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FORO PARTICIPATIVO / PARTICIPATIVE FORUM
 
Yaxys Dallan
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Política y religión, Iglesia y Estado - 2008/05/10 09:52 Esta semana ha resucitado en España el viejo y apasionado debate sobre la relación política y religión, Iglesia y Estado. Pero más allá de lo interesante que puede resultar que una sociedad se plantee estos temas, la verdad es que se asoma una peligrosa ofensiva laicista con objetivos y víctimas muy concretas. De hecho hoy uno de los diarios de circulación nacional publica los supuestos 10 Mandamientos del laicismo; léanlos que no tiene desperdicio.

Política y Religión

No se puede hablar sobre el vínculo entre política y religión sin exponer la dinámica interna de uno de los principios que orientan a la democracia moderna, a saber: la separación entre la Iglesia y el Estado.

Es sabido que en virtud de dicho principio el Estado no hace suya, es decir no convierte en oficial, ninguna de las religiones existentes en la sociedad, aún cuando sea mayoritaria dentro del conjunto de los ciudadanos. Por medio de la legalidad, tanto el Estado como las diferentes denominaciones religiosas tienen delimitadas sus funciones atendiendo a la naturaleza y misión de cada uno; lo cual no excluye su colaboración al compartir el mismo fin: el bien del hombre.

Cuando la realidad se expresa en dichos términos consideramos que el Estado tiene un carácter laico. Pero esta idea tiene sus complejidades y el debate está inundado de manipulaciones por parte de los enemigos de la religión. En ese sentido, como expresa el profesor Andrés Ollero, cuando se habla de Estado laico “es frecuente que se le entienda, como propone el laicismo, vinculado de modo inevitable a una estricta separación (que evite toda posible contaminación) entre el Estado y cualquier elemento de procedencia religiosa”, lo que en el fondo esconde el deseo de que todo lo religioso quede relegado al ámbito estrictamente privado o intimista. Evidentemente la concepción laicista del Estado dista de lo que significa su carácter laico, en tanto este último, si bien excluye la alianza “trono altar”, o sea, los poderes públicos guardan rigurosa separación con respecto a las confesiones de fe, no expulsa a lo religioso de la vida política y social.

También contrario al carácter laico del Estado es cuando el poder se vincula a un credo religioso específico y se compromete a trasladar a la ciudadanía sus exigencias sociales y políticas, es decir, aquello que debería ser una opción más; cuando ello ocurre estamos ante un Estado confesional. Sin embargo, tampoco la confesionalidad está libre de manipulaciones cuando son “válidas” para atacar a la religión: “Se utiliza, sin embargo, en ocasiones el término 'confesional' de modo mucho más amplio y genérico. Se califica en estos casos como tal a toda medida de los poderes públicos que suscriba contenidos ético-materiales de raíz ideológica o religiosa. Esto -aparte de hacer más complicado el debate- podría invitar a dar por hecha la posibilidad de que existan medidas de los poderes públicos que, por su neutralidad, no asumirían contenido ético-material alguno; lo que resulta difícilmente imaginable”, nos dice el profesor Ollero.

En el fondo, lo que existe en algunos es una mentalidad totalitaria que quiere imponer a la racionalidad –cuando no el criterio de una mayoría coyuntural - como único elemento regidor de la vida política. Al respecto el político mexicano, Carlos Castillo Peraza nos recuerda la necesidad de la presencia de ciertos valores en la base del sistema político:“La democracia exige bases humanas, éticas, de respeto que son no solo condiciones para aquella, sino cimientos prepolíticos de cualquier política democrática. Tiene que ver con el hecho de que se tome en serio al otro, a sus convicciones, a sus creencias, al objeto de su fe. La libertad solo se desarrolla en un mundo de hombres que se respectan, que se toman en serio los unos a los otros. La libertad es para eso. Si no, es una libertad vacía y la democracia un sistema en que solo caben quienes no crean en nada: en el limite, ni en la democracia misma, ni en la libertad, ni en la responsabilidad, ni en lo sagrado de la persona y sus creencias, valores y convicciones”.

