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FORO PARTICIPATIVO / PARTICIPATIVE FORUM
 
Carlos Alberto Montaner
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La peligrosa guerra de las palabras... - 2005/11/15 18:13 La Peligrosa guerra de las palabras: Democracia representativa vs Democracia participativa

Parece una estúpida discusión semántica, pero es un gravísimo asunto. En septiembre se van a reunir los cancilleres latinoamericanos a debatir y definir los rasgos que caracterizan a una verdadera democracia. Prácticamente todos los gobiernos están de acuerdo en que el adjetivo clave es «representativa», «democracia representativa», mientras la Venezuela de Hugo Chávez defiende ardorosamente el calificativo «participativa»: «democracia participativa».

¿Por qué es importante la diferencia? Porque no son dos palabras inocentes sino dos formas opuestas de entender las relaciones de poder entre la sociedad y el estado. De una manera sintética, y sin duda arbitraria, cuando se dice «representativa» se alude a un modelo de gobierno en el que existen plenas garantías para los individuos. Es el tipo de Estado de Derecho con límites precisos y numerosas cautelas, en el que las personas están a salvo de los atropellos del gobierno y aún de la voluntad de las mayorías. Por el contrario, cuando se dice «participativa» a lo que se refieren es a un modelo «revolucionario» en el que las reglas de juego pueden ser cambiadas constantemente en nombre de los intereses reales o supuestos del pueblo. El «pueblo», digamos, puede votar democrática y mayoritariamente la limitación o prohibición de la propiedad privada, o puede excluir de sus derechos a minorías incómodas. En Venezuela, por ejemplo, se baraja la posibilidad de declarar que el Estado asume la propiedad de todas las tierras, que se concederán mediante arrendamiento a quienes demuestren talento para ponerlas a producir. Principio que en el futuro podría extenderse a las viviendas o a los automóviles. ¿Por qué no otorgar la segunda vivienda ociosa a los pobres que no tienen ninguna? ¿Cómo admitir que una familia posea dos o más coches cuando hay tantas que carecen de uno?

En otras palabras, en el estado participativo o revolucionario, los ingenieros sociales siempre están dispuestos a corregir las injusticias supuestamente provocadas por el mercado, pues para ello cuentan con el respaldo de las mayorías, ese mítico pueblo para el que trabajan noche y día febrilmente. En ese modelo de estado, y en esa forma de gobernar, no existen derechos naturales inalienables, sino la voluntad coyuntural de los revolucionarios que interpretan los deseos y necesidades de los «desposeídos», vocablo cuya significación última contiene una tremenda carga ideológica: no son, simplemente, pobres. Son personas a las que unos tipos codiciosos y desaprensivos les han quitado los bienes que deberían poseer.

De alguna manera, esta división entre los defensores del Estado «constitucional», en el que un texto garantiza los derechos naturales de los individuos, y los defensores del estado revolucionario, comenzó a perfilarse a fines del siglo XVIII, cuando norteamericanos y franceses hicieron sus respectivas revoluciones. Los norteamericanos, inspirados en John Locke y en la tradición británica de los «constitucionalistas», se alzaron en contra de Inglaterra para poner límites a la acción del gobierno. El objetivo era crear las condiciones para que cada norteamericano pudiera «buscar la felicidad» de acuerdo con su libérrimo criterio. Era una revolución para la libertad. Los franceses, en cambio, colocados bajo la advocación de Rousseau y su Contrato social, santo patrón de los jacobinos, se propusieron rediseñar la sociedad francesa mediante la acción de los revolucionarios. No había derechos naturales. La sociedad podía pactar o revocar acuerdos a su conveniencia Era una revolución para la justicia. Y la diferencia entre los dos procesos es la que separa a Jefferson de Robespierre, a Madison de Danton.

¿Cuál hecho histórico fue más benéfico para la sociedad? Curiosamente, uno de los pocos partícipes de las dos revoluciones, el venezolano Francisco de Miranda -el único latinoamericano cuyo nombre figura en el Arco del Triunfo en París-, conocedor profundo de ambas realidades, dejó escrito un juicio muy significativo que vale la pena recordar: «Dos grandes ejemplos tenemos delante de los ojos: la revolución americana y la francesa. Imitemos discretamente la primera; evitemos con sumo cuidado los fatales efectos de la segunda».

