Gerardo E. Martínez-Solanas
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¿Neoliberalismo, capitalismo salvaje o laissez faire? - 2008/10/13 12:39
El "capitalismo salvaje" es la consecuencia del laissez faire y de su secuela de corrupción y no de las teorías del liberalismo y del ahora calificado "neoliberalismo". Ese denominado "capitalismo" es precisamente "salvaje" porque el Estado no cumple su función protectora de la sociedad que dirige. No obstante, las nuevas doctrinas liberales que se desarrollaron durante la segunda mitad del siglo XX, hacen referencia a políticas macroeconómicas que consideran contraproducente el excesivo intervencionismo estatal en materia social o en la economía por las distorsiones nocivas para el desarrollo que provoca. Además, defiende el libre mercado capitalista y el libre comercio como garantes idóneos del equilibrio institucional y el crecimiento económico de un país, salvo ante la presencia de las denominadas fallas del mercado, que tienden a hacerse crónicas si el Estado no interviene a tiempo para remediarlas. Se suele considerar, erradamente, como una reaparición del liberalismo decimonónico, sin embargo, al contrario de éste, no rechaza totalmente el intervencionismo estatal sino que lo promueve cuando se producen distorsiones y abusos.
Alberto pone el dedo en la llaga en su aporte a este FORO, titulado "La avaricia salvaje del capitalismo", cuando señala que el capitalismo salvaje ha provocado el derrumbe económico de la economía global por el engaño financiero sin escrúpulos. Por cierto, un "engaño" en el que muchos "engañados" entraron a propósito. Un engaño que se puede sintetizar en la clásica estafa de la pirámide. En ésta, un grupo de "inversionistas" invitaban a otros inversionistas a participar en la "empresa" prometiéndoles altos dividendos. Algunos llegaban a prometer la duplicación del capital invertido en un año o menos. Así era, en efecto, al menos al principio. Los nuevos inversionistas veían jugosos dividendos vertirse en sus cuentas bancarias. Esas "ganancias" eran extraídas del capital de los nuevos inversionistas que ingresaban al esquema. El éxito de los primeros tentaba a los segundos, a los terceros y a los cuartos ... etc. Hasta que, finalmente, se agotaba el número de incautos. Entonces, la pirámide se iba estrechando inexorablemente y los "inversionistas" originarios de la estafa acababan por desaparecer con el capital acumulado a costa de la mayoría de esos incautos. Curiosamente, en este tipo de estafas, algunos de los "estafados" (los primeros) salían también con pingües ganancias.
Eso, ni más ni menos ocurrió durante años en el mercado de bienes inmuebles. Las políticas permisiva de los gobiernos (laissez faire) permitieron a bancos y otras instituciones hipotecarias y financieras, prestar sin base en el capital ni en los ingresos de los compradores, con la tentadora promesa de que los bienes raíces "siempre suben de precio" y que el "boom económico" permitía enriquecerse a quienes no tenían capital alguno para invertir. Bastaba con endeudarse para comprar barato y vender caro. La deuda se esfumaba con el dinero fácil de la especulación. Es la misma especulación, aunque a otro nivel más alto, que se produjo durante años con los precios del crudo y sus productos derivados (gasolina, plásticos, etc., etc.). En esta especulación entraban los grandes fondos de inversión, los enormes capitales de las cajas de pensiones, los fondos mutualistas (mutual funds), etc., etc., colocando cuantiosas sumas en contratos futuros que anticipaban precios cada vez más exponencialmente mayores. El gobierno aplaudía porque los índices de ese "crecimiento económico" artificial aumentaban notablemente y daban una sensación de bonanza generalizada. Esta "bonanza" permitió a la Administración del Presidente Bush una desbocada espiral ascendente de gastos presupuestarios, dando la apariencia de que el derroche no afectaba los fundamentos económicos sino que estimulaban el "crecimiento".
