijos, preferencias sexuales, discusiones hogareñas, discrepancias con otros miembros de la familia, y tantas más, son armas que se vuelven contra el disidente para destruirle o doblegarle. Casos han existido en que se han propiciado rupturas matrimoniales con crisis creadas con este fin. Para ello se hace un estudio de la personalidad de la pareja y si existe algún punto débil se buscará la manera introducir el elemento conflictivo.
Problemas de todo tipo, miserias económicas y humanas, miedos, desamparo, acoso y marginación, son las condiciones que acompañan en Cuba a quien se atreve a alzar la voz contra el régimen imperante, el paso que precede a la no cooperación. Es bueno que se repita hasta el cansancio cuando en algunos círculos ajenos a la problemática cubana, se lanzan miradas desdeñosas sobre la oposición interna de la Isla. En estos corrillos resulta indiferente el sufrimiento de los disidentes y el reclamo que estos hacen de libertades cívicas para la sociedad cubana.
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