Gerardo E. Martínez-Solanas
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Democracia: Paradigma del Progreso - 2006/12/02 12:47
Algunos de los nuevos mandatarios electos de América Latina han alcanzado el poder con una idea fija: tomar medidas drásticas encaminadas a controlar el país. Chávez en Venezuela, Morales en Bolivia y Correa en Ecuador se aprestan desde el primer día a convocar Asambleas para redactar Constituciones a la medida del gobernante, aplicando retroactivamente sus disposiciones a su beneficio, pese a que sus mandatos fueron otorgados por la Constitución derogada y se deben a ella. El gobernante que propugna la reforma constitucional se aprovecha así de los cambios, en lugar de aplicarlos al mandato de sus sucesores, como sería jurídicamente correcto. Es decir, utiliza un astuto pero ilegítimo manejo democrático para perpetuarse en el poder.
The Economist acaba de publicar un Indice de la Democracia en el mundo que ha provocado una reacción francamente pesimista de los medios. Se han concentrado en destacar que en este formidable estudio sólo 28 de 167 países evaluados son “democracias plenas”, mientras que 54 más son “deficientes” o “defectuosas”, lo cual implica que más de la mitad restante no goza de la democracia. Entre los países latinoamericanos que he mencionado en el primer párrafo, Bolivia ocupa el último puesto de la lista de “democracias deficientes”, apenas a un paso de los que son calificados como “híbridos” por sus tendencias autoritarias y ligeramente por encima de Venezuela y Ecuador, catalogados entre esos regímenes no democráticos.
Más optimista fue un estudio publicado en 2004 por un equipo editorial de la Dorling Kindersley, de Londres, que encuentra que el sistema democrático se aplica en 141 de los 193 países estudiados. Un examen minucioso del estudio revela también las grandes deficiencias de la mayoría de esos países en la práctica, incluyendo casos extremos, como Haití, Congo y Kyrgyzstán, por señalar a tres de los más dudosos entre los calificados con cualidades democráticas.
Pero hasta esos casos más negativos son motivo de grandes esperanza y optimismo porque demuestran que el patrón actual de nuestra civilización es la democracia. El paradigma del progreso y el bienestar no es otro que el proceso democrático que lo facilita, como lo demostró genialmente el Premio Nobel de Economía 1998, Amartya Sen, en su obra titulada “Development as Freedom”. Por lo tanto, las deficiencias, la corrupción y el caudillismo que impera en esos países con democracias tan incipientes y deficientes no logra ahogar las aspiraciones de esos pueblos que ensayan denodadamente métodos democráticos para salir adelante.
En todos esos países democráticos del estudio de Londres y en los que reconoce The Economist, incluyendo algunos de los calificados de “híbridos” o “autoritarios”, se permite la diversidad de partidos políticos, se convoca a elecciones periódicas, hay brotes de libertad de prensa y de libertades de reunión y asociación y se debilitan gradualmente tendencias absolutistas, dictatoriales, feudales o totalitarias. Hoy día son pocos los países donde no medran este tipo de condiciones favorables para el desarrollo ulterior de la democracia, aunque su práctica nos parezca todavía muy elemental e ineficaz en muchos de ellos.
Efectivamente, si comparamos el Haití, el Congo y el Kyrgyzstán de hoy con la miseria oscurantista que los avasallaba hace 50 años, observaremos una asombrosa mejoría. Lo mismo ocurre en Iberoamérica, aunque los medios de comunicación se empeñan en proyectarla abrumada por una regresión al caudillismo opresivo y dictatorial. De hecho, las esperanzas de los años 90 no están cristalizando aún y se experimentan lamentables altibajos que son una verdadera regresión de lo que entonces parecía lograrse. Pero comparemos también nuestro continente con el panorama que ofrecía hace 50 años y reconoceremos el triunfo vacilante, pero real, de la democracia.
Por otra parte, es muy difícil aceptar que el minucioso estudio de The Economist no haya calificado a Chile, Italia y la India, entre otros menos prominentes, en su lista de “democracias plenas”. Las frías matemáticas desvirtúan a veces estos índices en contraste con la realidad. De todos modos, cabe señalar que los países más democráticos de Iberoamérica, según este índice, son Costa Rica, Uruguay y Chile, una apreciación con la que todos podemos coincidir. En el extremo opuesto y bien abajo en la lista, Cuba es el menos democrático de América Latina.
En resumen, ambos estudios coinciden en la mayoría de los países que van a la zaga de la humanidad. En ese abismo insondable de atraso, abuso, arbitrariedad y tiranía, encontramos a Corea del Norte, Myanmar, Libia, Uzbekistán, Arabia Saudita, Eritrea, Siria, Angola, Vietnam, Irán, China, Yemen, Nepal y Cuba, compartiendo con otros por el estilo el fondo de la lista de regímenes autoritarios. Arabia Saudita y China obtienen calificaciones discutibles por el aparente desarrollo de sus economías, pero la realidad siniestra y opresiva sigue presente.
Encabezan el índice democrático los países más avanzados, confirmando la teoría de Amartya Sen. Esos que se han convertido indiscutiblemente en la meca de los inmigrantes. Esos que son paradigma democrático del progreso.
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