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FORO PARTICIPATIVO / PARTICIPATIVE FORUM
 
Gerardo E. Martínez-Solanas
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La Democracia Participativa no es una oclocracia populista - 2007/04/27 11:47 Estamos siendo condicionados en contra del concepto de “democracia participativa” por sus propios transgresores autoritarios y totalitarios, como antaño hicieron con tanto éxito con la etiqueta de “democracia popular”. No obstante, el concepto genuino de “popular” ha sido rescatado en los últimos tres lustros por los Partidos Populares europeos, auténticamente democráticos. Lo mismo sucederá con el de “participativa” a medida que queden desenmascaradas las burdas tergiversaciones de los ambiciosos de poder.

Cuando hablamos de democracia participativa no nos limitemos al concepto de participación democrática como se aplica en grados diversos en muchos países.

Las democracias representativas que funcionan en el mundo de hoy fomentan la participación democrática por medios muy diversos, que van desde las juntas comunitarias hasta los plebiscitos. Cuanto mayor es el grado de participación que permite el mecanismo representativo más se acercan los sistemas democráticos modernos al concepto, aún no aplicado en la práctica, de la democracia participativa.

El punto de transición se produciría cuando se confeccionaran sistemas sociopolíticos en los que la participación propiciase la toma de decisiones por mandato. Ese mecanismo que permitiría al pueblo o a sus sectores organizados tomar decisiones y convertiría al Poder Ejecutivo en un Poder Administrativo al servicio de sus ciudadanos sería una democracia participativa genuina.

Por lo tanto, la forma indiscriminada como califican en Cuba, Venezuela, Bolivia y otros lugares los sistemas que allí han impuesto o intentan imponer como “democracias participativas” obedece a una estrategia destinada a confundir a los pueblos que aspiran a una transformación sociopolítica que les dé la facultad de decidir y de tomar las riendas de su propio destino. La oclocracia venezolana tuvo y aún tiene la oportunidad de avanzar hacia un sistema de democracia participativa mediante Asambleas en un ámbito político de pluralismo y pluripartidismo. Chávez contó con un amplio mandato de su pueblo. No obstante, esa dictadura inicial de las mayorías que pisotea a la legítima oposición minoritaria es caldo de cultivo de aquellos cuyo verdadero propósito es autoritario y dictatorial y emplean demagógicamente el caos y el desorden oclocrático para ir tomando posiciones de poder.

En Cuba se forjó un sistema de Asambleas para aparentar que el país se alejaba del sistema dictatorial y que institucionalizaba una amplia participación popular en la toma de decisiones a todos los niveles de gobierno. No hay espacio aquí para analizar el trasfondo y las consecuencias del aparato político que allí han establecido. Baste decir que es un sistema unipartidista, unicameral y abrumadoramente presidencialista. Está mucho más lejos de la democracia participativa que cualquiera de las democracias representativas del mundo de hoy, aún de las más presidencialistas.

El férreo unipartidismo del régimen cubano y el centralismo del poder en el Presidente del Consejo de Estado son las características esenciales que demuestran que en Cuba no hay una democracia participativa ni algún otro tipo de democracia genuina. Es tan insultante para su propio pueblo que cualquier régimen aduzca que no puede haber en su país un movimiento autóctono de oposición, que carece absolutamente de validez y legitimidad el argumento de que cualquier manifestación opositora en Cuba sólo puede estar guiada y controlada por intereses extranjeros, como si en toda la población de millones de ciudadanos no existiera la capacidad mínima de disentir y de pensar por sí mismos. Se desautoriza así la posibilidad de llegar a conclusiones y soluciones mejores que las que propone la elite gobernante que se arroga el derecho a tomar todas las decisiones y califica de delito cualquier intento de hacer otra cosa.

En la realidad, esa es la característica definitoria de un régimen absolutista o totalitario.

Otra característica definitoria es la ausencia de una estructura jurídica que reconozca o, al menos, respete los derechos humanos y las libertades fundamentales de los ciudadanos y su capacidad de defenderse públicamente de acusaciones alevosas fabricadas por el aparato del Estado opresor.

La gravísima distorsión que provoca el absolutismo en cualquier sociedad tiene sus raíces en el argumento malvado que confunde al Estado con el gobierno. En cualquier sociedad libre el Estado es imparcial en materia política porque se basa en el imperio del derecho, donde el valor de la persona humana tiene primacía. Dirigen el Estado los gobiernos de turno y lo hacen legítimamente cuando cuentan con un mandato popular expresado libremente mediante mecanismos democráticos pluralistas y pluripartidistas dónde el gobierno y la oposición están amparados por los mismos derechos y libertades. Si se tratara de una democracia participativa, esos mismos opositores que hoy el régimen condena habrían tenido la oportunidad previa de defender sus posiciones en las asambleas del poder popular.

Empero, donde el sistema absolutista es totalitario, como se evidencia en el acontecer cubano, la confusión es todavía más malvada porque no le basta con la simbiosis de Estado-gobierno sino que convierte al partido único en símbolo y guardián de los poderes y prerrogativas del Estado.

Como conclusión, sólo quiero recalcar que la lucha por el poder toma un aspecto más dignificado, decoroso y civilista en un ambiente de democracia participativa, donde las decisiones públicas de gobierno se toman con la participación activa del ciudadano y son, por lo tanto, responsabilidad de todos en el esfuerzo de llegar al consenso o a la decisión mayoritaria en un clima de concordia. Que la lucha por el poder no cesa sino que se convierte en el enfrentamiento de las ideas y la síntesis de la razón en la acción comunitaria. Y que el ejercicio del poder adquiere así un carácter de servicio y se transforma en una función administrativa.

La lucha por el poder en la democracia participativa rechaza la violencia y se libra en el plano institucional. En la participación está el medio para defender los intereses individuales en un contexto de comunidad y en su elemento dinámico está la fuerza que disipe la amenaza de los tiranos siempre en acecho. Los enfrentamientos se resuelven con el debate, la aplicación de la ley, la transacción, la tolerancia y la razón. La sociedad resultante es así la obra de todos.

Este consenso de propósitos gestado a nivel nacional podría extenderse como epidemia de paz a todas las naciones. La paz internacional sería posible porque nunca los pueblos quieren la guerra sino que son sus caudillos quienes los conducen a ella. La democracia participativa tenderá puentes de tolerancia entre pueblos y etnias y estrechará lazos de comprensión entre culturas e ideologías. Reinará la concordia para abrir las puertas del progreso universal.

Sugiero a todos los interesados en profundizar en este tema que visiten las páginas de la sección de "DOCUMENTOS" donde aparecen perspectivas sobre este tema desde diferentes partes del mundo.
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La Democracia Participativa no es una oclocracia populista
Gerardo E. Martínez-Solanas 2007/04/27 11:47
 
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