Gerardo E. Martínez-Solanas
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Beijing 2008 y la Promesa Olímpica - 2008/08/08 17:52
El ingreso de China a la modernidad se manifiesta en todo su esplendor con la ardua y exitosa preparación de unas Olimpiadas 2008 que marcan un hito en la historia de estos eventos ideados con el propósito de acercar a las naciones.
La organización, las instalaciones y el entusiasmo han sido poco menos que impecables y es justo reconocer que el gobierno chino no ha hecho gala de las ínfulas nacionalistas y propagandísticas que otrora opacaron la luminosidad de la ética deportiva de esta suprema competición en la Alemania nazi o en la Rusia soviética. Un dato curioso, sin embargo, es que el maestro arquitecto contratado para armonizar los estilos y la grandiosidad del conjunto olímpico haya sido Albert Speer, hijo del famoso Ministro de la Construcción nombrado por Hitler para dirigir el diseño imperial de la capital del III Reich, quien mantiene su oficina en Shanghai.
Esta preferencia es sospechosa debido al historial de violaciones a los derechos humanos que mancha la gestión de las autoridades chinas con demasiada frecuencia y al hecho de que la apertura económica hacia la libre empresa no ha propiciado una apertura política. China sigue padeciendo una dictadura centralizada y unipartidista que mantiene su carácter totalitario en todos los ámbitos ajenos a la economía tan condicionalmente liberalizada. Niega también concesiones mínimas de libertad cultural, religiosa y de autogobierno a sus minorías étnicas, como es el caso de los tibetanos. Además, es muy lamentable la aguda pobreza y las condiciones de atraso en la que viven casi mil doscientos millones de chinos frente a la contrastante opulencia de sus grandes ciudades y centros turísticos.
Esta cruda realidad merece la crítica y la indignación de los amantes de la libertad y la democracia, pero no obsta para que reconozcamos la trascendencia de las Olimpiadas 2008 por su inevitable efecto de abrir China al mundo y por hacer entrar en contacto a su pueblo con la cultura y las convicciones de deportistas, turistas y periodistas que invaden pacífica y amistosamente el milenario país en estos días de fraternal competencia.
El pueblo chino no volverá nunca a ser el mismo. Entrará en su cultura una conciencia de universalidad humana que acabará por pulverizar su monolítico, aislacionista y anacrónico totalitarismo. Pasarán a ser parte de este mundo ancho, ajeno y hasta ahora ignorado por la inmensa mayoría de su población.
No se trata de una predicción alucinada sino de un pronóstico racional. Los abusos y el desgobierno puede que continúen por más tiempo del que ese pueblo industrioso se merece, pero su futuro se proyecta hacia horizontes mucho más abiertos a una modernidad que sería incapaz de culminar sin una apertura democrática.
Por eso ha sido muy ponderada la actitud internacional de condena a los excesos totalitarios y a los abusos y violaciones de los derechos y libertades que siguen cometiendo los gobernantes chinos, sin llegar al boicot de estas Olimpiadas ni proceder a apresuradas e ineficaces sanciones diplomáticas o comerciales. Este tipo de presiones y represalias hubieran acorralado a las autoridades chinas en el preciso momento en que se veían obligadas por su propia iniciativa olímpica a abrir el país al escrutinio internacional y a hacer al menos un esfuerzo serio por aflojar las duras ataduras de su política interna.
Es pertinente examinar el resultado de la encuesta realizada en estas páginas de DemocraciaParticipativa.net, que recibe cientos de miles de visitas mensuales de todo el mundo y, por lo tanto, podemos calibrarla como bastante representativa de la opinión pública internacional. Sus resultados son bastante confiables, por cuanto que ningún votante puede hacerlo dos veces. La muestra es pequeña, pero no por eso menos revelador. A la pregunta: “¿Cuál considera la respuesta más eficaz a las violaciones de los derechos humanos en China?”, 113 participantes ofrecieron estas respuestas. El 27,4% que “debe denunciarse a China ante los organismos internacionales”; 26,5% que “deben aplicarse sanciones políticas y diplomáticas al régimen chino”; 19,5% que “debe proporcionarse ayuda humanitaria y respaldo político a las víctimas”; 16,8% que “debe evitarse cualquier injerencia externa en los asuntos internos de China”; y, 9,7% que “debe promoverse un boicot a los Juegos Olímpicos (como evento deportivo)".
Es evidente por estos resultados que la opinión pública internacional es igualmente ponderada y racional frente a las perspectivas que ofrece la evolución política de la China de hoy. Denuncia y condena sí, pero sin un exceso de intervencionismo ni tampoco la actitud complaciente de “evitar cualquier” tipo de injerencia o de tratar de perjudicar un evento deportivo que puede abrir las puertas de China al mundo exterior.
Las Olimpiadas 2008 no son una panacea sino un paliativo de los gobernantes chinos para politizar a su favor tan fastuoso espectáculo. Eso es bien sabido. Pero una vez que se apaguen las luces, el pueblo chino comenzará a echar de menos las estrellas de libertad de la promesa olímpica, más allá de sus fuegos de artificio.
Podemos quedar convencidos de que ya no podrán volver a conformarse con seguir viviendo encerrados en la oscuridad.
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