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FORO PARTICIPATIVO / PARTICIPATIVE FORUM
 
Gerardo E. Martínez-Solanas
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Posts: 315
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Torpeza política agrava crisis financiera en EEUU - 2008/09/30 12:36 Las medidas de rescate financiero de la crisis hipotecaria y bancaria en Estados Unidos (EEUU) propuestas por el Secretario Paulson y el Presidente de la Reserva Federal Bernanke (el Trouble Asset Relief Program, vulgarmente identificado como un bail-out)), implicaban una inversión de 700 mil millones de dólares en la compra de valores hipotecarios de alto riesgo. La iniciativa prevé financiar esta inversión con una emisión de bonos por igual valor. Aunque el rescate que cuantifica la gravedad de la crisis alcanzaba la notable cifra del 5,8% del producto interno bruto (PIB), distaba de acercarse a una catástrofe económica semejante a la del Japón en 1997, del orden del 24% del PIB, o la de México en 1994, del orden del 19,3% del PIB.

Si bien hay que reconocer que las autoridades ignoraron negligentemente los nubarrones de la crisis por demasiado tiempo, las medidas de rescate propuestas no implicaban ni implican una grave carga para el futuro económico del país. Por el contrario, podían interpretarse como una inversión saludable en aprovechamiento del reducido costo actual de estos valores, los cuales el Estado interventor podría vender con grandes utilidades cuando los mercados de bienes raíces se estabilizaran y tomaran impulso.

Desde 2003, y más recientemente, cuando afirmaba que EEUU no atravesaba todavía una recesión, sino una desaceleración que podía solucionarse con medidas regulatorias y con apoyo financiero a la industria bancaria, he anunciado el peligro de un grave descalabro motivado por el libertinaje permitido al mercado de bienes raíces y el festinado aprovechamiento del alza insostenible de los precios para aumentar los ingresos fiscales mediante los injustos impuestos a la propiedad. Se trataba de una voz minúscula en un desierto muy grande, abrumado por las arenas de la ambición, la corrupción y el fraude. No se justifica que desde el Congreso y la Casa Blanca, con el asesoramiento de tantos expertos, quienes deciden sobre la salud económica del país puedan alegar que no era previsible lo que este humilde columnista ha pronosticado.

Tampoco es justificable que por segunda vez en menos de una semana, el Congreso se encoja de hombros ante la eminente catástrofe y opte por no hacer nada cuando todavía tiene tiempo para solucionar el problema, salir adelante y orientar al país por nuevas políticas económicas más ponderadas y justas, sea cual fuere el candidato electo el 4 de noviembre. La asombrosa derrota en la Cámara de Representantes de la ley aprobada por el Senado, hunde al país en una posible depresión y lleva al borde del abismo a todo el sistema financiero global. Tanto así, que podemos leer las conclusiones de columnistas de tendencias socialistas, anunciando el fin del neoliberalismo.

El neoliberalismo, sin embargo, no ha fracasado. Wall Street reacciona al día siguiente con optimismo. Alienta a los que arriesgan su dinero en la Bolsa de Valores la inesperada reacción europea en apoyo de sus respectivos sistemas. Inesperada porque los europeos se mostraban reacios a intervenir con una gran inyección monetaria por temor a una caída precipitada del Euro. Además, por la inesperada inyección de casi 29 mil millones de dólares por parte del Banco del Japón a su sistema financiero o por la compra de 30 mil millones de dólares por parte del Banco de Reserva Australiano. Los alienta también el convencimiento de que los representantes del país en Washington no cometerán la locura de prolongar aún más la crisis con consideraciones electorales y partidistas.

Por tanto, el fracaso percibido por la magnitud de esta crisis consiste más bien en la negligencia de las autoridades en su función primordial de vigilar los excesos, impedir la corrupción y castigar el fraude o el abuso de los altos ejecutivos corporativos que actúan en beneficio propio y no necesariamente de la empresa que administran a nombre de los inversionistas que la mantienen. Esta negligencia recae tanto en el Presidente Bush y sus asesores del Tesoro y la Reserva Federal, como en los líderes Demócratas del Comité de la Banca de la Cámara y del Senado. Ni los unos ni los otros tendrían que haber esperado hasta el último momento para encarar la crisis.

