Gerardo E. Martínez-Solanas
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Maritain: Humanismo, Cristianismo y Democracia Participativa - 2007/08/20 17:37
Filosofía Cristiana y Doctrina Cristiana son dos cosas distintas. La doctrina se basa en dogmas de fe y en una “revelación”. Por el contrario, se conoce como “Filosofía Cristiana” la evolución histórica de ciertas tradiciones filosóficas que tienen sus raíces en Platón y Aristóteles y son gradualmente interpretadas bajo la óptica de la teología cristiana, promovida por filósofos y teólogos medievales que se dedicaron a demostrar que la filosofía griega y la doctrina cristiana eran métodos compatibles. Tomás de Aquino, Agustín de Hipona, Anselmo de Canterbury y muchos otros van moldeando esta filosofía que recoge Jacques Maritain en el Siglo XX para incorporarla en la filosofía política de la época contemporánea.
Es común comprobar que muchos eruditos rechazan la posibilidad de que algún pensador pueda ser al mismo tiempo un verdadero filósofo y también un fervoroso adherente de cualquier “revelación” religiosa. Para ellos, todos sus intentos de síntesis fracasan ante la aplastante subjetividad del dogma religioso.
No obstante, la “apologética” intenta demostrar que la síntesis entre ambas posiciones es posible. Se trata de utilizar fundamentos y razonamientos filosóficos como medios de demostrar los principios religiosos. Otros, como Maritain, optan por no partir de sus creencias religiosas en la elaboración de esta síntesis sino proceder al análisis filosófico y tratar de descubrir en el proceso determinadas verdades o principios compatibles con su propia fe o doctrina. Este es un camino espinoso para los medios ortodoxos de las religiones porque al aplicar la filosofía analítica a una religión determinada se subordina ésta a la interpretación filosófica que, para ellos –y con bastante razón– tantas veces conduce al error.
La filosofía política de Maritain no parte por lo tanto de sus convicciones religiosas sino del estricto análisis filosófico que, a su vez, comprende la obra de muchos filósofos cristianos. Utiliza también la herencia cultural del cristianismo como meollo del pensamiento ético occidental y su influencia sobre lo social, lo económico y lo político.
En ese sentido, da un paso delante de Chesterton y de Kierkegaard porque se adentra en cuestiones como la aplicación del humanismo a la política y la estructura del Estado, elaborando en el proceso un planteamiento que sirve de origen al concepto contemporáneo de la democracia participativa. Por supuesto que muchos de los principios que enumera en su obra tienen su base en la Filosofía Cristiana. Veamos:
• El derecho del pueblo a gobernarse a sí mismo procede de la ley natural. • Una ley injusta, aunque sea expresión de la voluntad del pueblo, no es una ley. • Ningún agente ni institución humana tiene, en virtud de su propia naturaleza, derecho a gobernar a los hombres.
Y así muchos otros pensamientos que se expresan desde una raíz y convicciones cristianas.
Por otra parte, su proyección hacia la democracia participativa cobra cuerpo en “El Hombre y el Estado”, con propuestas como esta:
“La más feliz coyuntura para el cuerpo político se produce cuando los hombres situados más arriba en el Estado son al mismo tiempo auténticos representantes del pueblo. Pienso que en una democracia la vocación de liderazgo –al contrario de la siniestra imagen que nos ofrece el partido único de los Estados totalitarios– debería normalmente ser ejercida por pequeños grupos dinámicos libremente organizados y múltiples por naturaleza, que no estuvieran interesados por los éxitos electorales, sino que se entregaran por entero a una gran idea social y política, y que actuasen como un fermento en el interior o al exterior de los partidos políticos.”
Desarrolla la idea participativa con más precisión en “Humanismo Integral”, donde propone:
“Un régimen representativo en que el legislativo y el ejecutivo se distingan más claramente, y en que las dos funciones del ejecutivo, que son el poder de decretar y el poder de mandar (las que corresponden al ejercicio existencial de la autoridad) las ejercerían órganos gubernamentales emanados del sufragio indirecto y responsables ante el supremo órgano rector, el que sería elegido directamente por el pueblo.”
De aquí surge la idea que elaboramos hoy día de un sistema escalonado de gobierno mediante un Poder Legislativo que emana de los mandatos de la base popular. Nos sigue diciendo Maritain:
“Las asambleas representativas tendrían entonces la misión de preparar las leyes propiamente dichas, o de definir las reglas generales de la vida común (poder que corresponde al iudicium y concierne a las formas estructurales de la sociedad) de organizar el trabajo ejecutivo en estrecha colaboración con los órganos gubernamentales, y de controlar a estos últimos …”
Este sistema, basado en principios de “filosofía cristiana”, como lo plantea Maritain en sus obras, desemboca en el concepto moderno del Poder Ejecutivo como un administrador de los mandatos del pueblo, debidamente formulados y codificados por el Poder Legislativo o expresados en consulta popular plebiscitaria, y según los interprete desde la óptica constitucional el Poder Judicial.
Para terminar, debo hacer hincapié en que la identificación “cristiana” de un partido político debe señalar a fundamentos filosóficos y no religiosos para que sea legítimo. Los partidos teocráticos, por el contrario, son intransigentes, excluyentes y subordinados a las autoridades eclesiásticas. Es legítimo hablar de una “ideología” cristiana, como se habla de una ideología marxista o de cualquier otra, pero no de una doctrina o dogma como elemento rector de una política. Es decir, es legítimo apoyarse en una serie de principios fundamentales y bases ideológicas que sustentan el programa político que ese partido intenta aplicar en caso de formar gobierno. Por ese estigma que convierte en “políticamente incorrecta” la palabra “cristiana”, utilizan en muchas partes del mundo los partidos políticos que siguen esta ideología términos más ambiguos como “popular” (los Partidos Populares europeos), “de Centro”, etc. No debería ser necesario ocultar su herencia cristiana como una opción más dentro del arco iris ideológico de las democracias auténticas.
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