Yaxys Dallan
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La verdadera revolución - 2005/08/24 14:50
La verdadera revolución
Colonia se inundó de jóvenes durante los días de la Jornada Mundial de la Juventud presidida por el Santo Padre, Benedicto XVI. Este Papa ha continuado con la tarea iniciada por su predecesor Juan Pablo II: acompañar, orientar y estimular a la juventud como presente y futuro del mundo y de la Iglesia. Y es gracias a este amor que los Papas transmiten a los jóvenes, que muchos acuden a estos eventos, y que otros le seguimos desde nuestras casas por la televisión u otros medios. Quien ha tenido la oportunidad de asistir a alguna de las Jornadas Mundiales de la Juventud, sabe lo que estas experiencias significan y animan. De hecho, no dudo que el que participe en una por primera vez y por cualquier motivo no puede asistir a las demás, siente una sana envidia por ello.
Pero las multitudes, el colorido, la música, el ambiente festivo, los amigos, la presencia de los medios de comunicación y todo lo que rodeó a esta celebración, no distrajo del motivo principal de la jornada: reflexionar a la luz de la fe en Jesucristo sobre los desafíos que tiene que enfrentar la juventud actualmente. Y lo más simpático de todo, el Santo Padre, con una mirada de pícaro y con la tranquilidad que le caracteriza, fue plasmando su mensaje entre los presentes. ¡Benedetto, Benedetto! - gritaban emocionados los jóvenes; él les sonreía, pero segundos después con mucha ecuanimidad continuaba su lección sobre el compromiso.
Si me preguntaran cuál de los mensajes que dio el Papa fue el que más me llamó la atención, diría que el expresado durante la vigilia y, específicamente, la parte dirigida a los jóvenes hispanohablantes. Les confieso que no deje de aplaudir frente al televisor al escuchar esa parte, a expensas de que los vecinos pensaran que me había vuelto loco con esa retransmisión que EWTN daba en la madrugada.
"Los santos, hemos dicho, son los verdaderos reformadores", dijo el Santo Padre a manera de introducción a su parte en castellano. A partir de ahí comenzó a explicar, dejando bien claro los puntos sobre las íes, lo que podemos llamar la doctrina de la "verdadera revolución". Dijo el Papa: "Ahora quisiera expresarlo de manera más radical aún: sólo de los santos, sólo de Dios, proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo." Él Santo Padre conoce la realidad de nuestros pueblos, sabe que muchos jóvenes latinoamericanos estamos expuestos a la influencia de líderes populistas "revolucionarios", que pretenden, a costa de demagogia, imponerse sobre sus conciudadanos con ideas absurdas y trasnochadas a las cuales tienen la osadía de llamar revolucionarias. Pero, para que no seamos ilusos, el Papa nos invita a mirar nuestra historia más reciente: "En el siglo pasado hemos vivido revoluciones cuyo programa común fue no esperar nada de Dios, sino tomar totalmente en las propias manos la causa del mundo para transformar sus condiciones." Evidentemente se refiere a las revoluciones de Lenin y Stalin, Hitler, Fidel Castro, Ernesto Guevara, y los secuaces de los mencionados, del pasado y del presente, como Chávez, Ortega y Evo Morales.
El Papa continúa refiriéndose a estas "revoluciones", presentando sus modos de actuar, así como sus consecuencias, afirmando que las mismas tomaron un "punto de vista humano y parcial" (…) "como criterio absoluto de orientación." Y explicó: "La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama totalitarismo. No libera al hombre, sino que le priva de su dignidad y lo esclaviza." Eso es lo que ha sucedido en las sociedades regidas por estos " revolucionarios"; las personas se han visto violadas en sus libertades y derechos, el Estado y la ideología oficial se han convertido en absolutos y, lo más irónico, quieren que los pueblo les agradezcan, en medio de tanta humillación.
Esta parte del mensaje papal me hizo recordar una entrevista que le realizaron a Juan Pablo II en el avión cuando se dirigía hacia Cuba para iniciar su histórica visita a la Isla, en enero de 1998. Una de las últimas preguntas que le hicieron en aquella rueda de presa fue si era posible conciliar la revolución de Cristo y la de Castro, a lo cual respondió: "Hay que comenzar por la palabra revolución, porque se ve que es una palabra muy analógica: puede ser revolución de Cristo, pero puede ser revolución de Castro, y no solamente, también una revolución como la de Lenin. Así, pues, son dos civilizaciones: la revolución de Cristo quiere decir revolución del amor; en cambio la otra es la revolución del odio, de la venganza, de las víctimas".
El Santo Padre Benedicto XVI invita a todos los jóvenes a "dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico". También nos llama a ser participes de la "la revolución verdadera" que "consiste únicamente en mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno".
Por otro lado, el Santo Padre advierte que "muchos hablan de Dios; en el nombre de Dios se predica también el odio y se practica la violencia". Ese es el fundamentalismo existente en muchos pueblos, principalmente del oriente, pero que también existe en lugares que se presumen del occidente civilizado. Hoy día en muchos países hay personas que dicen ser hombres y mujeres de Dios, pero predican en contra de los extranjeros, en contra de otras razas. Lamentablemente estas actitudes no pertenecen solo al pasado que las películas recogen tan crudamente.
De esta manera, el Santo Padre deja bien claro que la verdadera revolución es la del amor, la del bien común. Es a la que nos está invitando a todos los jóvenes que no queremos que nuestras naciones se vean esclavas de regímenes totalitarios, ni prisioneras del odio de todos contra todos.
Más claro, ni el agua.
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