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FORO PARTICIPATIVO / PARTICIPATIVE FORUM
 
Marcos Villasmil
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SOBRE PATOS, LEONES Y CARROÑAS POSTMODERNAS - 2008/10/14 16:57 En 1972, en plena guerra fría, el chileno Ariel Dorfman y el belga Armand Mattelart escribieron un libro que adquirió cierta fama en los predios intelectuales de la región latinoamericana. Se titulaba “Para Leer al Pato Donald”, considerado por los autores como un “manual de descolonización”, y que no era otra cosa que un engendro supuestamente analítico, desde la más rancia resaca marxistoide. Pretendía juzgar, más que analizar, a la industria del entretenimiento, y criticaba acerbamente, por “alienante”, -término muy de moda en la época- las historias de Walt Disney, que serían reflejo de la “ideología dominante”, y culpables principales de la colonización mental de nosotros, los pobres ciudadanos latinoamericanos, víctimas perennes del Imperio.

Por supuesto que este libro es una chapucería de campeonato, una estupidez al cubo. El señor Dorfman, por cierto, no se quedó tranquilo con atacar a Disney y sus productos, sino que además “investigó” a Superman, el Llanero Solitario, etc. Uno podría pensar que este sacrificado caballero andante de la ideología marxista, como consecuencia de sus propias conclusiones, huiría lo más lejos posible del infierno capitalista, viviendo cómoda y felizmente instalado en el paraíso de los trabajadores, fuera éste el que ofrece Cuba, o la lejano e ignota Corea del Norte. Lo importante, estoy seguro, sería alejarse de la influencia perniciosa, del contacto con el cáncer burgués. Pues no. Dorfman ha sido un académico que se ha sacrificado en bien de la causa progresista mundial, viviendo y, gracias a ello, dando clases en diversas universidades del Imperio. O sea, el señor Dorfman, ha sido un privilegiado residente de los Estados Unidos. Todo un avispado.

Nuestra endógena robolución bolivariana, siempre presta (siguiendo el ejemplo del Supremo Líder) a escarbar y exhumar cadáveres ideológicos de viejas historias marxistas, ha encontrado su propio Dorfman, versión siglo XXI, en un profesor universitario español, Juan Carlos Monedero, que se ha venido a Venezuela a enseñarnos a ser felices esclavos de su ídolo barinés. Dentro de las propuestas que este ilustre pedagogo ibérico ha esputado, se encuentra una –escrita junto con el actual ministro de planificación del régimen- sobre las ventajas del trueque.

En unas declaraciones que diera a VTV, Monedero ha afirmado, con socialista seriedad, que “el Rey León es la última arma del Imperio contra nuestros niños, contra los pueblos de mundo”. “A los jóvenes se les enseña que la clave de la felicidad está en el consumo, y en no cuestionar las decisiones de los líderes.” Un momentico, paremos aquí. Por simple inferencia, hasta el menos avisado notará que nuestro amigo profesor defiende el derecho a cuestionar las decisiones de los líderes; ¡hay que ver que este sinvergüenza es además hipócrita! Cabría preguntarse qué decisión, afirmación o mera postura de Hugo Chávez ha criticado alguna vez el señor Monedero, algún miembro del gobierno, o algún militante del PSUV; muy simple: ninguna. La razón es sencilla; Chávez es la excepción a la regla, nunca se equivoca. Como no se debe criticar a Evo, o al presunto violador Daniel Ortega. (Más sobre este caso, abajo.)

Juan Carlos Monedero, aventajado profesor de la Complutense, es un farsante más, un encantador de serpientes postmoderno, otro negociante de espejitos. Estoy seguro que Monedero se debería haber sentido aún más confortable durante la España del siglo XVI, llegando a tierras indígenas buscando intercambiar baratijas por una buena revolcada con una socia local. Como en estos tiempos ello no es tan fácil, nuestro preclaro académico del otro lado del charco se conforma con mostrarnos ¡oh cielos! cómo el Imperio nos esclaviza mediante el uso de la imagen.

En su crítica a la publicidad, a la competencia, y a la diversidad de formas de consumo, el hombre da lástima. Ya uno se lo puede imaginar, viejito y jubilado, con un bastón en la mano, caminando por algún parque madrileño, contando a quien se cale su conversación, cómo Mickey Mouse es un engendro del mal, y Selecciones del Reader´s Digest una revista de la CIA.

Estos análisis hasta ahora mencionados son sólo abrebocas si los comparamos con otros engendros suyos, típicos de un matón ideológico. En un artículo (“Sobre asesinos y carroñeros”), donde destila lo mismos tipos de odio, de revancha y de complejos tan caros a Hugo Chávez, pide lo siguiente: “Ojalá pronto construyan los venezolanos un enorme zoológico donde puedan convivir las bestias. Los que aprietan el gatillo y los que comen de la muerte.” A lo mejor se le cumple su deseo, pero al revés: entonces, conocidas sus fobias y sus filias, ya se sabe en qué parte del zoológico estaría la celda de esta fotocopia seudo-académica de Chávez: junto a las bestias carroñeras.

Un ejemplo de carroña postmoderna, de hace algunas semanas atrás, lo dieron, con multiplicada insania, algunas líderes de la Fuerza Bolivariana de Mujeres, ante las protestas generadas en toda la región contra Daniel Ortega, acusado de violador por su hijastra. Para Yosmari Guevara, “el punto no es si él es violador o no, sino que se trata de un compañero comprometido con el movimiento revolucionario que se está dando en todo el mundo.” Para la viceministra del INAM, una tal Nieves Padrino, “la denuncia puede venir de su hijastra, pero todo el mundo es utilizado. Cualquier revolucionario es acusado de cualquier cosa. Incluso el presidente Chávez fue acusado de maltratar a Marisabel Rodríguez, mientras nosotros nos dábamos cuenta de su calidad humana. Ortega es un hombre de gran calidad humana, un revolucionario.”

¿Qué se puede decir? Todas unas aventajadas miembros (perdón, “miembras”) de esa “izquierda beata” –que diría Vargas Llosa-, donde la inteligencia y la libre opinión deben ceder paso a la sumisión más grosera y brutal, como bien intenta enseñar el carroñero Monedero.
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