También podríamos afirmar que lo que está en debate es si se puede considerar a lo religioso como un factor positivo para la sociedad y para la democracia. Debate superado en Estados Unidos pero que en Europa y algunos países de Latinoamérica levanta muchas pasiones. Ya Alexis de Tocqueville en su libro la Democracia en América se ocupaba de este tema dejando claro, que hay más libertad, cuanto más desarrolladas están las convicciones morales y religiosas de los ciudadanos.

Libertad y religión

La libertad, ese importante atributo inherente a la persona y a la democracia, y en virtud del cual muchos atacan a la religión, no está reñido con ésta:“(…) la religión ve en la libertad civil un noble ejercicio de las facultades del hombre; en el mundo político, un terreno dejado por el Creador a los esfuerzos de la inteligencia… la libertad ve en la religión la compañera de luchas y triunfos, la cuna de su infancia, la fuente divina de sus derechos. Considera la religión con salvaguarda de las costumbres (...)”

En su ensayo: El liberalismo de Tocqueville: libertad, democracia y religión (publicado en un libro de FAES sobre Tocqueville), Agapito Mestre comenta sobre la causa de la grandeza de la sociedad norteamericana y su devoción por la libertad: “(…) la religión, en realidad, la religión cristiana, era el fundamento mismo del vínculo social, de la política, o sea, de los valores morales en que se fundaba la nación recientemente constituida. Pero por otro lado, las instituciones del gobierno debían permanecer ajenas a cualquier Iglesia. La “religión cívica” surgida de la revolución norteamericana, ha resumido recientemente José María Marco, echaría sus raíces en la religión cristina, pero se abstenía de intervenir en cuestiones religiosas, hasta el punto de que la constitución es de extremada parquedad acerca de la religión y su estatus legal, que sólo aparece en la Primera Enmienda (‘El Congreso no legislará respecto al establecimiento de una religión o la prohibición del libre ejercicio de la misma’)”

Las sociedades necesitan una religión políticamente débil, pero moramente fuerte e influyente en la vida social. Siendo yo partidario de la separación de la Iglesia y el Estado, creo que ello no significa que la religión cristiana sea considerada como un asunto meramente privado. El cristianismo es capaz de formar hombres moralmente libres, preparados para enfrentarse a los totalitarismos o a la reducción materialista de la vida. La religión es una necesidad social para garantía de la libertad, en tanto deplora el egoísmo y los malos sentimientos de las personas mientras forma en el respeto y la responsabilidad. Es la religión la que ha impregnado en la vida democrática los principios éticos que le hacen ante todo antropológicamente viable, porque tal y como señala mi profesor de Democracia Cristiana Enrique San Miguel: “la democracia exige respeto entre los hombres. No existe democracia sin caridad. No existe democracia allí donde los seres humanos no se aman. La democracia no es una mera forma de organización de las relaciones públicas y políticas. La opción democrática no obedece a un análisis de oportunidad de las formas institucionales. La alternativa democrática no es la más válida como consecuencia de su racionalidad o de su eficacia. La democracia es una elección ética y un compromiso moral. La democracia es una expresión de solidaridad con los seres humanos…La democracia es el imperativo cotidiano de la libertad y de la responsabilidad”.
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Gerardo E. Martínez-Solanas
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Re:Política y religión, Iglesia y Estado - 2008/05/11 16:56 El planteamiento de Yaxys está muy claro. La separación de la Iglesia (cualquier Iglesia) y el Estado es algo muy saludable que facilita el desarrollo libre de la sociedad. Implica el reconocimiento de que la Iglesia y el Estado tienen funciones distintas que no deben confundirse ni entremezclarse.

Empero, Yaxys pasó por alto algo fundamental en su defensa del papel de la religión en la vida de la sociedad. No hizo hincapié en que la religión es un elemento intrínseco de la cultura de la sociedad en que se desenvuelve. Como parte de esa cultura, asume un lugar en la identidad nacional.

Cuando hablamos de la música cubana, o de la música española o argentina, no hablamos de imposiciones ni exclusividades. No pretendemos tampoco imponer un dogma musical. Simplemente se identifican las preferencias y tendencias del grupo social. Es la música que le gusta a la mayoría de ese país. Es la que más se oye en los medios de comunicación. Lo mismo podemos decir de la pintura o de la literatura. Son parte de la cultura del país respectivo porque tienen un reconocimiento mayoritario.

En democracia no se condena al ostracismo ni se ejerce la represión de las manifestaciones musicales, artísticas o literarias que se salen del canon cultural. Esas otras manifestaciones medran en un ambiente de libertad.

