Gerardo E. Martínez-Solanas
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La OTAN interviene en Africa, pero sólo a medias - 2008/04/26 13:59
Poco se dice de la importancia ni del éxito de tantas misiones realizadas por las democracias occidentales o por la OTAN en diversos países azotados por la violencia, el terrorismo y/o el genocidio, sobre todo en el continente africano. La tendencia de los medios es la de destacar errores, fracasos, crisis y agudas controversias en los países que generosamente contribuyen a estas misiones, principalmente en Estados Unidos.
La crítica abierta, la protesta y hasta la resistencia cívica de sectores que se oponen a la "guerra" o a la "intervención", a veces con mucha razón, son características del sistema democrático. No obstante, no basta la razón para que pueblos sometidos y abusados puedan manifestarse sin sufrir la represión. Poco se habla de su calvario hasta que estallan desesperadas protestas o rebeliones. Una de esas pocas voces fue la de Benedicto XVI en su reciente discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas:
"Todo Estado tiene el deber primario de proteger a la propia población de violaciones graves y continuas de los derechos humanos, como también de las consecuencias de las crisis humanitarias, ya sean provocadas por la naturaleza o por el hombre. Si los Estados no son capaces de garantizar esta protección, la comunidad internacional ha de intervenir con los medios jurídicos previstos por la Carta de las Naciones Unidas y por otros instrumentos internacionales. La acción de la comunidad internacional y de sus instituciones, dando por sentado el respeto de los principios que están a la base del orden internacional, no tiene por qué ser interpretada nunca como una imposición injustificada y una limitación de soberanía. Al contrario, es la indiferencia o la falta de intervención lo que causa un daño real."
El silencio, a veces cómplice, complica la tendencia de los medios a destacar lo negativo y, en consecuencia, alimenta y exacerba la oposición a las misiones que la comunidad internacional debe emprender, incluso las destinadas al esfuerzo humanitario, sin subrayar siquiera que con frecuencia sus oponentes no ofrecen soluciones alternativas plausibles en la obligación que tiene la comunidad internacional de defender los derechos humanos y hacer frente a los enemigos de la paz y la estabilidad internacionales.
Por supuesto que las decisiones de la OTAN y/o de EEUU no siempre son transparentes ni acertadas, como ha quedado en evidencia en Irak. También hay que reconocer que demuestran y han demostrado un lamentable desinterés frente a tragedias tan espantosas como los genocidios de Rwanda y Burundi a fines de siglo y el de Darfur en nuestros días o el del Tíbet, que durante medio siglo sólo logró despertar el interés internacional con el estallido reciente de una desesperada rebelión.
Pero podemos afirmar que estas son las excepciones. Podemos afirmar que la OTAN o EEUU han intervenido efectivamente en muchas tragedias que no implican un interés estratégico o militar. Muy poco significan para los intereses comerciales, financieros o estratégicos de las democracias occidentales países como Liberia, Sierra Leona, Camerún, Guinea Ecuatorial, Gabón, Ghana, Senegal o Sao Tomé y Príncipe, pero en todos ellos la intervención extranjera ha impedido tragedias mayores. En los casos de Liberia y Sierra Leona no fue suficientemente oportuna y las potencias contemplaron desde la cerca durante demasiado tiempo el fracaso de las escasas e inadecuadas fuerzas de la Organización de la Unidad Africana, como lo han hecho en Darfur.
No obstante, han realizado una destacada labor de intervención y han logrado persuadir a países influyentes del continente, en particular a Nigeria, Angola y Sudáfrica, de que aceptaran sin protestas ni obstáculos la creciente presencia en el continente de un Comando militar africano (AFRICOM), bajo la responsabilidad mancomunada de la OTAN con algunos países del continente. Su mando ha sido compartido entre el Reino Unido, Camerún, Francia, Alemania, Ghana y Portugal, con EEUU prestando el principal apoyo militar, especialmente naval.
Esta labor se ha dedicado a sostener las débiles e incipientes fuerzas democráticas de los países mencionados, a dar adiestramiento y armamento moderno a tropas africanas y fuerzas navales guardafronteras que intentan apuntalar gobiernos moderados y a fomentar su creciente eficacia para combatir la piratería, el tráfico de drogas, el tráfico esclavo, las migraciones descontroladas, las guerras tribales, la pesca ilegal y el robo de petróleo y otros productos básicos por bandas bien armadas por los enemigos de la democracia. Esto contrasta con las enormes ventas de armamento por parte de China a los gobiernos malvados de Sudán o Chad o los que llegan "de contrabando" con el contubernio libio, iraní y yemenita a las fuerzas islámicas de Somalia, Eritrea o Sahara Occidental. Por no adentrarnos, por falta de espacio, en el apoyo chino al dictador Mugabe.
Por otra parte, la labor negativa de la propaganda, sumada a los errores de Donald Rumsfeld en su oportunidad, han logrado afianzar la hostilidad africana ante una percibida "militarización del continente por los americanos". Esa es la razón por la cual AFRICOM no ha establecido su sede en el continente y debe operar desde Europa. Es así como muchas de estas iniciativas se realizan a medias y acaban por no resolver nada.
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