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FORO PARTICIPATIVO / PARTICIPATIVE FORUM
 
Gerardo E. Martínez-Solanas
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Una Iberoamérica Grande y Poderosa - 2005/10/19 04:26 Una Iberoamérica Grande y Poderosa

Es notable observar cómo la inmensa mayoría del exilio cubano, confrontado por su tragedia personal y por la radical transformación que ha sufrido su patria, tiende a glorificar con poca reflexión y menos lógica a la "Cuba de ayer". Se ha llegado a extremos, como la afirmación que escuché hace algún tiempo de boca de un distinguido orador, que calificaba al gobierno anterior como una "dictadura democrática".

Con esta actitud se olvida o se trata muy a la ligera el hecho esencial de que la lucha constante del pueblo cubano desde mediados del siglo XIX hasta nuestros días, se ha orientado siempre a desarrollar una democracia "con todos y para el bien de todos", como recomendó José Martí. El proceso ha sido largo, sacrificado y repleto de fracasos –el peor de ellos lo estamos sufriendo todavía– y ha seguido en este sentido un curso paralelo en la historia contemporánea al de otras naciones de Iberoamérica y del resto del mundo que tampoco han logrado los objetivos sociopolíticos que soñaron sus próceres.

Idealistas como Martí o Bolívar y sus genuinos seguidores en nuestro continente han señalado repetidamente el camino de la democracia, la justicia y el estado de derecho, pero en el proceso se le ha escatimado siempre a los pueblos su vehículo imprescindible: la libertad. Hemos confiado demasiado en caudillos iluminados y líderes mesiánicos y hemos despreciado con excesiva frecuencia nuestra obligación fundamental de participar activamente en la gestión sociopolítica de nuestros países.

Desde los tiempos de Aristóteles hasta nuestros días se han escrito infinidad de fórmulas que han conducido a la humanidad a un firme desarrollo del concepto democrático, que significa literalmente "gobierno del pueblo". En otras palabras, todos esos idealistas, filósofos y politólogos se han esmerado por hallar soluciones políticas que reconozcan y defiendan los derechos del pueblo y limiten las prerrogativas de sus gobernantes.

Todos estos teóricos fueron haciendo evolucionar el pensamiento occidental, desde aquella "democracia" griega donde reinaba la esclavitud, a través de tímidos esbozos durante siglos posteriores de absolutismo e intolerancia que proclamaban el "derecho divino" de gobernar, hasta los sistemas parlamentarios, representativos y totalitarios de nuestros días que se autotitulan democráticos pero que rara vez llegan a serlo.

Esos mismos líderes y caudillos de ocasión a los que con demasiada frecuencia confiamos nuestro destino nacional nos han arrastrado tras sus interpretaciones doctrinales y teóricas y se han aplicado a ponerlas en práctica según su juicio particular o en función de sus ambiciones de poder o de gloria.

Buenos gobiernos ha habido como el de José Figueres en Costa Rica, grandes estadistas como De Gaulle en Francia, hombres honestos como Estrada Palma en Cuba, o presidentes carismáticos como Ronald Reagan en los Estados Unidos. Malos gobiernos también han abundado y, asimismo, pésimos administradores como Alfonsín o De la Rúa en Argentina. Pero las grandes tragedias son producto de hombres poseídos de grandeza o dominados por una arbitrariedad extrema como Hitler en Alemania, Stalin en la Unión Soviética, Saddam Hussein en Irak, y hoy día Castro en Cuba y Chávez en Venezuela, por sólo mencionar los casos más prominentes.

En estas pugnas sociopolíticas se hacen muchas comparaciones –las más de las veces muy parcializadas– que tratan de señalar cuál de todas las propuestas que experimenta la humanidad es el sistema e ideología que más convienen a cada nación. Con demasiada frecuencia se comete el error de mezclar "sistema" e "ideología" en un potaje que tiende indefectiblemente al dogmatismo.

El problema no estriba en que un gobierno sea bueno o malo, o que una ideología determinada tenga más o menos méritos, sino en que se niegue a todo gobernante un supuesto derecho de imponer sus decisiones y soluciones propias a la vida nacional. Lo que en realidad están desconociendo todos los líderes carismáticos y mesiánicos es el derecho inalienable que tiene el pueblo de manifestarse libre y plenamente como entidad política soberana. Falta un reconocimiento firme y definido de que las iniciativas nacionales deben surgir del pueblo mediante un sistema participativo y que al gobernante le toca cumplir con esos mandatos y sólo tiene las facultades y funciones administrativas que dimanan de ellos. Con la profunda transformación política y social que Cuba ha experimentado durante 46 años de desgobierno cabría esperar que esté predestinada a servir de ejemplo a una verdadera revolución pacífica y democrática que, proyectándose desde la Isla a todo el Continente, saque a las masas populares iberoamericanas de su ostracismo político.