Por lo tanto, no tiene sentido que una religión mayoritaria determinada quede excluida del contexto cultural bajo el pretexto del laicismo o de la separación de la Iglesia y el Estado. El Estado debe reconocerla como parte de la cultural nacional del mismo modo que reconoce todas las demás manifestaciones culturales de la sociedad que lo compone.

Si un Estado es democrático, el pueblo debe decidir en forma mayoritaria el papel de la religión o religiones predominantes en la vida de la nación. Esto no excluye el imperativo de que las mayorías en ningún caso puedan violar los derechos humanos sino que están obligadas a respetar los derechos de las minorías.

En su obra El Hombre y el Estado, Jacques Maritain, un filósofo francés del siglo XX que fue precursor del concepto moderno de democracia participativa señala que "hay hombres que querrían, en nombre de la tolerancia civil, hacer vivir a la Iglesia y al cuerpo político en un aislamiento total y absoluto. Su solución es inevitablemente una solución de hostilidad contra la Iglesia, solución de desorden y de quiebra para la sociedad civil y la democracia. Séame permitido invocar contra ella el ejemplo de la democracia norteamericana. Una de las cosas que llaman la atención al europeo que llega a Estados Unidos es el hecho de que la expresión de «separación de la Iglesia y el Estado» no tiene en absoluto el mismo sentido allí que en Europa. En Europa significa esa situación de completo aislamiento que proviene de equívocos y conflictos seculares y que ha producido los más desafortunados resultados. En América significa, en realidad, a la vez el rechazo de tener una religión de Estado y conceder privilegio alguno a una confesión religiosa con preferencia sobre las demás y el de una distinción entre [las funciones] del Estado y las Iglesias que es compatible con la benevolencia y la cooperación mutuas."

Por eso la Constitución de Estados Unidos, sin excluir a nadie, asume el carácter cristiano mayoritario de una sociedad que se funda sobre esas raíces éticas. El propósito no excluyente es el aprovechamiento de un canon moral que garantice la libertad, el bienestar y la felicidad de sus ciudadanos.
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Yaxys Dallan
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Re:Política y religión, Iglesia y Estado - 2008/05/17 05:31 Muchas gracias, Gerardo, por tu reflexión que enriquece el debate sobre este tema.

Evidentemente, a la hora de analizar la relación de la religión con la política prefiero no caer en el tema de las mayorías y de las decisiones del “pueblo”, aún cuando no lo desestimo. Nos es conveniente que en democracia todo esté a merced de la mayoría que de hecho muchas veces es coyuntural. El pueblo cubano puede hablar mucho de ello, porque de la noche a la mañana pasó (por mayoría) de poner en sus hogares “esta es tu casa Jesús” a “esta es tu casa Fidel”.

Por ello parto del supuesto de que la religión es buena y necesaria para la vida sociopolítica y para la defensa de la libertad independientemente de la mayoría. Creo que los valores religiosos han servido de base a los valores que hoy se defienden en la democracia; también la religión tiene que defender otros en crisis actualmente, como la solidaridad.

Por tanto, no es un tema de mayoría y sí una garantía.
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Gerardo E. Martínez-Solanas
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Re:Política y religión, Iglesia y Estado - 2008/05/17 13:53 Tiene razón Yaxys en su reticencia a enarbolar el estandarte de las mayorías. La dictadura de las mayorías es la más abrumadora, ominosa y cruel. Por eso debemos concebir las democracias y su mecanismo de decisiones como un sistema de equilibrio de poderes que tiende al consenso nacional y que sólo utiliza la decisión mayoritaria para resolver un “impasse”, elegir dirigentes y consultar a los ciudadanos sobre decisiones dudosas o controversiales. Es también un medio para que el Poder Legislativo apruebe leyes (o las rechace) cuando la decisión consensual no es posible. Y en definitiva, una estructura constituida en un Poder Ejecutivo que se aplique a “administrar” los mandatos populares.

La dictadura de las mayorías surge de un concepto equivocado de la soberanía popular que implica que el pueblo, como un todo, tiene la prerrogativa de formular leyes que atenten contra las libertades y los derechos individuales y/o colectivos con un supuesto propósito ulterior a favor del bien común. Semejante conducta avasalla abusivamente la integridad de la persona y la pone a merced del engranaje del Estado.

