Yaxys Dallan
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Sit tibi terra levis - 2007/04/27 02:20
Que la tierra te sea leve
“Aquí yace el Cardenal Richelieu que hizo mucho bien y poco mal, pero el mucho bien lo hizo mal y el poco mal lo hizo bien”
Los funerales y entierro del ex-presidente ruso, nada envidiable al de los antiguos zares, me hicieron recordar aquello que se decía en mi pueblo de que todos los “muertos era buenos”. En efecto, salvo algunos medios que le presentaban por lo menos como un hombre contradictorio y otras excepciones, como el ex-presidente del Gobierno Español, Felipe González, que escribió notas más duras pero coherentes con la personalidad de Yeltsin, cualquier persona puede pensar que el acontecimiento al que asistimos es la despedida de un político santo o de un comediante de buena voluntad; algunos le han llamado “el que entregó la democracia a Rusia”. Pero cómo no va a ser así, si hasta a la nación del gran Putin fueron los ex-presidentes norteamericanos, el ex-primer ministro inglés y tantas otras excelencias… -dirán algunos.
Muchos en el mundo deseamos celebrar la existencia de una Rusia democrática y con ello el triunfo de la libertad en ese país, pero lamentablemente ello no puede ser. La desaparición del régimen socialista no supuso la llegada del tan esperado sistema democrático. Hoy, casi veinte años después de la estrepitosa caída del entramado estatal comunista, Rusia sigue siendo un agujero negro para la democracia y los derechos humanos. Hay persecución política, hay asesinatos con fundadas sospechas de ser por motivos políticos (como el de la periodista Anna Politkóvskaya), detenciones por protestar contra el gobierno como la reciente de Kaspárov… El Kremlin no admite la disidencia. Numerosas organizaciones internacionales, como Amnistía Internacional, se han hecho eco de las violaciones a la libertad de expresión y derechos humanos en Rusia y en territorios dominados directa o indirectamente por esta. Por otro lado, la corrupción y las mafias están terriblemente impregnadas en todas las esferas de la vida.
Algunos de estos males venían desde el sistema comunista y al ocurrir el cambio no hicieron otra cosa que afirmarse. La pretendida liberalización económica, conducida por Yetsin, consistió en una repartición de los recursos del estado obedeciendo al clientelismo y a la corrupción, oportunidad que aprovecharon algunos –casi todos antiguos miembros del “aparato”- para hacerse con medio Rusia. No hubo ni hay un sistema que retribuya en la gente las ganancias que se obtienen por esa liberalización. En el plano político, después de exhortar el propio Boris Yeltsin a que las ex-repúblicas de la URSS alcanzasen su independencia, más tarde el propio presidente cargaría contra algunas y sus intentos separatistas. En la propia Rusia se comenzó a centralizar cada vez más el poder, claro, nunca tanto como lo ha hecho el presidente actual. Mientras, afuera, Yeltsin era un presidente cómico, jocoso, que era capaz hacer reír a carcajadas a Clinton, de pellizcar a una secretaria en público o de bailar desenfrenadamente un rock.
Hay que reconocer que enfrentó tiempos difíciles; en la práctica a él le tocó enterrar al sistema socialista y a la propia URSS. Pero Yeltsin, después de haber puesto el punto final en el capítulo histórico que Gorbachov había abierto, y contado con el apoyo popular que indudablemente le respaldó a principios de los noventa, tenía que optar entre ser como Prometeo –y disculpen las analogías- y entregarle el fuego, es decir la libertad y los derechos, a los hombres y mujeres de Rusia, o ser como Caronte, y abandonar a los desprovistos de un óbolo obligándolos a divagar por el infierno de la corrupción, la criminalidad y las violaciones de las libertades. No sé cual fue su opción, inclusive no sé si enfrentó tan importante discernimiento. Dios sabrá. Hoy solamente podemos decir como los romanos en la antigüedad: “Sit tibi terra levis”, que traducido al castellano es: “que la tierra te sea leve”.
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