Gerardo E. Martínez-Solanas
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Re:Más que darte la palabra - 2007/09/01 12:48
Ha dado en el clavo Yaxys cuando nos hace notar los problemas que podría enfrentar un sistema altamente participativo de gobierno.
Efectivamente, el principio de subsidiariedad, que es el que le da base al concepto de democracia participativa, es muy hermoso en teoría, pero se presta a toda una suerte de caciquismos, regionalismos, rivalidades y, sobre todo, a un aumento oneroso de la burocracia.
En el Condado de Miami-Dade, en el sur de Florida, por ejemplo, se han creado una serie de municipalidades que subdividen el área metropolitana de la ciudad, algunas con territorios de pocas manzanas a la redonda y todas con sus alcaldes, concejales, comisionados, cuerpo de policía, cuerpo de bomberos, etc., etc. Con lo que se duplican y multiplican los servicios municipales y su consecuente burocracia a todo lo largo y lo ancho de esa ciudad.
Es muy difícil ahora reconsolidar a todo el Condado en un solo municipio eficiente que sea mucho menos redundante en su burocracia porque los ciudadanos de cada uno de ellos temen perder entonces influencia, voz y voto en las decisiones locales.
A su vez, estos son problemas que tiene que resolver la propia ciudadanía, por ejemplo promoviendo un debate público que podría llevar a fusiones de municipios muy pequeños después de un referendo de consulta (algo que ya ha sucedido ocasionalmente) o a fusionar algunos servicios de varios municipios para darles mayor eficiencia.
Pero el meollo de la cuestión consiste en identificar las actividades y decisiones que son más eficaces a nivel local, municipal, provincial o nacional y establecer parámetros ordenados por la constitución y por las leyes que mantengan la unidad del cuerpo nacional. En otras palabras, hay que respetar un orden nacional democráticamente establecido.
En el caso de España, con las autonomías regionales, se corre el peligro muy real de la desintegración nacional. Debieran aprender de Suiza lo bien que se han llevado sus cuatro regiones sin necesidad de debilitarse mediante la desintegración. En Italia hay también marcadas diferencias étnicas o regionales, pero el país se ha mantenido acertadamente unido y fuerte.
Sin embargo, se dan casos en que estas diferencias son demasiado profundas. Cuando es así, imponer la unidad es contraproducente por el resentimiento y la inestabilidad que produce.
La República Checa y Eslovaquia se separaron amigablemente y ahora ambas son parte del conjunto supranacional de la Unión Europea. Hizo bien Havel en abrir la mano. Más o menos así intentó hacerlo Ghandi con la partición de India y Pakistán, pero demasiado tarde, cuando ya había corrido bastante sangre y siguió corriendo por la rivalidad irreconciliable creada entre los dos pueblos. La fragmentación de Yugoslavia es un ejemplo todavía más cruel y trágico de lo que sucede cuando se intenta mantener la integración nacional por la fuerza. Por su parte, el Reino Unido va abriendo las manos poco a poco, sin obstinarse en su pasado imperial. Aprendió con la cruenta secesión de Irlanda que no vale la pena mantener unidos a quienes no quieren estarlo. Próximamente Escocia decidirá en consulta popular que rumbo seguir. Todo parece indicar que Londres respetará la decisión de los escoceses.
Cuando existan democracias participativas más avanzadas estas secesiones se producirán sin necesidad de plantear una crisis. Será una decisión popular que todos deberán respetar. En esas circunstancias las fusiones de dos entidades políticas en una sola serán también más fáciles, porque no podrán ser entorpecidas por los intereses creados y las ambiciones políticas de las elites. En las democracias participativas auténticas el pueblo siempre tendrá la última palabra.
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