Por lo tanto, el derecho individual de practicar una religión y de hacer que en el conjunto de la sociedad en que vivimos las ideas religiosas formen parte integral de la cultura que nos define, es un derecho que implica la libertad religiosa y su reconocimiento en la influencia ética/moral que ésta ejerce en la sociedad civil. Dentro de este contexto, la separación de la Iglesia y el Estado es una cuestión de armonizar sus funciones respectivas en la sociedad y la cultura, que son complementarias –y también suplementarias– pero no adversariales.

El problema consiste en que muchos lleguen a entender que la influencia cultural de una religión determinada, amparada en una posición mayoritaria, pueda justificar la imposición de sus dogmas al aparato del Estado y a la sociedad en la que se desenvuelve. Este sería un aspecto más de la horrorosa situación que promueven las dictaduras de las mayorías. Así han surgido y siguen surgiendo los represivos y crueles regímenes teocráticos. También los regímenes totalitarios, que se organizan inicialmente en base a una dictadura de las mayorías que impone sus decisiones dogmáticas y permite a una élite de poder entronizarse sobre los mecanismos de una verdadera “religión” de Estado.

Está muy bien lo que dice Yaxys de que los valores religiosos han servido de base a los principios de la democracia. También, sobre todo, al reconocimiento universal de los derechos humanos, que no son más que la formulación civilizada del derecho natural. Teniendo su base en el derecho natural, por consiguiente, no están supeditados a decisiones mayoritarias ni a falsos conceptos de “soberanía popular”.
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Marcos Villasmil
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Re:Política y religión, Iglesia y Estado - 2008/05/19 16:20 Más que añadir algo al excelente aporte de Yaxys, o a los comentarios de Gerardo, quisiera dar mi opinión sobre un punto introducido y debatido por ambos, como es el caso de las "mayorías y sus decisiones".

Aceptando que sin duda la democracia tiene más cualidades que la definen, que las simplemente numéricas, otras de sus características son la promoción de la tolerancia, y la aceptación y respeto de las diferencias.

Lo que garantiza el respeto de las diferencias no es el voto como método decisorio, sino la presencia actuante de, en palabras de Fareed Zakaria en su excelente libro "The Future of Freedom", "las instituciones del liberalismo constitucional" (tradición occidental del respeto a la autonomía y dignidad humana y defensa contra toda coerción). Debido a ello, "el modelo occidental de gobierno, la democracia, está mejor simbolizado no en el plebiscito de las masas, sino en un juez imparcial".

Toda sociedad debe discutir los límites de la libertad y el papel del Estado, que no es otra cosa sino definir y diferenciar lo que debe ser objeto de persuasión y razonamiento de lo que debe ser impuesto (o prohibido) mediante el derecho positivo. Y es que hay que tener en cuenta que si bien la tolerancia es un rasgo democrático, tengamos claro el que no todo es tolerable, ya que la autonomía de la persona -objetivo de una moral democrática- no es igual a arbitrariedad total, o al relativismo ético del "todo es válido".

Del mismo modo -y siguiendo el pensamiento de Victoria Camps- desde la diversidad jurídicamente garantizada, una religión no puede pretender ser reconocida como la tenedora absoluta de la verdad. Sin respeto real a la diferencia, no hay política, sino antipolítica.

Siendo el parlamento centro institucional del debate democrático, no puede ser solamente una fábrica de leyes, sino "un sitio donde la sociedad define su identidad moral común". Debe prevalecer para ello el diálogo, con lo que se refuerza el carácter pedagógico de las instituciones democráticas. Pedagogía que, no cansa el decirlo, respeta la diferencia, y tiene claro sus límites, porque debe posibilitar el logro de la autonomía de cada persona. La democracia y sus instituciones, lo ha dicho Savater, "no regeneran, sino que generan" al hombre, a la persona humana, con sus derechos pero también con sus responsabilidades, hacia sí mismo y hacia los demás.

Por ello, mi definición favorita de democracia, en palabras de la filósofa española María Zambrano, es:
"Democracia es la sociedad en la cual no sólo es permitido, sino exigido, el ser persona."

Renuevo mis gracias a Yaxys y a Gerardo por sus muy motivadores conceptos y opiniones.
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