Este viejo debate, disfrazado y reetiquetado bajo palabras aparentemente inofensivas, es exactamente lo que discutirán los cancilleres latinoamericanos próximamente. El gobierno venezolano, dirigido por un pintoresco Robespierre caribeño, defiende la tesis de que hay varias formas de entender la democracia, e intenta introducir en los documentos de concertación diplomática el calificativo «participativo», pero sin otro objetivo que amparar los experimentos revolucionarios que vayan surgiendo en la zona, incluido el que irresponsablemente se lleva a cabo en Venezuela. Ya los sandinistas se apresuraron a decir que el modelo a que ellos aspiran no es representativo sino participativo, y pronto, uno tras otro, los viejos partidos autoritarios y marxistoides de la región, especialmente los incluidos en el llamado «Foro de Sao Paulo», como han tenido que renunciar al viejo discurso revolucionario, irán atrincherándose tras esa nueva bandera.

Ojalá que la diplomacia latinoamericana, que en Quebec, lideradas por Costa Rica, Perú y Argentina, defendió vigorosamente la «cláusula democrática» para excluir de ALCA a todas las dictaduras, no ceda por cansancio a las presiones de la cancillería chavista. No estamos ante una discusión absurda o bizantina. Si se le franquea la puerta a la definición de Hugo Chávez, por esa abertura comenzarán a entrar todos los monstruos.
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Jorge Daubar
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Re: La peligrosa guerra de las palabras... - 2005/11/17 02:56 Acabo de descubrir este Foro gracias a la amabilidad del gran Gerardo Martínez-Solanas, que me lo ha ofrecido para que le dé rienda suelta a mis ideas. Bueno, empiezo por el artículo de CAM. Tengo la ventaja de llegar a él con más de dos años de atraso y es posible que lo que voy a decir acá puede haber sido asimilado ya por "el más preclaro de los intelectuales cubanos". En fin, allá voy con mi ignorancia temeraria.

¿Representativa o Participativa? He ahí la cuestión. Siempre he pensado que no hay contradicción alguna entre estos términos que parecen definir dos tipos de democracia, cuando en realidad son dos etapas de un mismo proceso. Antes creía que la democracia debe ser participativa en los niveles locales y representativa en el nacional, así de tan simple, pero el advenimiento de la internet, que es la suma de todas las libertades, y facilidades en el ejercicio de la opinión personal, crea una nueva dimensión virtual que permite la inclusicón en los procesos de toma de decisiones desde la cómoda soledad de la casa, con todos los referentes en la punta de un clic. Incluso, a estas alturas del desarrollo tecnológico en algunos estados de Estados Unidos ya se vota "on line". Más participativa no puede ser la participación de los participantes de esta democracia absoluta e inmediata, cuyos resultados pueden ser expedidos en cuestión de segundos. Y todo esto mirándonos a las caras gracias a la webcam (¿CAM?)plantada frente a nosotros, en este nuevo tipo de "conference calls".

Por otra parte, lo ocurrido en Venezuela es la consecuencia natural de largos años de corrupción política y no de la irresponsabilidad de ciertos elementos catonianos dados al señalamiento profesional de las indecencias en que incurrían los elegidos para gobernar el país. Ellos traicionaron la confianza de sus electores y, por ese hueco negro, se coló un miserable demagogo que, cuando abandone el palacio de Miraflores, arramblará con todo lo que brille como el oro. En el caso cubano, a los ortodoxos les echaron esa misma culpa para darle una coartada a Batista. Y a los revolucionarios que combatieron al dictador los acusaron de haber puesto a Fidel Castro, un estigma que aun arrastran aunque hayan ido a parar a las cárceles comunistas, a los paredones de fusilamiento o al exilio. Cosas veredes por esas veredas, Sancho.

Y como CAM ha mencionado esa otra fantasía que es la "propiedad privada" me permito señalar que hace mucho que eso no existe, ni un sistema ni en otro. Cuando el llamado propietario debe pagar impuestos para mantener dominio sobre los bienes que originan y extienden su riqueza financiera (la fábrica, el comercio, la tierra, la profesión), a riesgo de ser expropiados por el estado, quiere decir que es sólo un usufructuario con derechos regulados por la sociedad, o la comunidad si le quieren llamar así, que es la verdadera propietaria.

