Marcos Villasmil
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Profetas del Pasado - 2008/10/28 13:52
Ha comenzado la pelota criolla, con un chorro de jugadores venezolanos con experiencia de grandes ligas jugando en sus respectivos equipos, algo no tan usual al comienzo de temporada. Sin embargo, viendo las alineaciones del primer juego Lara-Magallanes, saco la cuenta, y veo que hay en play 15 jugadores de grandes ligas. Lo mismo en un juego Zulia-Aragua. O sea que la temporada beisbolística se anuncia buena, y provoca seguirla con frecuencia, sobre todo por la TV.
Salvo, claro, el pequeño problema de que las noches más recientes han resultado muy tormentosas para los venezolanos, por culpa del mal tiempo caribeño, generador de unos insufribles palos de agua que religiosamente afectan, por ejemplo, a las personas que como yo somos suscriptores de Directv, y, especialmente, cuando la cosa funciona, por culpa de Hugo Chávez Frías, con sus interminables cadenas diarias.
Nos dice Ludwig Feuerbach, filósofo alemán del siglo XIX, que el hombre es lo que come. Con Chávez, está claro que el hombre es lo que habla. Y vaya si ha hablado en todos estos años.
Empatando con el tema inicial: prendo la televisión para ver un juego de pelota local y de repente, como del rayo, una cadena de Chávez, en la clausura de una conferencia internacional por la paz de los pueblos, con intelectuales progresistas de todo el mundo, que si fueran creyentes, le estarían dando, presurosos y gozosos, la extremaunción al capitalismo, al mercado y a la democracia.
La impresión inicial de la reunión ñángara, es de recuerdos y memorias ya muy naftalínicos. De aquellos años cuando circulaban los ladrillos publicados por la editorial Progreso, y los profesores marxistas le encasquetaban a uno la lectura obligada de engendros incalables como los “Conceptos Elementales del Materialismo Histórico”, de la cuasi-eterna Marta Harnecker, hoy flamante asesora del gobierno robolucionario. Uno se leía semejantes espantajos, los vomitaba por escrito en algún examen de sociología, y se olvidaba del tema. Debo reconocer, sin embargo, que habiendo tenido alguna vez el deseo de conocer mejor de qué venía la cosa marxista, intenté leer El Capital. Confieso que no pasé del inicio del segundo tomo.
Pues bien, Hugo Rafael, el de Barinas –me lo calé como cinco minutos; más de eso, le sale el aviso de las cajas de cigarrillos, aquello de que su consumo es nocivo para la salud, etc.-, en sus palabras iniciales no se le ocurrió otra cosa que decir que, ante semejante brillantez intelectual, con anterioridad jamás reunida en el planeta, él había venido acompañado de refuerzos. Y comenzó a sacar ¿adivinan? toda una retahíla de aquellos escritos -seamos generosos y llamémoslos libros- de los que hablaba en el párrafo anterior. Que si las conversaciones de no sé quién con Fidel, que si Historia y Conciencia de Clase, de Lukács, etc. Ya se encuentra en avance veloz el siglo XXI, y Chávez recordando lecturas, historias y actores de hace muchas décadas. Pero esa ya es una acentuada característica de Chávez, y las Biblias que Chávez gusta leer sólo sirven para profetizar el pasado.
Un hecho se mantiene inalterable en la praxis personal e institucional del autócrata: Chávez se ha construido una realidad a su medida, y la realidad real, permítaseme la redundancia, que se vaya bien lejos para.
Por ello, lejos de toda lógica electoral y electorera, el susodicho ha ido varias veces a Maracaibo y lo único que ha hecho es insultar con extremosidad al candidato a gobernador de la oposición, el joven Pablo Pérez, y a Manuel Rosales, candidato a volver a ser alcalde de la capital de Zulia. El terremoto de indignación es de tal naturaleza, en un estado que de por sí nunca ha sido chavista (recuérdese además, que fue el único estado que nunca pudo ganar Carlos Andrés Pérez), que ya le están redactando el RIP a los dos candidatos chavistas.
Chávez, una suerte de caballo de Atila postmoderno, (el caballo de Atila, para los que anotan, se llamaba Othar), no puede pisar una región o estado porque la hierba de votos deja de crecerle a los candidatos del PSUV. Y como encima ahora también le dio al hombre por insultar a los pepetistas y comunistas (a quienes les anunció por cierto su desaparición) en estados como Guárico o Trujillo, donde sus antiguos panas han lanzado candidaturas distintas, la cosa se le pone muy oscura al chavismo.
Para colmo, la situación de sus candidatos fue asumida en toda su irrealidad real por Diosdado Cabello, por unos días todavía gobernador de Miranda, cuando dijera, Urbi et Orbi, que “hay que reconocer que sin Chávez, ninguno de nosotros sacaría ni siquiera un 3%.” Entiéndase entonces lo dialéctico del proceso de arrechera chavista: mientras más se da cuenta Chávez de que lo rechazan, más caliente se nos pone. Si dijo lo que dijo luego del tres de diciembre pasado, habrá que ver adónde nos manda a todos luego de la derrota que se le avecina.
Porque frente a todo esto, hay un hecho que ni siquiera la dialéctica marxista puede enfrentar: la realidad, la de verdad, no la que está en la mente paranoica de Chávez, siempre ha sido y será caprichosa. Está destinado a llegar siempre el día en que la ideología se topa con la realidad, y adiós luz que te apagaste. Y en el caso de Venezuela, se ha mostrado de una manera a que nos tiene acostumbrados, con fidelidad estacional: con la caída de los precios del petróleo.
Si algo caracterizó a los marxistas, profetas del pasado, fue el escribir montañas de tratados, ensayos, libros, obras, y monografías. Sin embargo, no hay uno solo de ellos de los cuales pueda sacar Chávez alguna solución posible para lo que se le viene encima. Y es que, a pesar de tanta paja escrita por los marxistas, su especialidad no fueron los libros de autoayuda. No ha habido nunca un Paulo Coelho marxista, para mayor desgracia de nuestro abominablemente deslenguado tirano.
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