No es hora de juzgar quiénes son los que tienen más culpa. Es hora de proceder a soluciones urgentes y eficaces. No es hora tampoco de dividir al Congreso por líneas partidistas en una votación claramente polarizada en la que el bloque Demócrata optó por aplazar negligentemente sus sesiones hasta el jueves. Los pretextos esgrimidos para votar en contra de las medidas propuestas fueron sumamente pobres frente al derrumbe que esta parálisis está provocando ya.

El derrumbe se inicia y puede convertirse en una imparable depresión económica cuando falta un punto de apoyo financiero firme al edificio bancario del país. El resultado previsible es que se paralicen los créditos y nadie puede tomar iniciativas empresariales o de consumo que le den renovado impulso a la economía. Sin recursos disponibles de los bancos, muchos negocios sucumben a crisis internas que son fácilmente solucionables con créditos a corto o mediano plazo, pero se ven obligados a cerrar por falta de ellos. En consecuencia, aumenta el desempleo y, por tanto, disminuye el consumo. Bajan las ventas y quiebran más empresas pequeñas y medianas. Estas dejan de comprar a las empresas más grandes y se producen más quiebras. Los bancos dejan de recuperar sus créditos y quiebran también. La economía que podía haber sido tan sólida se torna en un castillo de naipes y basta el soplo de la incertidumbre para que se derrumbe el país en una prolongada recesión o, peor aún, en una desastrosa depresión.

Que no se equivoquen los que agitan la bandera populista. El derrumbe de la bolsa de valores no es un problema “de los ricos”. La mayoría de éstos siguen y seguirán siendo ricos y algunos hasta se beneficiarán con el derrumbe y se nutrirán de él para ganancias futuras. A quienes afecta con enorme crueldad es a los más pobres con el desempleo, la ausencia de créditos y el empobrecimiento general de la sociedad.

Hank Paulson es uno de los principales responsables de lo que sucede; Bush desde la Presidencia y Christopher Dodd desde el Comité de la Banca también. Pero sus errores no pueden convertirse en ventajismo de unos sobre otros para descollar en las elecciones de noviembre. No es el momento de sacrificar el país para lograr la preponderancia política. Hay que reconocerle a Paulson su franqueza cuando anuncia la ruina si el país no actúa con prontitud y firmeza para solucionar una crisis que todavía podía superarse para bien de todos. El Congreso tiene la varita mágica de la ley. Es hoy el gran responsable.
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Marcos Villasmil
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Re:Torpeza política agrava crisis financiera en EEUU - 2008/09/30 15:04 En medio de esta tormenta financiera que sacude a los Estados Unidos, los actores principales del drama parecen aprendices de brujo. Así lo reconoció, por ejemplo, Bill Clinton en el programa de Larry King; nadie tiene, por sí solo, la receta definitiva para salir del lío.

Se han producido análisis de todo tipo, pero muchos sólo sirven para desnudar prejuicios e ignorancias, sobre todo fuera de los Estados Unidos. Al revisarse la prensa extranjera, abundan los artículos que anuncian el hundimiento del capitalismo, el derrumbe del neoliberalismo –o neoconservadurismo, que algunos cocineros ideológicos confunden la mayonesa con la mostaza-, y demás tonterías de ese tipo. Más que practicantes de la duda metódica son expertos en la negación metódica. No perdamos el tiempo en estos guisos, que sólo producen indigestión mental, sobre todo en sus creadores, que no toman en cuenta que la economía norteamericana sigue siendo importante, con un PIB que es el 25% de todo el PIB del mundo.

Si se revisa un estudio del FMI de 42 crisis financieras que se dieran entre 1970 y el 2007, se nota que el promedio del PIB comprometido en su superación fue del 13%. La crisis que hoy enfrenta EEUU, bien manejada, no implicaría más de un 7% del PIB nacional.