Para no ser demasiado extenso, antes de irme por ahora quiero dejar en el aire dos preguntas sobre esa cita de CAM acerca de Francisco de Miranda, el Precursor, que además de habitar el Arco de Triunfo habitó la cama de Catalina la Grande, ¡qué grande fue Miranda! Pregunto: ¿Cuando Miranda hizo su proposición de imitar discretamente a la revolución americana quería decir "a discreción", que es como tomar de ella lo que más nos convenga, o "con discreción", que sería algo así como el todo pero sin declararlo en la plaza pública? La otra es ¿si "debemos evitar las fatales consecuencias de la revolución francesa" y dejar las cabezas de los depuestos puestas sobre sus hombros? Pura semántica para después de la caída, de Fidel Castro, por supuesto.
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Abelardo Pérez García
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Re: La peligrosa guerra de las palabras... - 2005/11/17 02:56 Estimados amigos:

Es verdad que el debate que nos propone C.A. Montaner es semántico, no obstante esta característica, dista mucho -como él mismo nos lo hace notar- de ser estúpido. Sin embargo, la diferencia que nos propone entre democracia representativa y participativa, aunque de cierta manera tiene razón, constituye un sofisma por el abuso de lenguaje que lo sostiene.

La democracia (mando del pueblo en griego) tiene que ser representativa; el pueblo soberano tiene que designar a sus representantes en las diferentes instancias: ayuntamientos, asambleas etc. De otro modo no podría el pueblo mandar y la soberanía residiría en otra entidad: rey, partido, oligarquía... Ahora bien, los representantes electos tienen el deber de actuar políticamente en función de los idearios y de los programas que defendieron para ser elegidos, si no lo hacen, traicionan a sus electores y es preciso establecer mecanismos para que éstos últimos tengan control de las decisiones y no permitir que éstas deriven de su sentido original. Esta es la participación.

Aquellos que consideran -como dice el señor Montaner- que la democracia participativa es una posición revolucionaria y actúan en ese sentido, deforman el significado de estas bellas palabras. Pero en la nota de Montaner hay otros puntos importantes que no debemos dejar pasar por muy astutamente que estén presentados. Nos dice Carlos Alberto que para esos revolucionarios, las injusticias "son supuestamente provocadas por el mercado"; es normal que él lo dude o lo niegue, dada su ideología liberal, pero esa "mano invisible", que permitía que todos los panaderos de Londres vendiesen su pan y que todas las familias tuviesen su barra, se transforma a veces en garra si se dejan libres las fuerzas ciegas del mercado.

Es prerrogativa del hombre usar su inteligencia para que las leyes -de la naturaleza o económicas- no causen estragos. La Libertad es una bella palabra, un hermoso concepto, pero una zorra libre en un gallinero de gallinas libres es un desastre. ¿Qué decir de la presunta oposición entre un estado "constitucional" y un estado "revolucionario"? Otro sofisma. ¡La difunta U.R.S.S y Cuba tienen constituciones!

En lo que toca a la Revolución Francesa, es mejor que nuestro amigo Montaner se informe con más precisión. Los escritos y discursos de Robespierre están plagados de alusiones a la "Ley Natural" y para él la libertad de un hombre estaba limitada por la libertad del prójimo. ¡Cómo comparar al ignorante y ordinario Hugo Chávez con el "Incorruptible"!. No defiendo a Robespierre, de mente quizá enferma y dado a graves crisis de excitación o de melancolía, responsable de la muerte de centenares de hombres, pero tampoco está bien decir una cosa por otra.

En lo tocante a la exclusión de las dictaduras en el ALCA u otras instituciones, opino que excluir no es la mejor vía, y además me parece paradójico en la mente de los que se llaman liberales: tenemos que vencer a nuestros adversarios políticos con la expresión libre de las ideas y la fuerza de nuestras convicciones en una sociedad democrática (a secas), porque así lo es total y plenamente.


