Gerardo E. Martínez-Solanas
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Líderes y caudillos - 2008/01/13 18:27
La presentación que ha hecho Elena Blanco en otro foro de un artículo del Dr. Octavio Dilewis, titulado “Depurando a los Falsos Líderes” me impulsa a una tarea que creo pertinente de desenmascarar una más de las tantas tergiversaciones semánticas de los enemigos de la democracia.
Se trata del significado auténtico de "líder", un sustantivo que el español ha tomado del inglés y que se aplica preferentemente al significado tradicional de palabras tales como “jefe”, “guía” o “dirigente”. No obstante, los caudillos y dictadores la han adoptado como un título de legitimidad en contextos populistas y demagógicos. De aquí que Fidel Castro haya sido ensalzado como “Máximo Líder de la Revolución” y Chávez se autotitule líder de la Revolución Bolivariana.
Confunden los dictadores con el título que ensalza para disfrazar su verdadera condición de "caudillos". Efectivamente, el caudillo es también un jefe, pero en el ámbito castrense. Es un jefe que se rige por la disciplina del guerrero. Su objetivo es el poder y el medio favorito para lograrlo es la revolución o la guerra.
Por el contrario, el verdadero líder es el que habilita y motiva a otros, y el que ejerce el poder que le otorgan sus seguidores como un mandato administrativo. Es decir, su propósito no es el control sino el servicio en la administración de ese mandato. Su liderazgo implica con frecuencia iniciativas propias, que comparte con sus seguidores en un proceso de diálogo para llegar a un mandato, que tiene entonces la responsabilidad de realizar como se le ha encomendado. Esto quiere decir que es un guía al servicio de sus seguidores.
Se diferencia del caudillo en que la primera preocupación de éste es la de aferrarse a su posición de poder a cualquier costo. El líder auténtico no cae en esa profunda tentación de sacrificar su propia integridad con tal de no perder su posición ni su poder. Entiende que tener poder es tener la oportunidad de servir con autoridad para que el mandato que se le ha encomendado se cumpla.
En la práctica, esta prioridad del líder de mantener su integridad, su sinceridad y su probidad redunda en que su gestión puede llegar a ser impopular. Pero el líder no depende de su popularidad para seguir siéndolo, sino de ser coherente en el propósito de que hacer lo correcto es lo más importante. Por supuesto que puede equivocarse y que, como consecuencia, podrían sus seguidores retirarle el mandato que le han otorgado como resultado de la pérdida de popularidad de su gestión. En esos casos, el verdadero líder entrega el poder y cede el paso, porque su objetivo no es la dominación.
Esto quiere decir que el requisito para ser líder es la capacidad de dirigir y también la de mantenerse a la vanguardia de las ideas y del progreso. Pero deja de serlo cuando siente la necesidad de probar que es líder. El caudillo demuestra constantemente su poder y lo utiliza para reemplazar la autoridad genuina. Necesita impresionar con su fuerza para probar que él es el jefe. Y lo hace para perpetuar su poder.
Los caudillos son tan ineficaces en su gestión como en su pretensión de ser líderes o guías de los demás porque gastan demasiado tiempo enfocándose en el poder que tienen o que buscan y emplean todas sus energías en tratar de imponer sus ideas y proyectos particulares, en lugar de concentrarse en el trabajo que les corresponde realizar y en aplicarse a cumplir con el mandato que los ha ensalzado a la posición que ocupan. He ahí los ejemplos de los hermanos Castro, Chávez, Morales y Ortega en nuestro mundo de hoy. ¿Cuáles son los logros de estos caudillos para el beneficio y el progreso de sus pueblos?
Sólo es genuino el líder que desempeña el papel de servidor, el que ve las necesidades de la comunidad, las comprende y guía a los suyos para buscar soluciones satisfactorias para todos. El verdadero líder experimenta una verdadera liberación en la entrega del poder y del control. Sencillamente ha cumplido con su deber y consumado su obligación. Este es el secreto de un verdadero líder.
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