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FORO PARTICIPATIVO / PARTICIPATIVE FORUM
 
Marcos Villasmil
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UN CIERTO LENGUAJE - 2008/08/24 18:06 Acabo de leer un trabajo sobre América Latina de un profesor de ciencia política argentino –cuyo nombre no vale la pena recordar- del cual lo que más me ha llamado la atención es la porfiada insistencia de este señor en usar un lenguaje provisto de no tan casuales dicotomías típicas de la guerra fría, de la división del mundo entre derechas e izquierdas, o de progresistas y reaccionarios.

Por ejemplo, si se habla de acciones de gobiernos como el norteamericano, o el mexicano –democracias liberales, respetuosas del pluralismo, y la iniciativa y creatividad individual- son las “élites” las que deciden; si se habla de gobiernos autoritarios, como el de Cuba o Venezuela, entonces es el ‘pueblo” el que ha decidido hacer tal o cual cosa. Una verdadera chapucería intelectual, un claro maniqueísmo lingüístico/político.

Esto no es casual: desde hace mucho tiempo los marxistas y sus compañeros de viaje “progresistas” saben que el dominio y manipulación de las pautas expresivas -el cómo se denominan y nominan los hechos- es muy importante para transmitir el mensaje que conviene; para ellos, la guerra lingüística es tan importante como la que se pelea con cañones, aviones y barcos.

Y es que un cierto lenguaje ayuda a impulsar una cierta praxis.

Gente similar, supuestamente progresista, es la que inventó –luego de una famosa reunión en Beijing (¿cuándo dejó de ser “Pekín”?), hace más de una década- lo de las hoy tan divulgadas “políticas de género”, enredando la clara división tradicional entre sexo –lo biológico- y género –lo gramatical-. También son los mismos que han expandido, gracias a una igualdad mal entendida entre los sexos (o como ellos dirían hoy, “los géneros”) las políticas socialistas de igualaciones a tábula rasa entre hombres y mujeres, como la ridiculez esa de imponer a cal y canto cuotas igualitarias en las listas electorales de los partidos políticos.

Para esta gente, la igualdad no es suficiente, lo que se debe imponer es el “igualitarismo”. En una elección reciente en España se pudo ver cómo un tribunal impidió la presentación de una lista electoral del Partido Popular en una pequeña localidad, porque estaba conformada exclusivamente por mujeres. El sentido común, que indica que en ese pueblo por las razones que sean, son mayoritariamente del sexo femenino quienes desean ejercer cargos de representación municipal, no importa. Lo que vale es que hay que tener hombres y mujeres a nivel paritario. En su respuesta, el Partido Popular razonaba con claridad: puestos a igualar con lupa, entonces tendrían que poner que en las listas debiera de haber un lisiado, un ciego, un ateo, un católico, y hasta digo yo, por qué no –un aficionado del Real Madrid y otro del Barcelona, y todos contentos.

Y es que estos señores socialistas cuando les da por eso del igualitarismo van por la vida queriendo igualar todo: cómo nos vestimos, lo que comemos, lo que leemos, y por supuesto, cómo hablamos, que para eso tenemos al padrecito-líder-mesías-salvador de la patria, llámese Stalin, Castro, Kim Il Sung o Hugo Chávez.

Un vehículo fundamental para lograr esta destrucción de lo plural en nuestra vida es la manipulación del lenguaje. Y el asunto va mucho más allá de las ridiculeces mencionadas arriba o, en el caso venezolano, las estupideces chavistas en su obsesión de cambiar los nombres de cosas o lugares. (Ejemplos recientes: en la Academia Militar, ahora hay cadetes y “cadetas”; y Chávez, en una muestra más de ignorancia, acaba de asumir como suya una vieja propuesta de Haya de la Torre, el fundador del Apra peruano, de cambiar el nombre de América Latina por el de “Indoamérica”, como si la palabra "indio" no fuera en sí misma imperialista; como ha sido ya señalado, ¿acaso los sioux, los caribes, los aztecas, o los incas, se consideraban a sí mismos como "indios"?.)

George Steiner, de la Universidad de Cambridge, ha investigado lo que él llama la demolición o destrucción del lenguaje a la luz de las atrocidades del siglo XX, en especial el genocidio judío, cometido en gran medida por los nazis, pero donde los rusos también aprovecharon para dar el aporte civilizatorio que acostumbran los comunistas, como los paredones de fusilamiento, destierros masivos a campos de concentración, y demás técnicas que tan bien aprendieran sus discípulos fidelistas. Los grandes asesinos del siglo XX usaron y abusaron del lenguaje para que fuera útil a sus fines siniestros. ¿No se llamaba acaso la Alemania comunista, la “República Democrática Alemana”?

Fueron los comunistas, con Lenin, Stalin y Fidel como ejemplos destacados, quienes ampliaron el significado biológico original de la palabra “purgar”, para darle su connotación actual de “eliminación de funcionarios, empleados o miembros de una organización, etc. que se decreta por motivos políticos”. Y su uso era tan igual en el antiguo Partido Comunista de la antigua Unión Soviética como lo es en el actual PSUV chavista.

Son tales las atrocidades cometidas por estos regímenes totalitarios que las mismas se ubican “más allá del lenguaje y de la razón”. En ellos las palabras de sus dirigentes están saturadas de mentiras al punto de que la comunicación humana se transforma en una falsificación, en una copia imperfecta de sí misma. En un régimen de este tipo, la sinceridad en la comunicación se reduce a cero.

Incluso para describir a estos señores del mal el lenguaje convencional se queda corto. Stalin, Lenin, Hitler, o Castro, no son simplemente dictadores, o gobernantes autoritarios. Para esta gente, palabras de uso común como “pueblo”, o “democracia”, o “participación”, no significan lo mismo que para usted, amigo lector. Ellos, con su praxis, destruyen el significado original, envenenan las palabras; algo de su sadismo y de su mentira se mete en la médula comunicacional.

Sólo en sociedades libres el lenguaje puede convertirse en un verdadero vehículo de racionalidad humana y de expresión de la verdad. Sólo el político y estadista verdaderamente democrático llama las cosas por su real nombre, y asume las verdades del momento, así tenga que herir “sensibilidades”. Churchill, además de ser un político de trinchera y de lucha, creyente fiel en la libertad, así como ironizador y burlista agudo, también se ganó un Premio Nobel de Literatura. Sus ensayos siguen siendo modélicos, por su excelente uso del idioma inglés.

Renunciar al uso del lenguaje de la verdad es negar la responsabilidad personal y hundirse en el relativismo moral, tan en boga.

Nos dice Steiner: “Las lenguas tienen grandes reservas de vida. Pueden absorber masas de histeria, ignorancia, o vulgaridad. Pero llega un punto de ruptura.” Manipular el lenguaje para justificar un campo de concentración, un genocidio, o la progresiva deshumanización de una sociedad para convertir a sus miembros en meras fichas estadísticas al servicio de los caprichos del Supremo Líder, haya nacido éste en Rusia, en Cuba, o en Venezuela, produce a la larga un cáncer comunicacional.

Insistamos: un cierto lenguaje ayuda a impulsar una cierta praxis. Por ello no es casual el lenguaje del odio, no es casual lo del saludo del “patria, socialismo o muerte”, en seres que sólo sirven a la causa del odio, y la destrucción.

La realidad es que ellos, en sí mismos, son odio, muerte y destrucción.
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