Ahora el panorama se torna más ominoso con el creciente autoritarismo del gobierno venezolano. Chávez también ha optado por el papel mesiánico del caudillo que todo lo decide desde la cúpula porque sólo él sabe lo que conviene a su pueblo. Es la postura que aprende de Castro, que gobierna "conmigo o en contra mía" hasta que la fuerza del encontronazo arruina a todo un pueblo.

Estas experiencias son trágicas, pero efímeras. Los pueblos pierden lastimosamente una, dos o tres generaciones de progreso, bienestar y concordia, pero los experimentos autoritarios nunca tienen futuro.

El pueblo de Cuba, y también el de Venezuela, saldrán definitivamente de su letargo y darán al traste con las fórmulas totalitarias y las decisiones caudillistas. Rechazarán también las alternativas hipócritas de una democracia representativa que propiciaron este desastre, para en su lugar diseñar mecanismos de auténtica participación que eleven a sus pueblos al plano del activismo político que los haga responsables de la forja de sus propios destinos. Esa será la verdadera "democracia participativa", donde los elementos de representación legislativa o ejecutiva estén al servicio del pueblo, y no la aberración oclocrática –mal llamada "participativa"– que impera en Cuba y Venezuela.

Olvidaremos entonces los proyectos aberrantes de Venecuba o Cubazuela, en improvisada y forzosa fusión totalitaria. Se extenderá la llama de libertad, borrando fronteras y diferencias mediante la participación democrática y el imperio del derecho, y realizándose quizás el sueño de tantos de nuestros próceres mediante la constitución de una entidad internacional grande y poderosa: los Estados Unidos de Iberoamérica.

Para esto no harán falta Cumbres retóricas plagadas de pronunciamientos demagógicos sino la voluntad libremente manifestada de los pueblos. Mucho podremos aprender de la Unión Europea y del proceso escalonado y ponderado que hay que seguir hacia un concierto continental de naciones. Pero sólo lo haremos cuando hayamos aprendido también a vivir en democracia y a respetar los derechos sagrados de nuestros semejantes.
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Abelardo Pérez García
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Re:Una Iberoamérica Grande y Poderosa - 2005/10/19 12:48 Este ensayo empieza diciendo que es notable ver cómo los exiliados cubanos tienden a glorificar con poca reflexión y menos lógica a la "Cuba de ayer". Propongo cambiar el impersonal notable por el muy personal triste, ya que es lo que siento cuando me doy una vuelta por "Mayami", "Jayalía", "Sein Pit" y otros lugares de EE.UU. donde tengo amigos y/o familia.

Mejor no opinar ahora acerca de la reflexión y la lógica de los nuestros de allá, sin hablar del problema fundamental que consiste en la tremenda ignorancia de conceptos y de datos que les impide reflexionar -aunque supieran hacerlo- (como un oftalmólogo que conocí en casa de mi hermano, que es también oftalmólogo, que creía que diáfano era sinónimo de turbio ¡¡!! ). Eso explica quizá que alguien hablara de una "dictadura democrática". El caso es que, a veces, en acaloradas discusiones he preguntado: "¿puedes decirme lo que es el comunismo?" y las respuestas han sido casi siempre del estilo: "es un régimen totalitario" o "es un sistema que niega la libertad". Lo mejor que he oído, por su verdad profunda, fue en 2004, en los días que visité "Mayami": "es un sistema en el que nadie tiene nada". En estos últimos días he podido ver al leer todos los artículos (repletos de estupideces ) de Noticuba internacional, la voz de Cuba libre etc., que casi todos esos articulistas creen que Iberoamérica es el conjunto formado por España y nuestros países hispanohablantes. ¡¡!! ¿No confirma esto lo que te estoy diciendo?

Señala este ensayo que el camino hacia la democracia ha estado "repleto de fracasos". ¿Por qué? ¿cuál es la razón de tantos fracasos sucesivos? ¿no será que, efectivamente, muchos de nosotros tenemos una índole que nos lleva al fanatismo cerril cuando algún "bicho" demagogo y astuto sabe dirigirse a las masas. Ya sé que otros lo han hecho dirigiéndose a pueblos cultos pero, precisamente, eso explica por qué Nuestra América es una presa tan fácil.

Habla de los "derechos del pueblo" y de limitar "las prerrogativas de los gobernantes". Aquí encontramos un problema fundamental. ¿Quién o qué es ese pueblo soberano -idea muy Robesperriana- del que aquí se habla? ¿qué definición propone? Ahora me acuerdo de una página de Baltasar Gracián, uno de mis autores preferidos del Siglo de Oro, en la que un hombre dice a otro: "La voz del pueblo es la voz de Dios" y su interlocutor le replica "Sí, del dios Baco". La ambigüedad viene, me parece, de que esta noción de pueblo no es más que la reunión de todos los habitantes considerados sin tener en cuenta criterios que hacen un conjunto muy heterogéneo al formar subconjuntos como los cultos y los ignorantes, los inteligentes y los tontos, los educados y la chusma, los ricos y los pobres etc.

