Gerardo E. Martínez-Solanas
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¡TRIUNFA LA VIOLENCIA? - 2006/07/16 18:35
A lo largo de la historia la violencia parece triunfar una y otra vez. No es necesariamente la ley del más fuerte sino, más bien, el hábito de imponerse por quienes están dispuestos a utilizarla con mayor crueldad y con menosprecio por los derechos de los demás. Medran con la timidez de quienes están dispuestos a la negociación, la transacción, el diálogo y la reconciliación. Apuestan a que los amantes de la paz tardarán en reaccionar lo suficiente como para que la agresión, la violación de derechos, el abuso y los crímenes queden impunes y sus perpetradores se salgan con la suya.
La violencia es el sello de las revoluciones, de las dictaduras, de los dogmatismos y de la ambición de poder en todos los sectores de la vida pública. Es una lamentable constante de quienes intentan imponer su voluntad por la fuerza y con los argumentos de la mentira, la envidia y el odio.
Los mansos de este mundo, cuando no son rebaño dispuesto a dejarse apalear, reaccionan con justa indignación en la defensa de sus derechos. Esa reacción causa muchas guerras, pero no es su origen. Son guerras que aspiran a la emancipación o a la defensa de los derechos o al castigo de los abusadores.
El problema consiste en que las cosas no pueden verse sólo en blanco y negro. Hay muchos matices de gris. En los conflictos entre naciones rara vez –si alguna– una de las partes puede adjudicarse toda la razón. Hay demasiados factores envueltos en la ecuación. Habrá siempre razones e indicios para defender posiciones que parecen indefendibles. Podemos encontrar libros detallados y con extensas bibliografías que defienden el régimen nazi o el imperio japonés, o que justifican los crímenes de Stalin o de Pol-Pot, por sólo citar ejemplos superlativos.
Los libros de historia están plagados de extraña parcialidad frente a los crímenes de la Revolución Francesa y hoy día encontramos abundantes materiales escritos, fílmicos, etc., que glorifican la Revolución cubana.
Podemos concluir que no existe la imparcialidad. Es natural inclinarse a un lado u otro de cualquier contienda. Pero más que aspirar a la imparcialidad, tenemos que preguntarnos a cada paso si existe la intención de buscar soluciones negociadas y de aceptar transacciones que no siempre nos den la ventaja.
Los aliados durante la II Guerra Mundial cometieron muchas barbaridades. Nadie puede negarles, sin embargo, que intentaron la negociación y el apaciguamiento. En realidad, en ese caso los amantes de la paz tardaron demasiado en reaccionar.
Las lecciones de la historia no se aprendieron. La Guerra de Corea fue producto de una agresión flagrante. El régimen del Norte nunca intentó una franca negociación ni ha tenido propósitos de transacción y reconciliación. Dejar su resultado a medias provocó las consecuencias de hoy: un país dividido donde una de las partes padece un régimen cruel con absoluta impunidad. El síndrome de los dictadores es su “infalibilidad”, porque nadie se atreve a decirles en sus caras que están equivocados. Así llega Kim Jung Il al extremo de amenazar a los países amantes de la paz con su naciente arsenal nuclear y sus misiles.
Hay muchos otros casos donde se deja hacer demasiado a los dictadores. Incluso se permite el ingreso de sus países en el recién creado Consejo de Derechos Humanos, como lo ha hecho Cuba y algunos otros países regidos por tiranías violatorias de los mismos derechos que deben defender en ese foro. No entran a la palestra de estas instituciones para “negociar” sino que de las promesas vacías (como las que suscribió el representante cubano al presentar la candidatura de su país) pasan al capricho del poder sin intención alguna de enmendarse ni reconocer los derechos de sus pueblos o de otros pueblos agredidos.
Otro problema consiste, frente a estas realidades, en no caer en los mismos extremismos que esos canallas promueven. La justa medida de las acciones de cada cual se mide por su capacidad de mantener principios universales de respeto, orden y derecho como guía de su gestión política y de sus propósitos.
Conviene hacer una distinción en casos tan complicados como el de la invasión del Iraq, cuando una de las partes promueve el asesinato indiscriminado mientras que la otra también lo comete, pero se ve inmediatamente confrontada por medios de comunicación y mecanismos jurídicos que en esa sociedad exigen transparencia en un régimen de derecho. ¿Hemos de abandonar acaso a los pueblos oprimidos a su suerte? ¿Hemos de abandonarlos después que les tendimos la mano si encontramos en los estratos de su sociedad elementos excesivamente agresivos y crueles?
La violencia sólo es eficaz para desestabilizar, dividir y destruir. No hay mejor ejemplo de sus nefastas consecuencias que la política de venganzas y odios que abre un abismo irremediable entre los dos pueblos semitas que ocupan el ámbito de Palestina.
¡Hemos de permitir que triunfe la violencia una y otra vez, hasta que la única solución restante sea otra enorme conflagración mundial?
Los países más poderosos del mundo se reúnen en vano en estos días de julio si no son capaces de ponerse de acuerdo para movilizar a la comunidad internacional en la aplicación de medidas coherentes y firmes contra todos los responsables de terrorismo, genocidio y otros crímenes de lesa humanidad, sean quienes sean.
La alternativa es la paz, la cooperación y la coexistencia. Tres requisitos indispensables del progreso. Pero esto no se da por generación espontánea. Requiere mucha firmeza, determinación y voluntad política.
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