Abelardo Pérez García. Universidad de Artois, Arras (ciudad natal de Robespierre) Francia
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Gerardo E. Martínez-Solanas
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Re: La peligrosa guerra de las palabras... - 2005/11/17 03:03 El problema de la democracia en los tiempos modernos, en que el milagro de las comunicaciones contribuye tanto a la divulgación del concepto como a su tergiversación, consiste en que sus detractores critican ese mecanismo de expresión y decisión acusándolo de no ser perfecto ni de acercarse siquiera a un grado respetable de perfección. Otros con propósitos malvados denominan democracia a diversos intentos de control o centralización del poder con el argumento de que velan por el bienestar de las masas.

Vivimos en un mundo orwelliano en el que predomina la “neohabla” de la tergiversación que justifique lo injustificable. El resultado es que palabras tan hermosas como compañero, camarada, patria, partido, democracia o participativa adopten con estas manipulaciones significados desagradables y contradictorios. Así el compañero se convierte en soplón, el camarada en vigilante, el partido en un todo político, la patria en Estado totalitario y la democracia en oclocracia.

Si nos hemos dejado robar algunas de ellas, no vamos a permitir que nos roben también el concepto intrínseco de un genuino gobierno del pueblo. Puede desalentarnos que mentes tan preclaras de la intelectualidad cubana, como es nuestro amigo Carlos Alberto Montaner, acepten situar la definición de democracia participativa al nivel de los Castro, los Chávez y los agitadores de la extrema izquierda del mundo de hoy, pero no podemos renunciar a esas dos palabras que describen en forma tan idónea la meta que perseguimos todos los demócratas.

La democracia no es una ideología sino un mecanismo al servicio de las ideologías como manifestación de la voluntad popular. Por lo tanto, no puede ser revolucionaria en ningún caso porque ello implica la imposición violenta o forzosa de un sector y sus soluciones sobre el todo nacional. No puede ser tampoco una burda dictadura de las mayorías porque tal sistema desconoce el derecho natural que sirve de base al consenso y la concordia que conforman a un régimen de derecho en cualquier democracia auténtica. No es la turba ni la aclamación en plaza pública con una pretendida participación directa de las masas a cada convocatoria del líder carismático, porque esa tumultuosa oclocracia fomenta una anarquía que conduce paradójicamente a la centralización del poder.

Por lo tanto, la democracia participativa dista de ser una dictadura de las mayorías, como lo plantea Carlos Alberto, donde el pueblo podría tomar decisiones violatorias de los derechos humanos y las libertades fundamentales, con absoluto desprecio por el consenso y la concordia.

Harold Laski concibió al Estado como una corporación de servicio público y Maritain lo definió como “un órgano habilitado para hacer uso del poder y la coerción y compuesto de expertos o especialistas en el orden y el bienestar públicos; es un instrumento al servicio del hombre”. Con un Estado así concebido al servicio de los ciudadanos y de la nación es posible desarrollar la democracia, que es intrínsecamente perfectible, a grados cada vez mayores de participación hasta desembocar en ese mecanismo idóneo que denominamos democracia participativa. Por lo tanto, no se contrapone a las distintas versiones de democracia representativa que funcionan en la actualidad sino que es una meta en la evolución de éstas, tendiente a superar sus graves limitaciones.

Una democracia participativa, además de pluralista y pluripartidista, exige un mecanismo de participación eficaz de toda la ciudadanía en las decisiones públicas. Este mecanismo es participativo únicamente si las decisiones así tomadas tienen carácter de mandato y se basan en el imperio del derecho y en el respeto a las libertades fundamentales de todos.

En “Gobierno del pueblo: opción para un nuevo siglo” expreso claramente que, bajo esas condiciones, “al producirse diversas vertientes de opinión se enriquece el patrimonio ideológico de todos. De los planteamientos divergentes surgen los debates públicos y de éstos las soluciones de consenso. Esta es la palabra clave: el consenso. Es una meta donde priman la tolerancia y el respeto y a la que se llega por la transacción, el diálogo y la razón. Su vehículo idóneo podría ser la democracia participativa”.