El “bailout plan” inicial del gobierno Bush fue justamente atacado. Un problema era su promoción por un presidente impopular. Luego está el tema de que fue percibido como un plan para salvar “Wall Street”, dejando como la guayabera a “Main Street”. Siendo el origen del problema financiero actual un mercado inmobiliario que se expandió demasiado, para ser literalmente invadido por unos avispados con el fin de realizar una “ingeniería financiera” que les daría ganancias jugosas, pero que todavía muchos no entienden ¿no tiene sentido acaso atacar la raíz de esta crisis, que afecta a millones de ciudadanos, cual es el problema de las hipotecas? Mientras se discutía si se les disminuían los jugosos beneficios a los genios de Wall Street que hundieron el sistema, mucha gente se preguntaba si alguien estaba pensando en sus tribulaciones.

Cuando escribo estas líneas no ha sido aprobado ningún plan. Pero seguramente habrá humo blanco muy pronto. Al final del día, el éxito del plan que se apruebe se resume en esto: de qué manera se distribuirán, y a quiénes, dentro y fuera del país, diversos tipos de incentivos para poner el motor de nuevo en marcha. “Incentivos”, es la palabra mágica. Está en el mero centro de la lógica capitalista. Como bien dice el economista Lawrence Summers: “nadie en la historia de la humanidad jamás ha lavado un carro alquilado.”

A la necesidad de generar incentivos realistas y sabiamente distribuidos, se unen otras dos palabras psicológicamente importantes: confianza y credibilidad, no sólo financieras, sino también políticas, que la clase dirigente en Washington, desde hace ya mucho tiempo, está dejando mucho que desear.

Aquí conviene destacar una diferencia notoria en las percepciones que tienen de la situación los dos grandes partidos norteamericanos: para algunos demócratas, que se use el dinero de los contribuyentes para “salvar” a empresas privadas que corrieron un riesgo y perdieron, no choca con su filosofía política. Para algunos republicanos, es un horror que ello suceda. Los más fieros opositores en contra del “bailout” propuesto por Bush (ayudados, claro, por las naturales presiones de sus votantes locales), han sido precisamente los miembros del “caucus” republicano –léase, el partido de gobierno- en la Cámara de Representantes. Sus preguntas, perfectamente pertinentes y dignas de discusión, son: ¿por qué el gobierno debe salvar a los individuos de las consecuencias de sus decisiones financieras? ¿Cuándo se justifica una intervención? ¿Cómo? Robert Samuelson atinadamente ha señalado que esta crisis no corresponde con los modelos de texto de ciclos de negocios, y por ende las soluciones teóricas no son suficientes.

Permítaseme aquí destacar una diferencia en algunas de las maneras en que interviene el gobierno en las finanzas de un país: existen, por poner un caso, las regulaciones, y existen los controles. Un ejemplo de lo último es lo sucedido en muchas ocasiones en América Latina: Estados glotones, que les gusta ponerle la mano a la torta financiera, y usan como excusa cualquier desestabilización que se presente. Así, se dio la situación de un gobierno peruano, que puesto a salvar a unos bancos privados en crisis, los estatizó, y terminó siendo dueño, el representante del soberano pueblo peruano, de un cine…porno. Asimismo, buena parte de la crisis económica venezolana se debe a una visión –y más que visión, ambición- chavista que ha buscado controlar todo, precios, producción, distribución, moneda, Banco Central, tipo de cambio, etc. Por eso estamos como estamos.

Mientras, en EEUU, el gobierno más que controlar, regula. Y aquí hay que reconocer que, en materia de regulaciones, una parte del problema financiero norteamericano se debe a que las mismas o bien son obsoletas, o se les quitó peso. Las regulaciones no son principalmente hechas para castigar fraudes o errores, sino para prevenirlos. Si la lógica indica que los mercados se robustecen con la transparencia, ¿cómo fue posible que la opacidad y el secretismo se convirtieran en la marca característica de Wall Street? Choca con toda lógica que unas instituciones que funcionan con números, cifras y porcentajes de todo tipo se hayan convertido en una verdadera ruleta rusa, un reino de incertidumbre y zozobra. La famosa “cultura corporativa” de Wall Street ha generado un gigantesco casino, pero uno en el cual las apuestas se hacen con dinero ajeno.

