Marcos Villasmil
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Re:El debate presidencial sin sorpresas - 2008/09/28 13:16
El primer debate entre Obama y McCain (“El Orador vs. El Guerrero”, como titulara el “Atlantic” de septiembre) confirmó un hecho conocido: ninguno de los dos es muy ducho en la materia de debatir.
Ninguno de los dos entiende que un debate no es un discurso, sino un enfrentamiento; no es un diálogo, sino una justa, cual caballeros medievales buscando derribar verbalmente al contrario.
McCain y Obama, tan decididos a “play it safe”, simplemente se contentaron con no caerse del caballo. Ninguno logró el esperado “knockout”, ni siquiera un simple “knockdown”.
Ambos tuvieron oportunidades de “golpear” discursivamente, y las desaprovecharon; McCain, por ejemplo, con el afán de Obama de dialogar con tiranos (¿no hay alguien que le diga a Obama, dentro de tanto experto en política exterior que lo asesora, lo bien que saben aprovechar estas ocasiones los dictadores, sobre todo de izquierdas, u organizaciones como las FARC, para ganar tiempo, relegitimarse ante la opinión pública, o sacar concesiones?); terminaron en un intercambio sin interés real sobre lo que había dicho o no el naftalínico de Henry Kissinger. Obama, mientras, no supo sacarle suficiente provecho al talón de Aquiles de McCain y los Republicanos, como es el tema económico (en este caso, McCain necesita que alguien lo asesore en el tema, porque ya luce cansón y monotemático con lo de la reducción del gasto).
En un debate, la consistencia en el planteamiento es fundamental. Ello llevó a un mediocre George W. Bush a ganarle los debates a Gore.
Las expectativas previas también juegan un papel fundamental. En 1983, el mediocre Lusinchi le ganó a Caldera su debate, por el simple hecho de que se había creado la matriz de opinión de que Caldera, con su cultura, experiencia y erudición, debía ganarle fácilmente a su rival; al no suceder ello, Lusinchi ya era victorioso.
Pero, lo más importante es, en palabras de Garry Wills: “The effect is in the affect”. La victoria, en un debate, siempre es otorgada por razones subjetivas. Cómo se transmite el mensaje es quizá más importante que el mensaje mismo. Ronald Reagan era un verdadero maestro en esa materia.
Vueltos a nuestro debate del viernes pasado, McCain necesitaba ganarlo con claridad y contundencia, luego de una semana horrorosa para él y para su partido, y porque, como se había repetido hasta el cansancio, la política exterior es SU tema. Al no lograr “derribar” a Obama, éste último dio la impresión de ser el ganador, como minutos después del debate señalaran varias encuestas y focus groups.
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