Empero, como digo en otra parte de este mismo libro, "el concepto de democracia participativa no tiene nada que ver con el mecanismo que permite gobernar mediante decisiones mayoritarias absolutas, ni con los mecanismos que agrupan al pueblo en sectores con capacidad de manifestarse dentro de su contexto limitado, ni con procesos de votación –incluyendo al plebiscito- donde se permite a los electores de un país, una provincia o un municipio contestar con un sí o un no a determinada propuesta, ni, mucho menos, con la movilización masiva de ciudadanos que respondan al líder carismático con estruendosa aclamación. La democracia participativa es un medio político radicalmente superior que exige una capacidad de intervención directa y eficaz del ciudadano en el proceso de tomar decisiones."
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Carlos Alberto Montaner
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Re: La peligrosa guerra de las palabras... - 2005/11/17 03:13 Creo que no me he hecho entender. Nada tengo, per se, en contra del adjetivo "participativa". Creo que la democracia americana y la suiza, donde el peso de la sociedad civil es enorme y los ciudadanos 'participan' y toman muchísimas decisiones es algo muy positivo. Como nada tengo en contra del adjetivo "popular". Pero cuando los comunistas hablaban de "democracias populares" estaban ampliando el campo semántico de ese calificativo como un instrumento para justificar el modelo dictatorial que ellos habían implantado. No renunciaban a la palabra democracia, sino la matizaban para explicar que clase de 'democracia' ellos defendían.

Pues bien: eso exactamente ocurre hoy con el adjetivo "participativo". Chávez y otros elementos autoritarios se han apoderado de la palabra para justificar su forma particular de opresión. Incluso Castro y sus cómplices cubanos la encuentran apropiada, como pudieron comprobar un par de compatriotas nuestros, ligeramente exiliados, que hace unos años fueron a Cuba a predicar las virtudes de la 'democracia participativa'. El auditorio al que le predicaron, invariablemente compuesto por gentes del 'aparato', asentía jubiloso a las charlas y expresaba su conformidad: ellos también abominaban de la 'democracia representativa' y habian construido, precisamente, una 'democracia participativa' en la que el pueblo 'participaba' en todas las tareas de gobierno mediante instituciones como los Comités de Defensa de la Revolucion, la Federación de Mujeres, etc. etc.

O sea, no estamos ante una discusión etimológica sino política. Algunos gobernantes totalitarios están a la búsqueda de legitimidad para sus modelos dictatoriales, y creen encontrarla en el adjetivo 'participativo'. Y esta maniobra es la que precisamente tuvieron que enfrentar los presidentes latinoamericanos en Lima, en el verano de 2001, cuando aprobaron la "Carta Democrática". Chávez pugnó hasta lo indecible por introducir su variante "participativa", pero fue derrotado por políticos que, afortunadamente, no se succionaban el pulgar.

Una última consideracion: en Venezuela, donde en los noventa tomó un gran auge el oponer la "democracia participativa" a la corrupta e ineficaz "democracia representativa", quienes propuganaban este enfrentamiento ideológico contribuyeron muy enérgicamente al descrédito de la democracia y al ascenso de Chávez al poder. Muchos de ellos cavaron sus propias tumbas.
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Daniel Bouzas
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Re: La peligrosa guerra de las palabras... - 2005/11/17 03:16 Desde el comienzo de las sociedades democráticas, en la antigua Grecia, hay algo que ha caracterizado a la evolución de la idea de democracia. Esto es la participación cada vez mayor de más personas. Incluir cada vez a mas cantidad de ciudadanos en el proceso. Esto es así y no admite dos formas de verlo. El excluir a las personas, ya sea por su falta de acceso a la educación, a la salud o a los bienes que la sociedad produce, si no puede comer todos los días o no tiene trabajo o su salario no es digno, atentas contra el establecimiento de las condiciones básicas para el desarrollo de la democracia. No me parece que establecer una contradicción entre la democracia participativa y la representativa sea algo que pudiera ocupar la mente de los latinoamericanos, cuando está en juego la profundización de la democracia como proceso inclusivo. Bienvenida sea la democracia, que bastante sangre y lágrimas ha costado reconquistarla en nuestros países. Viva la democracia que es capaz de incluir a la mayoría de las personas , pero no solo en los aspectos políticos, sino también en los aspectos sociales y económicos.

