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FORO PARTICIPATIVO / PARTICIPATIVE FORUM
 
Gerardo E. Martínez-Solanas
Admin
Posts: 319
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El Concierto Democrático: una OBRA DE TODOS - 2008/07/22 15:15 :
La fuerza del cambio” fue el lema del 37º Congreso del Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Fue una curiosa coincidencia con la campaña electoral en Estados Unidos, porque era como si Barack Obama, el candidato demócrata de Estados Unidos, los hubiera inspirado con su grito de guerra. El elemento de “cambio” queda de manifiesto cuando el PSOE afirmó en su documento ideológico que “la izquierda no puede dar la espalda a las empresas” y que “necesitamos integrar a la empresa en nuestro proyecto de sociedad”. Destila una nostálgica renuncia a la revolución, la lucha de clases, el Estado benefactor y centralista. Es un “cambio” en pro de una sociedad de clases medias: No más igualitarismo ni imposición por el gobierno central de soluciones confiscatorias para “el bien común”.

Podría no sorprendernos ese “cambio”, porque el socialismo del siglo XXI ha abrazado gradualmente la libre empresa y parece adentrarse en la democracia. Pero, ¿es “socialismo”? ¿Es esa la “izquierda”? O es la de Chávez, Kirchner, Ortega, Correa y Morales, que imponen un “cambio” centralizador. Dentro del habitual galimatías de “izquierdas” y “derechas”, es inquietante saber ¡a la izquierda de qué!, ¿de qué clase de socialismo estamos hablando?. El socialismo español, por su propia naturaleza, debiera conservar una filosofía centralizadora, que es definitoria de esa ideología, pero se contradice en sus instituciones regionales que promueven la disgregación autonomista. Quizás porque es más fácil centralizar el poder a ese nivel, con la consecuencia probable de la formación de mini Estados

Tal confusión de términos y principios se complica con las artimañas de la demagogia. El Partido Popular (PP) es “acusado” –como si fuera una falta– de “derechista”. Sin embargo, se identifican como de “centro” y son parte del movimiento de partidos populares que han invadido pacíficamente la antigua Internacional Demócrata Cristiana, transformándola en la Internacional Demócrata de Centro (IDC). Pero, ¿cuál es el “centro”? ¿dónde está? ¿Qué ideología es “de centro”? Desde la Asamblea Nacional de la Revolución Francesa, con jacobinos a la “izquierda” y girondinos a la “derecha”, no había “centro”. Y cuando los jacobinos guillotinaron a los girondinos, se sentaron entonces ¡a la izquierda de qué!??

Eran más identificables los partidos de la IDC cuando abrazaban el humanismo cristiano como patrón filosófico, al tiempo que defendían su secularismo y proclamaban su carácter no confesional con propósitos de justicia social regidos por el Principio de Subsidiariedad. Un principio de democracia participativa que fomenta la idea federalista, pero se aleja de la dispersión autonomista porque predica “la unidad en la diversidad”. ¿Es esa la ideología del PP español, miembro de la IDC? ¿Son esas las bases de su programa de gobierno?

Preguntémosle al Partido Justicialista argentino, también representado en la IDC y en la Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA): ¿Es acaso de “centro”? ¿Está guiado por el humanismo cristiano? ¿Aplica la subsidiariedad? ¿Fomenta el federalismo y la democracia participativa? En fin, ¿dónde esta el “centro” de su política y su ideología?

Así observamos al Partido Demócrata Cristiano chileno, refugiado por demasiado tiempo a la sombra de los socialistas, que no sale a la palestra pública con fuerza propia ni ideas y proyectos independientes, suficientemente definidos para la genuina opción electoral. Sería oportuno que se definiera, alzando la bandera legítima de una tercera opción frente al resurgimiento conservador en ese país.

Semejante desconcierto de ideologías, propósitos y proyectos políticos se manifiesta con mayor crudeza en la Venezuela de Chávez. Es comprensible la indispensable unidad opositora para vencerlo, pero no la unanimidad de las ideas. El electorado exige un discurso claro de los aspirantes a dirigir sus destinos. Un discurso convincente, trasparente. Las “concertaciones” pueden ser necesarias, pero NO a costa de renunciar al discurso fundamental ni tampoco ponerlo a la sombra de las conveniencias.

Ni hablar del liberalismo. ¿Quién lo define? ¿Un norteamericano o un europeo? ¿Es benthamiano o paretiano? Otros lo tachan de todos los males del “capitalismo salvaje” y lo califican peyorativamente de “neoliberalismo”. En fin, el caos conceptual en todo el espectro político.

Empero, la política bien concebida no es desconcierto, sino orden y trasparencia. Bastaría comprenderlo y aplicarlo para triunfar en todas partes con el argumento auténtico de nuestras convicciones. El hartazgo político que sufren los pueblos se debe a la doblez del discurso habitual de sus presuntos dirigentes y a la hipocresía de quienes se amparan en lo “políticamente correcto”. La política sólo puede ser sucia cuando los ciudadanos de buena voluntad se apartan de ella y renuncian a una responsabilidad común que es OBRA DE TODOS.
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