Gerardo E. Martínez-Solanas
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Amor y Democracia - 2006/06/12 13:46
Pregunta: ¿qué tiene que ver el amor con la democracia? Todo. Cuando hablamos del amor en su más amplio sentido y de la democracia en su genuino concepto participativo. No se trata de la aspiración a una entelequia social, sino de la auténtica percepción de que el progreso, la armonía y la paz no son posibles sin una estructura de confraternidad.
Esto se pierde de vista cuando concentramos en triunfos o derrotas electorales y en soluciones mayoritarias o de concentración de poder la dinámica democrática. Cuando se adoptan decisiones trascendentales sin hacer el más mínimo esfuerzo de consenso nacional. Cuando se fomenta una polarización que abre un abismo entre segmentos de la sociedad que se tornan irreconciliables para satisfacer la ambición de poder de un caudillo o una elite gobernante.
Veamos los ejemplos que nos dan Castro, Chávez y Morales en América, Mahmud Ahmadinejad en Irán e Ismael Haniye en Palestina. Con excepción de Castro, todos ellos llegan al poder por elecciones libres. Castro, por su parte, toma el poder con un apoyo popular inicialmente abrumador. En el pasado hay ejemplos semejantes, como Hitler en Alemania.
Todos ellos alimentaron su victoria con prédicas de odio, revanchismo e imposición por la fuerza de sus propias convicciones. Inmediatamente después de sus victorias se dedicaron a cambiar o anular constituciones, enfrentar a unos sectores de la población contra otros, fomentar la lucha de clases, de etnias o de ideologías, y afincar su poder con la represión organizada en medio del caos. Sus gobiernos se caracterizan por la destrucción sistemática de la oposición.
Muy lejos de todo ese horror, la democracia se basa en principios de confraternidad humana que aspiran al consenso en un régimen de derecho y de respeto mutuo. Consenso y derecho significan un estilo de vida que no es posible sin amor al prójimo. Es el amor a nuestros semejantes que nos impulsa a comprenderlos, tolerar sus deficiencias y negociar con ellos arreglos que nos permitan vivir en un ambiente fraternal.
Jacques Maritain, precursor del concepto moderno de la democracia participativa, sintetiza esta verdad subrayando que "ningún agente ni institución humana tiene, en virtud de su propia naturaleza, derecho a gobernar a los hombres", porque el ejercicio del poder es legítimo "sólo en cuanto que ese hombre o esa institución son, en el cuerpo político, una parte al servicio del bien común; una parte que ha recibido ese derecho, con ciertos límites determinados, del pueblo".
Ahora bien, como la soberanía dejada enteramente en manos del pueblo, al estilo de Rousseau, no es más que la dictadura de las mayorías que se transforma gradualmente en una oclocracia manejada por un caudillo sediento de poder, el propio Maritain nos aclara que "sería absurdo concebir al pueblo como gobernándose separadamente y por encima de sí mismo". Esa propuesta de Rousseau y de la Revolución Francesa nos lleva a gobiernos como los ejemplos del tercer párrafo.
Por tanto, volvemos a los requisitos indispensables del amor y de su corolario, el consenso. La base auténtica de la democracia es este corolario. Las decisiones mayoritarias se alcanzan para evitar el estancamiento del gobierno, pero no a costa del consenso si deseamos una democracia legítima. A su vez, el consenso descansa en el reconocimiento universal de leyes y principios inalienables. Descansa en los derechos humanos y las libertades fundamentales, universalmente reconocidas en diversos instrumentos internacionales.
Cuando estos derechos y libertades fundamentales se violan mediante votaciones mayoritarias o la decisión de un caudillo mesiánico que manipula al público en una plaza pública, la sociedad acaba por desintegrarse en un torbellino de terror, abusos y genocidio. Es el reino del odio, la envidia y la venganza.
El amor de los ciudadanos por su país establece un régimen de entendimiento, cooperación y respeto como mecanismos de gobierno. Las decisiones son producto de una estructura participativa de consulta popular y de propuestas negociadas. En este régimen, el Estado está al servicio de la sociedad y el gobierno tiene una función administrativa que depende exclusivamente del mandato popular. Muy lejos de los Hitler, Ahmadinejad, Haniye, Chávez, Morales o Castro.
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