Ambos globos de especulación han estallado al mismo tiempo, como era de esperarse. Pero esto podía pronosticarse desde hace 10 años. Lo que no podía pronosticarse era cuándo. Quienes han provocado esto, gobernantes y altos ejecutivos -todos los que estaban en el "inside"- se han ido retirando a tiempo del teatro de la inminente tragedia económica mundial, tal y como lo haría cualquier estafador del esquema de la pirámide.
Es fundamental, por justicia y como prevención de reincidencia futura, que se obligue a los causantes a responder por su responsabilidad en estos esquemas y a que no puedan guardarse las ganancias mal habidas. Es más, que se les trate como estafadores comunes y se les juzgue.
Desde la perspectiva política, pueden buscarse las fuentes y responsabilidades de esta crisis desde la política populista del Presidente Carter, que facilitó una ley aprobada por el Congreso en 1977 y conocida como Community Reinvestment Act (CRA), por la cual se exigía a las instituciones bancarias y crediticias que ofrecieran créditos a la población más pobre para adquirir propiedades inmuebles y abrir pequeños negocios. La ley obligaba a los prestamistas a no establecer distinciones basadas en la capacidad financiera o en la localidad del solicitante.
Las fuertes críticas de sus opositores por su efecto distorsionador sobre el mercado crediticio no fueron tenidas en cuenta y la falta de respaldo adecuado abrió el camino a prácticas de alto riesgo que permitieron una creciente especulación posterior en estos mercados. Además, aumentaron considerablemente la demanda y, por consiguiente, impulsaron una incipiente alza inflacionaria de los precios. Phil Graham, quien entonces presidía la Comisión de Asuntos Bancarios del Senado, advirtió que se estaba creando un enorme "sistema de extorsión contra los bancos". Efectivamente, con el transcurso de los años las instituciones crediticias llegaron a comprometer más de 900 mil millones de dólares en hipotecas para personas de bajos ingresos y en un derroche de "proyectos" inmobiliarios en zonas deprimidas que acabaron en su mayoría dilapidados.
Años antes, Franklyn Delano Roosevelt, como parte de su política conocida como el "New Deal", había creado en 1938 una agencia que hasta nuestros días se ha conocido como Fannie Mae. No obstante, durante la Presidencia de Lyndon Johnson, se transformó en una corporación privada para marginarla de los renglones del presupuesto y sustraerla en gran medida del control congresional. Se convirtió en un "publicly traded government sponsored corporation" a partir de 1968; es decir, en una empresa subsidiada por el gobierno, autorizada a hacer y/o a garantizar préstamos hipotecarios.
Poco tiempo después, la mayoría Demócrata del Congreso impulsó y aprobó la Emergency Home Finance Act de 1970, que efectivamente creaba otra corporación privada auspiciada y subsidiada por el Poder Legislativo, la cual es conocida hasta nuestros días como Freddie Mac. Su propósito manifiesto era expandir el mercado hipotecario secundario y multiplicar así considerablemente la oferta monetaria circulante (money supply).
Con estos antecedentes, es notable que el gobierno de Clinton haya nombrado Director de la Oficina de Administración y Presupuesto a Franklin Raines y que contara entre sus asesores de confianza a James Johnson, respectivamente presidente y director ejecutivo de Fannie Mae. Es notable porque se sirvió de ellos para presionar a ambas instituciones hipotecarias hasta conseguir normas que les permitieran otorgar créditos de alto riesgo (sub-prime) a muchos que de otra forma nunca calificarían. El pretexto populista fue impulsar la propiedad de bienes raíces a favor de las minorías. También es notable que, por añadidura, estos dos personajes fueran asesores recientes de la campaña presidencial Demócrata. Empero, Barak Obama se deshizo rápidamente de este lastre tan pronto salieron a relucir algunas interioridades del actual desastre.
Como vemos, las políticas populistas favorecieron y facilitaron en gran medida la labor nefasta de quienes se dedicaron a inflar el globo hipotecario y petrolero. La política de "ayudar a los pobres" se convirtió así en un esquema de dinero fácil y créditos riesgosos que han provocado esta crisis. Tanto gobernantes como gobernados olvidaron esa máxima tan precisa que afirma que "There is no such thing as a free lunch".
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