Daniel Bouzas. Uruguay.
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Gerardo E. Martínez-Solanas
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Re: La peligrosa guerra de las palabras... - 2005/11/17 03:33 Lo que siempre ha caracterizado la idea de la democracia es su carácter perfectible, amigo Bouzas. Perfectible por su propia naturaleza como mecanismo de interacción ciudadana para estabilizar la gobernabilidad del cuerpo nacional: Sencillamente, todo ciudadano desea progresar y mejorar, y aspira a vivir en un ambiente de concordia donde imperen la colaboración y el orden.

Cuando hay democracia, por deficiente que sea, se pone en marcha el proceso evolutivo de la sociedad donde se desenvuelve, el cual conduce gradualmente a un mayor grado de participación en las decisiones que afectan a todos y que, por lo tanto, deben contar con la anuencia de todos. La democracia es el mecanismo que lo permite.

No obstante, si el mecanismo establecido es selectivo y, por lo tanto, excluyente, no estamos hablando de democracia sino de oclocracia, autocracia, oligocracia o cualesquiera de las formas de la tiranía, desde el totalitarismo disfrazado de democracia popular hasta el populismo demagógico y corruptor.

Por eso no hay que establecer contradicciones entre la democracia representativa y la participativa sino comprender que ésta es el resultado de aquella que, a medida que se perfecciona, establece medios más eficaces de participación.

Todo eso que menciona sobre el acceso a la educación, la salud o los bienes y medios de producción son también el resultado de una sociedad democrática donde se respeten sin exclusiones ni justificaciones TODOS los derechos civiles y políticos internacionalmente reconocidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Estos derechos sientan las bases para que puedan aplicarse con el concurso de toda la sociedad en un genuino consenso nacional los derechos económicos, sociales y culturales.

Si antepusiéramos estos logros como condición básica del desarrollo de la democracia, estaríamos poniendo la carreta delante de los bueyes. Es el mecanismo democrático y el respeto irrestricto a los derechos humanos y las libertades fundamentales la condición sine qua non para que se alcancen tales logros mediante una verdadera colaboración democrática entre todos los sectores de la sociedad, aún los que sean legítimamente adversarios políticos.
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Nelson Amaro
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Re: La peligrosa guerra de las palabras... - 2005/11/17 08:11 Carlos Alberto ha puesto un dilema fructífero para la discusión. ¿Cuál es la diferencia entre "democracia participativa y representativa"?. No obstante, con su habilidad periodística que todos reconocemos, hace una descripción de la "democracia participativa" que es un verdadero invento. En inglés hay una expresión feliz que no he logrado encontrarla en español y es el ejercicio de crear a "straw man" para luego destruirlo más fácilmente. Al hacerlo ha incurrido en falacias que vamos a descubrir:

1. Dice Carlos Alberto: "El pueblo, digamos, puede votar democrática y mayoritariamente la limitación o prohibición de la propiedad privada, o puede excluir de sus derechos a minorías incómodas." Nada más alejado de la verdad...Lo cierto es que de hecho, esta contradicción se da más en "democracias representativas" a ultranza, que pueden someter a votación los principios...En alguna ocasión, hace algunos años, el Embajador ante Naciones Unidas de Estados Unidas, rechazó la aplicación de este principio, refiriéndose a la "tiranía de las mayorías". Desde una perspectiva cristiana, aparentemente según las escrituras, Jesús fue crucificado por aclamación popular...La mayoría que en ese momento estaba en la plaza pública, tomó esa decisión representativa, contra Pilatos, que en el fondo pensaba que dando otra alternativa, en este caso Barrabás, podía salvar al condenado. Los principios no pueden ser objeto de opinión electoral. Por ello existen las constituciones y el régimen de derecho y la ética del derecho natural.

