Miguel Saludes
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Un cóndor vuela sobre la Habana y se posa en Miami - 2006/02/27 22:03
En la década de los setenta América Latina vivió uno de sus momentos más convulsos. Los movimientos guerrilleros proliferaban en gran parte de la geografía del sub-continente. La presencia de gobiernos oligárquicos y generales golpistas de uniformes entorchados adueñados del poder, así como la pobreza reinante en esta zona del mundo justificaban la lucha armada en pro de la liberación.
En Cuba seguíamos con atención el avance de las fuerzas populares que trataban de acabar con el sistema de explotación capitalista y cada victoria guerrillera era vista con fervoroso optimismo revolucionario. Parecía que en pocos años la Isla, denominada Faro del continente, no estaría sola en el contexto regional y que nuevos países la acompañarían en la construcción del sistema socialista.
Es curioso que el único lugar que no aparecía padeciendo de estos focos insurreccionales fuera México, el único país que mantuvo las relaciones con Cuba y se negó a seguir la política de aislamiento decretada por la OEA. El fracaso del Ché Guevara en Bolivia, más que un revés, se presentaba entonces como la chispa que había provocado el incendio revolucionario latinoamericano. Salvador, Guatemala, Nicaragua, Perú y hasta el Uruguay carente de selvas y montañas, caían en el círculo de la violencia armada. Los espacios noticiosos cubanos seguían a diario cada acción llevada a cabo por los grupos rebeldes en esos lugares.
Por otra parte en Chile, a pesar de no alcanzar una amplia ventaja en los votos, se alzaba como presidente el socialista Salvador Allende. Casi de inmediato el país andino reinició las relaciones con Cuba, ejemplo seguido por otros gobiernos el área, entre ellos el de Argentina, al ser restituida la democracia.
A nivel internacional se movían los complejos hilos de la Guerra Fría en un enfrentamiento ideológico que se dirimía en terrenos ajenos, donde los bloques encabezados por Estados Unidos y la Unión Soviética pujaban por aumentar sus zonas de control e influencia. Ser aliado de alguna de las dos partes era la norma seguida por muchos gobernantes, partidos políticos y movimientos armados. De esa forma buscaban garantizar ayuda económica, asistencia militar para fortalecer su poder o para llegar al mismo. Mientras en Europa y Asia se apreciaban con nitidez las fronteras desde las que Moscú y Washington se miraban con recelo, hasta 1959 América había quedado alejada de las posibilidades soviéticas.
A partir del arribo de Fidel Castro, Cuba quedó fuera del control norteamericano, y para beneplácito del Kremlin pasó a gravitar en su órbita, jugando un papel preponderante en la conducción de Sudamérica a la lucha armada favorable a los intereses del comunismo. No es extraño que Estados Unidos tratara de impedir a toda costa la materialización de ese plan, y a pesar de la justicia contenida en los reclamos hechos por los pueblos de la región, sobre ellos se impusieron los intereses políticos.
Es en este marco histórico donde se tiene lugar la llamada Operación Cóndor, un plan trágico, macabro y erróneo, que tuvo como objetivo impedir que la influencia de Cuba y la Unión Soviética terminaran dominando en esta parte del mundo. Para la aplicación de esa operación se utilizaron métodos crueles e inhumanos hasta lo injustificable, donde se hizo amplio uso de torturas, desapariciones y violencia de todo tipo. A tres décadas de la Operación Cóndor el eco fúnebre de su vuelo sigue dejándose escuchar.
En la feria del Libro de La Habana, que actualmente tiene lugar en varios puntos de la Isla, fue presentado un libro sobre el tema. Stella Calloni, su autora, utilizó como fuente el trabajo investigativo realizado por un expreso político paraguayo quien sufrió en carne propia aquella realidad. La escritora argentina trata de revivir el horror de aquella época aunque desde un enfoque parcializado. La presentación del libro contó con la presencia del gobernante cubano y tuvo como escenario los predios de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana. Como fondo decorativo nada mejor que el muro de banderas negras, erigidas hace pocas semanas frente al edificio diplomático. No obstante no todo fue luto en la actividad, amenizada con la música trovadoresca de Santiago Feliú (seguro que allí no interpretó alguna de sus composiciones satíricas sobre el Comandante) y Gerardo Alfonso, así como por la representación porteña de Federico Bonassi, intérprete de un rock llamado insurgente, al parecer para que no se perdiera el matiz revolucionario del acto. Y es que el volumen "Operación Cóndor. Pacto criminal" vino muy oportunamente a esta cita cultural habanera para servir como propósito manipulador más que de interés histórico. "Con este libro —afirmó la periodista— no quise hacer literatura ni conseguir estrellato, sino cumplir con la memoria".
Pero en la memoria de Stella no quedó lugar para recoger los antecedentes de aquella operación y que no son otros que la labor desestabilizadora y la infiltración dirigida desde La Habana, iniciada el mismo año 59 con el desembarco de un grupo armado en las costas panameñas. Aunque la participación cubana fue desmentida reiteradamente en aquel caso, los acontecimientos posteriores ocurridos en Venezuela y en la misma Bolivia darían razón a los que acusaron a Cuba por el acto de intromisión. En los años 80, en pleno proceso de cambios en la URSS, los cubanos pudimos leer el trabajo de una periodista soviética, publicado en la revista Tiempos Nuevos que ponía el dedo en la llaga acerca del problema chileno.
El artículo describía como las fuerzas más radicales de la Unidad Popular contaban con arsenales enterrados en varios cementerios locales, listos para ser utilizados en una presunta toma del poder por la fuerza. La procedencia de las armas apuntaba hacia el Caribe. También muchos chilenos se quejaban de la manera en que los cubanos influían en los asuntos de su país a través de su trabajo como asesores. Se trata entonces de hacer un juicio objetivo de todos los factores que dieron lugar a la horrenda misión identificada con el nombre del ave nacional de varios países de la franja andina. Lo más inusitado de la velada fue la declaración hecha acerca de que el exilio cubano, englobado en esa caracterización de mafia anticubana puesta de moda por la propaganda totalitaria, fue uno de los puntales de aquella operación.
Querer meter al exilio cubano entre los ingredientes de esta olla de rencor e inquina, como si toda esta macabra idea sido suya y hubiera contado con su plena participación, resulta una infamia, una canallada que cuenta en su hechura con la colaboración de personalidades cargadas de un odio visceral, quizás justificado, pero que termina por ser irracional. Me pregunto si personas que presentan este tipo de problemas, llegado el momento, no serán capaces de reaccionar con acciones represivas al estilo de las que caracterizaron a Cóndor si se les diera motivos para hacerlo. El fanatismo, la ambición, el odio hacen que el individuo termine por actuar de la misma manera. Solamente el amor, la comprensión y la reconciliación serán los mejores remedios, no para olvidar hechos como la Operación Cóndor, sino para evitar que estos se reproduzcan en otras situaciones.
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