En lo tocante a la limitación de las prerrogativas de los gobernantes hay que ser muy cuidadoso ya que si bien es verdad que no se puede permitir que un gobernante tenga demasiado poder, pues caemos entonces en la más peligrosa autocracia, tampoco es menos cierto que si limitamos demasiado el poder de los gobernantes resultaría como si no hubiera gobierno alguno y esto nos llevaría indefectiblemente a la anarquía. ¿Dependen estos límites de la idiosincracia de cada "pueblo" o habrá quizá algún criterio objetivo para fijar esos límites?

En dos oportunidades se menciona la democracia representativa de manera extremadamente peyorativa. Primero dice: "sistemas parlamentarios, representativos y totalitarios" y un poco más lejos escribe Martínez-Solanas: "las alternativas hipócritas de una democracia representativa". ¿Cree el autor verdaderamente que hay que asociar sistemáticamente democracia representativa con totalitarismo y con hipocresía? Es una presentación muy parcial y no "parcializada" como escribe en el párrafo relativo a las pugnas entre las ideologías y sistemas que más convienen a cada nación. No conozco el verbo "parcializar".

Hace unos años pensé que la democracia participativa era una solución para nuestro futuro. Ahora me temo que no sea sino otra puerta de entrada a la oclocracia ya que, sin la participación activa y fundamental de los sectores pensantes -a los que Martínez-Solanas se refirió en otra ocasión- y cuyo número me sigue pareciendo infinitesimal entre los nuestros, será la plebe la que lleve la voz cantante y no habremos ganado más que la creación de una especie de anarquía chusmocrática parecida a la que tenemos en la Isla, aunque esta vez con "libre empresa", cuya sola imagen me da escalofríos y que tendrá como primera preocupación eliminar lo excelente, lo refinado, lo civilizado y lo culto.
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Gerardo E. Martínez-Solanas
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Posts: 323
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Re:Una Iberoamérica Grande y Poderosa - 2005/11/02 10:46 Esta crítica incisiva a mi ponencia es de las que permite mejorar lo expuesto al provocar aclaraciones necesarias.

Precisamente el esclarecimiento de la inquietud más preocupante aquí expresada por mi interlocutor consiste en la impresión que parece provocar mi ponencia de que pongo prácticamente en el mismo nivel a las democracias y los totalitarismos. ¡Y encima de todo, tal parece como si mezclara en el mismo potaje a las democracias parlamentarias!

Me explico: Me refiero a los "que se autotitulan democráticos sin llegar a serlo". Ejemplos sobran: democracias "parlamentarias" como las de Singapur, Malasia, Egipto o Bangladesh, que distan mucho de ser democracias genuinas. Y no hablemos de democracias "presidencialistas" como la Federación Rusa, Bolivia o Paraguay, por sólo poner otros pocos ejemplos.

De todos modos, la crítica es correcta por cuanto estas últimas no han descendido a la bajeza de las tiranías disfrazadas de caperucita roja democrática: la democracia "bolivariana" (después transformada en "participativa") de Chávez, la democracia "popular" (después también transformada en "participativa") de Castro, o la democracia "islámica" del Irán, entre los casos más destacados.

En otras palabras, que al hablar de democracia tenemos que discernir bien de qué estamos hablando, para no caer en una neohabla orwelliana que sólo está destinada a confundir a los incautos.

La otra inquietud expresada se puede encontrar aclarada abundantemente en las diversas páginas de DemocraciaParticipativa.net. Estamos hablando de un mecanismo democrático que permita la plena participación de los ciudadanos en las decisiones nacionales, regionales y locales sin depender exclusivamente del sistema representativo de gobierno. La limitación de las prerrogativas de los gobernantes no apunta a la anarquía sino a un sistema estructurado en el que se gobierne por mandato popular y, por lo tanto, la verdadera función del mandatario sea intrínsecamente administrativa. Es decir, que tenga la OBLIGACIÓN de cumplir con las decisiones emanadas de las instituciones democráticas donde el pueblo pueda manifestar su voluntad.

Comprendo que se aduzca que hay pueblos que no están capacitados para llegar a este nivel de democracia sin caer en políticas caóticas y contradictorias. Para que no suceda hace falta una Constitución que sirva de guía y de molde a las instituciones democráticas y una firme voluntad política de respetar el estado de derecho. De todos modos, un pueblo mal preparado está peor representado cuando uno de sus propios hijos se convierte en dictador. En la democracia participativa habría amplio margen para el error y para corregirlo, en una dictadura no.

Finalmente, aunque no tiene gran importancia la observación, el verbo "parcializar" aparece en la vigésima primera edición del Diccionario de la Academia Española. No sé si lo hayan eliminado en la vigésimo segunda, aunque lo dudo. Además, es más acertado tratar el idioma como algo vivo que no se somete al dogmatismo de una Academia sino a la usanza que, tarde o temprano, si la voz inventada es acertada en manifestar una idea, acaba por imponerse a los dogmáticos. El idioma es democrático por excelencia.
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