2. Dice Carlos Alberto: "En otras palabras, en el estado participativo o revolucionario, los ingenieros sociales siempre están dispuestos a corregir las injusticias supuestamente provocadas por el mercado, pues para ello cuentan con el respaldo de las mayorías, ese mítico pueblo para el que trabajan noche y día febrilmente." ¿De qué fuentes obtiene Carlos Alberto, la ecuación entre "estado participativo o revolucionario"...Todo estado o institución humana, incluso la "democracia representativa", necesita para su creación, mantención y perfección, de actores sociales y la participación es básica. Sin la misma caemos en la "marginalidad" o la exclusión social. Las democracias formales, muchas de ellas "representativas", practican frecuentemente este olvido de grandes sectores de población. Frecuentemente también, estas exclusiones son producto de las fuerzas libres del mercado. En muchas "democracias representativas", hay una amplia legislación en este sentido como aquella que se refiere a los monopolios o la que se refiere a la discriminación por etnia, color o sexo. En realidad, el estado absolutamente "liberal" desde el cual Carlos Alberto ataca la participación, no existe en el siglo XXI. 3. Las palabras de Miranda, puede ser suscrita por aquellos que defienden una democracia participativa, cuando dice: «Dos grandes ejemplos tenemos delante de los ojos: la revolución americana y la francesa. Imitemos discretamente la primera; evitemos con sumo cuidado los fatales efectos de la segunda». Nos parece que el debate fundamental no está ahí, contrastando la experiencia americana con la revolución francesa. El debate crucial esta alrededor de la concepción de la naturaleza humana: "¿Es el ser humano, venido de las manos del creador, intrínsecamente bueno y son las instituciones sociales las que lo conducen por caminos tortuosos y maléficos? Tanto Rosseau como Marx afirman esta premisa...por tanto, la sociedad existente es mala y debe ser cambiada mediante la revolución liberadora (socialismo y comunismo) o debemos dejar actuar al ser humano libremente sin cortapisas para que persiguiendo su interés individual consiga el beneficio colectivo de todos en un estado de competencia perfecta (el liberalismo). Frente a este dilema, los que defienden la democracia participativa verdadera dicen: "el hombre es bueno y malo y la sociedad es perfectible" y todo ello dentro de una concepción donde ve al ser humano inteligente y racional insertado en una sociedad que debe ser cada día más libre, igual y solidaria.

Hasta aquí, la demostración de las falacias defendidas por Carlos Alberto. Al final, Martí fue el más claro de todos los cubanos: "Quiero que la primera ley de la república sea el respeto a la dignidad plena del hombre". Eso es todo...el "hombre de paja", creado por Carlos Alberto no existe...Como tampoco existe, el estado y la economia liberal en el presente. El tema de la sociedad civil, ligado a la participación y las organizaciones no gubernamentales y la descentralización del estado que está en la agenda de todo gobierno, viene a resolver el problema de un estado absoluto y omnipotente que sepultó la sociedad en aras lo lo colectivo o de un individualismo a ultranza que se ha olvidado de las exclusiones sociales. Esta agenda pasa por la participación ciudadana. Carlos Alberto, desde su plataforma democràtica debería defender y no atacar estos conceptos...o mejor aún...debería salir al paso de demagogos como Chávez que desnaturalizan el concepto de democracia participativa y así ayudar a darle su justo sentido en la futura realidad cubana.

Nelson Amaro - Guatemala
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Ricardo E. Trelles
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Re: La peligrosa guerra de las palabras... - 2005/11/20 23:13 Vayamos a los principios

Las etiquetas que crean ilusiones y suenan bien son instrumento usual de demagogos y otros manipuladores. Lo que importan son los principios. Juzguemos los principios y no nos dejemos confundir por las etiquetas, de "participativa", de "soberanía popular", de "ley natural", de "propiedad privada".

El tema es complejo y extenso, pero no tan difícil.

Sin embargo, sigo sin encontrar una definición clara de qué quieren decir por democracia "participativa" como la alternativa que dan la impresión de que es al sistema representativo de decisión colectiva.

Si quieren llegar lejos con esas ideas, tienen que ser claros. ¿Cuáles son los nuevos procedimientos que aportaría la alternativa participativa y, si es el caso, cuáles serían abandonados? Por ejemplo, ¿sería un requerimiento básico que cada elector hiciera una reafirmación semestral de sus elegidos usando alguna técnica practicable? ¿Plesbicito de cada decisión parlamentaria que no gane el 75% de votos? ¿O sólo la instauración de eventos de ilusión democratica, como asambleas de barrios para que la gente se desahogue un poco?

Si no se hace una presentación clara y práctica de cómo es esta supuesta alternativa al actual sistema, sólo se crean ilusiones vanas en unos y temores en otros. En quienes sienten que sus ideas no son atendidas y en quienes ven en riesgo las ventajas que tienen en el actual sistema *porque se ejecuta mal*. Ya está Montaner llamando e interpretando como "revolucionaria" a la democracia "participativa".