Dígase lo que se diga, la cultura promotora de esta crisis no comenzó hace unos meses. ¿Alguien recuerda a Enron, y las prácticas de rapiña financiera de sus directivos? Así, se ha ido minando la confianza necesaria, con un clima de negocios cada día más tóxico, y hoy vemos con asombro que los bancos no confían entre sí, que el gobierno no confía en sus banqueros, y que el ciudadano común no confía en nadie.

Me temo que el problema se ha expandido de tal forma que, en vez de simplemente crear nuevas regulaciones, se trata de cambiar la cultura de negocios que ha prevalecido, rapaz y suicida en sus antivalores, y rescatar el principio de autoridad, por parte de unas instituciones públicas cuyo deber es proteger a todos contra prácticas financieras en esencia corruptas y anticapitalistas, las cuales por cierto, no se han dado sólo en Estados Unidos, sino en buena parte de las instituciones financieras del mundo.

Con perdón de algunos supuestos líderes republicanos, el problema no es ideológico, y si lo fuera, ¿cómo explican ellos la violación constante del concepto de “small government” por el muy republicano gobierno de Bush-Cheney durante estos últimos ocho años? Hay una serie de principios ligados desde siempre a la libre empresa, al modelo capitalista y al mercado que va más allá de las banderías políticas. Contrario al modelo de sociedad promulgado por los marxistas, las democracias capitalistas respetan la diversidad, el pluralismo y la meritocracia. Además, algunos individuos están señalados para dirigir y liderar. Pero en estos tiempos azarosos, pareciera olvidarse con facilidad que, junto con los privilegios y ventajas –incluso financieras- que implica el liderazgo, existen responsabilidades ante la sociedad como un todo.

Otro hecho que merece destacarse es que una economía saludable se caracteriza, en esta era donde la innovación es un hecho diario, por un flujo constante de ideas, recursos y capital, proveniente de todas partes, no sólo de gobiernos foráneos (atención con China), sino también de corporaciones y de individuos. Los Estados Unidos deben seguir siendo un lugar atractivo para toda clase de inversionistas de todo el mundo. El triunfo del mercado norteamericano no ha sido sólo por razones fundamentalmente económicas; se ha basado en el predominio de una institución que funciona en un contexto cultural, social y político específico, donde las reglas de juego tienen que ser claras, la burocracia mínima, y el respeto a la ley, primordial.

El próximo gobierno heredará los coletazos de esta situación en estas áreas fundamentales: las hipotecas, con el drama de sus “ejecuciones” (foreclosures), así como los gobiernos locales, que ya están anunciando recortes importantes de sus presupuestos. No hay que olvidar además los déficits fiscal y de la balanza comercial, el problema energético, la necesaria renovación de la infraestructura, los costos de la seguridad social y el descenso de la capacidad de ahorro interno. Hace 20 años, el norteamericano ahorraba 9 centavos de cada dólar; hoy, esa cifra es menos de la mitad.

Debemos recordar, en esta hora de incertidumbre, que si algo caracteriza al capitalismo norteamericano es su capacidad de adaptación, de innovación y de respuesta ante las crisis. Allí está la historia como muestra. No es la hora de cambiar los principios; se trata de rescatarlos del lodazal donde han sido llevados por unos aprendices de brujo, con la complicidad de una institucionalidad pública complaciente e insensata, ausente cuando más se necesitaban su autoridad y conducción. Ello requiere de líderes que estén a la altura del problema. Los señores Obama y McCain, sumamente cautelosos en estos días, como si la cosa no fuera con ellos, siguen teniendo la palabra.
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