Marcos Villasmil
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PRIVADOS DE PRIVACIDAD - 2007/08/04 13:22
Privados de Privacidad
“Devuélvanme mi privacidad.” Lindsay Lohan Noticia aparecida en InternetMovieDataBase (IMDB.com), el 26 de julio de 2007
Una de las más obvias consecuencias de la globalización tecnológica es la ruptura ¿final? de todos los diques de contención en materia de límites entre los ámbitos privado y público. Y esto es así, entre otras cosas, porque los medios de comunicación se han dado cuenta que, con un mercado a nivel planetario, todo es mercadeable, todo tiene una demanda posible, todos somos potencialmente mercancía.
Todo el mundo se ha tropezado alguna vez en su vida, así sea en la barbería, o salón de belleza, con las llamadas “revistas del corazón”, auténticas muestras de abalorios de la vida y obra de las personalidades de moda, que venden en exclusiva detalles de todo tipo de su vida –bodas (y las razones para ella), divorcios (ídem), bautizos de hijos, entradas en clínicas de rehabilitación, emparejamientos, conchupancias o pleitos. La privacidad cedida al mejor postor.
Lo más interesante es que no es obligatorio poseer méritos especiales, carismas específicamente notables, dotes de inteligencia, ni siquiera una vida muy avanzada. En este fenómeno de “mercadear todo” Ud. consigue biografías de estrellas de cine, atletas o simples asistentes de famosos que no llegan a los treinta años, brindándonos a los consumidores sus experiencias de vida. Y es que, insistimos, hay mercado para todo y para todos, porque, nebulosos e irreconocibles los límites de lo que es decente (¡que palabra tan fuera de moda!) o lo que tiene valor, lo que vende es lo que cuenta; toda nuestra vida es una mercancía a la espera de alguien que ofrezca algo por airear nuestras intimidades.
Me siento inclinado a pensar que la cosa arranca hace ya muchos años, con los famosos talk-shows, como el de Jerry Springer, donde se daban –y siguen dándose- las combinaciones más extravagantes de personajes, en las situaciones más truculentas posibles: “esposa que monta cachos a su marido con su mamá (la de él)”; “mi novia me dejó por un transexual”, etc.
En esto, los españoles le ganan a los mismísimos norteamericanos, que con lo del destape luego de la muerte de Franco, hace más de treinta años, la cosa lo que hizo fue erupcionar –y eructar- toda una serie de represiones y expresiones de mal gusto, que todavía hoy se muestran en los medios hispanos. Recuerdo por ejemplo una vez en la cual un ¿periodista? le preguntaba a una muchacha, visiblemente afectada, víctima presunta de una violación, ¿qué sentiste?
Ya en los noventa este destape de lo íntimo se aceleró en casi todo el mundo gracias a la entrada masiva al mercado de millones de jóvenes y adolescentes como consumidores con gran poder adquisitivo, unido ello a los avances del llamado “relativismo ético”. Hizo entonces su entrada triunfal la “reality TV”, con programas donde –por ejemplo- una familia del show-business venida a menos, como los Osbourne -Ozzy, el padre, hoy vejucón, fue el cantante del grupo de rock “Black Sabbath”- nos muestra qué hacen las 24 horas del día.
Como no puede ofrecerse todo lo de todos por la TV, se han inventado estas páginas de encuentro-intercambio de experiencias, como “MySpace”, o la mismísima “YouTube” donde cada cual coloca lo que más le plazca sobre su vida –o la de otros-, con el fin de darse a conocer, o hacer supuestas amistades –en My Space hay gente con miles de amigos-. Un fenómeno psicológicamente curioso: la exposición en vivo de la intimidad con el objeto de conseguir nuevas –y públicas- intimidades.
Recientemente algunos medios y periodistas se han atrevido a criticar la locura que como una verdadera avalancha está caracterizando la oferta mediática hoy, en especial con el caso de esta celebridad sin oficio ni logros conocidos –salvo que su familia tiene muchos cobres- llamada Paris Hilton. Hagamos un pequeño experimento: coloquemos en “search” de YouTube su nombre. Bueno, aparecen, un total de 77.900 videos sobre esta chica de vida bastante estrafalaria. Coloquemos ahora este otro nombre: “Meryl Streep” (sin duda alguna, una de las más grandes actrices en la historia del cine). Bueno, de ella solo aparecen 1.560 entradas. Se me dirá que claro, la vida tan escandalosa de la Hilton incita a este resultado. Vayámonos entonces a Google, donde la cosa no es tan solo con videos. Bueno, aquí la paliza se mantiene: 59.700.000 la Hilton, 2.530.000 la Streep.
Lo que olvidan todas estas supuestas celebridades y quienes comparten esta visión sin límites de la vida, es que esta pérdida de privacidad social ha traído consigo la eliminación de la privacidad individual (y viceversa), y que ello no es similar a quitarse una camisa para ponerse otra; es más bien como la virginidad, que luego de perdida vaya Ud. a ver cómo la recupera. Y es que rotos los diques, no hay quien pare la inquisición mediática, como le pasó a la Hilton en su reciente estancia carcelaria, o le está pasando a esta joven starlet Lindsay Lohan, quien luego de haber aparecido en la última película de un gran director recientemente fallecido, Robert Altman –trabajando con Meryl Streep, quien era su madre fílmica- juró y prometió que enderezaría su vida, que solo filmaría “películas serias” (¿quién sabe cuáles son? las películas, para empezar, son buenas o malas, y hay comedias extraordinarias e irreverentes al mismo tiempo, como la considerada por muchos la más grande de todas, “Some Like it Hot”, de Billy Wilder, con Marilyn Monroe, Jack Lemmon, etc.). Al tiempo, la chica ha vuelto a las andadas.
Lo peor de todo es que en este cambalache postmoderno pagamos justos por pecadores; vaya Ud. a decirle a un periodista (sobre todo si trabaja para la llamada “prensa amarilla”) que le respete su intimidad, y cálese sus ladridos indignados. En esta llamada sociedad de masas, la renuncia voluntaria por parte de algunos a la privacidad se ha convertido en una verdadera tragedia destructora de valores, cuando llegados al terreno de lo patológico, tocamos las costas procelosas del exhibicionismo. La trágica lección-consecuencia es que, cuando todo es mercadeable, exhibirnos en nuestra propia deformidad, recompensa. Y que el escándalo –otra palabra pavosa y fuera de moda- ya no existe.
Bien dice Umberto Eco que “la defensa de la privacidad no es sólo un problema jurídico, sino moral y antropológico cultural. Tendremos que aprender a elaborar, difundir y premiar una nueva educación de la intimidad, educar en el respeto a nuestra propia privacidad y a la de los demás.”
Y es que, como también recuerda Eco, nos hemos olvidado que, tradicionalmente – y afortunadamente- en la vida privada se lavaban no sólo los trapos sucios de la familia, sino también los limpios.
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