Si de lo que se trata es de procedimientos para hacer funcionar la Democracia Representativa bien, sería mejor que hablaran de "DR Completa", "DR Total", o algo así. Y también tendrían que ser específicos en los procedimientos propuestos.

Siempre evito criticar algo si no tengo alguna idea sobre cómo al menos comenzar a encauzar la circunstancia criticada. En este caso tengo la propuesta de una vieja idea para que, creo yo, de forma simple y práctica comenzar a mejorar enormemente la DR.

Se trata de trabajar para lograr:

1. Que en cada boleta electoral junto con los candidatos propuestos se incluya siempre la alternativa expresa "NINGUNO DE LOS ANTERIORES". (Esto es más apropiado que forzar la usual línea en blanco para este uso.)

2. Educar a los electores en la idea de que siempre pueden votar por un candidato mejor que todos los propuestos, votando por "NINGUNO DE LOS ANTERIORES"; por lo que está en su acción conseguir que surjan y se desarrollen los candidatos que se necesitan.

Tanto los vendedores de ilusiones como los aprovechadores de los fallos del sistema como se practica usualmente, van a protestar airadamente e inventar todo tipo de argumentos opuestos. No importa; la adición anterior es tan simple, clara y justa, que a la larga sería imposible de impedir.

Poooor supuesto que un sistema democrático efectivo tiene cuantiosos otros requerimientos. La idea anterior es sólo para tener un estimulo importante a conseguir esos requerimientos. Y poooor supuesto que el buen funcionamiento de la sociedad requiere del ciudadano mucho más que su participación en la gobernación democrática. Sobre esto último tendríamos que hablar (¡y hacer!) mucho también.

Saludos,

Ricardo E. Trelles http://MHEC.humanists.net
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Gerardo E. Martínez-Solanas
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Re: La peligrosa guerra de las palabras... - 2005/11/22 03:00 Más allá de los principios

Si hemos de defender en estos foros a la democracia participativa genuina, estamos obligados a defender también el derecho de cada pueblo a decidir por sí mismo las características del sistema de gobierno que debe mantener la cohesión del Estado. No me cabe ninguna duda de que cada pueblo, si se le permite manifestarse y decidir en libertad, llegará a conclusiones distintas y a estructuras participativas muy diversas.

Por esa razón, en la sección de “Documentos” publicamos sin comentarios los puntos de vista que provienen de países muy diversos, siempre que contribuyan al propósito común, que no es otro que descentralizar los gobiernos a un nivel suficiente que facilite la participación popular dentro de estructuras e instituciones eficaces.

Por supuesto, se trata de buscar fórmulas de descentralización que no lleguen al extremo del caos anarquista. Se trata también de desenmascarar a gobernantes que dicen promover la democracia participativa mientras que fomentan una nefasta oclocracia o una dictadura de las mayorías, en el mejor de los casos, o se ponen el disfraz de demócratas con la creación de instituciones legislativas y ejecutivas que sólo funcionan bajo lineamientos dictatoriales, en el peor de los casos.

Como no estamos defendiendo la democracia directa sino la participación del pueblo al grado más alto posible en la gestión administrativa del gobierno, concebimos a la democracia participativa que así se propone como una meta de la evolución de las democracias representativas, que son perfectibles por naturaleza dentro del libre debate nacional y que, por lo tanto, tienden a descentralizar el poder cuanto más se consolidan en la vida de sus pueblos. En otras palabras, toda democracia participativa tendrá siempre elementos de representatividad para poder conducir con eficacia la gestión de gobierno.

La propuesta concreta que hace nuestro amigo Trelles de incluir una opción de “Ninguno de los Anteriores” entre los candidatos a cualquier cargo público, es buena y, de hecho, ya se practica en algunos lugares. Diría que también se debiera incluir esta opción en las consultas plebiscitarias o referendos, para darle al votante la posibilidad de rechazar las alternativas que se le ofrecen cuando éstas son confusas o mal intencionadas.

Cualquier elemento que facilite, como éste, la manifestación de la voluntad popular y su eficaz aplicación debe contar siempre con el respaldo decidido de todos.
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