Marcos Villasmil
User
| Posts: 79 |   |
|
ELECCIONES USA: EL FANTASMA DE KEFAUVER - 2008/04/30 12:36
ELECCIONES USA: EL FANTASMA DE KEFAUVER
Han pasado las primarias de Pennsylvannia y la guerra civil demócrata sigue su curso, para regocijo de los republicanos. Clinton y Obama parecen personajes condenados a estar juntos, como dos Sísifos, empujando cada uno su piedra, pero nunca alcanzando la cima definitiva.
Es cierto que la pre-elección presidencial demócrata ha batido récords de participación, con la superación de brechas impensables hace años, como que una mujer o un afro-americano será el abanderado de ese partido. En las últimas décadas no se había visto una competencia igual. Sin embargo, primaria tras primaria, pareciera evidente ya que ningún candidato logrará por sí mismo la mayoría necesaria, y que la figura de los “superdelegados” tendrá en su decisión el nombre del candidato del partido de oposición. ¿Qué ha llevado a este resultado?
Un dato que resalta es que el sistema electoral interno de los partidos norteamericanos difiere en buena medida. El republicano otorga en muchos casos los delegados completos de un estado al vencedor de la contienda, sin prever ninguna repartición proporcional. El método demócrata, que sí se basa en esta última, peca de ser engorroso, y como se puede ver hoy, riesgoso y potencial generador de “trancas” dignas del tráfico de Caracas un viernes lluvioso a las 6:00 pm. Para completar el despropósito, ¿nadie pudo darse cuenta que castigar a Michigan y Florida, dejándolos sin delegados a la convención, podía derivar en la situación actual, en la cual los militantes en esas regiones están indignados, los liderazgos regionales buscando como escurrir el bulto, y una dirigencia nacional que solo atina a decir que no hay dinero para repetir las convenciones en esos estados?
El modelo demócrata de elección interna ha venido cambiando en los últimos cuarenta años, teniendo como leitmotiv la superación de los traumas causados durante la convención de Chicago, en 1968, que tuviera un resultado desastroso, y le diera prácticamente en bandeja de plata la presidencia al candidato republicano de entonces, Richard Nixon.
El problema es que los gurúes demócratas, en su afán por convertir un método electoral –o sea un medio-, basado en la representación proporcional a ultranza, en un fin en sí mismo –consecuencia quizá de una inadecuada interpretación de la democracia participativa- han llevado al partido, ante una ocasión única de derrotar a sus adversarios históricos, a una calle ciega en la cual nadie se atreve a dar un paso de destranque. Parece que todavía están contando los votos de Texas, poseedor del más complejo sistema de primarias que pueda existir. Este método demócrata vino acompañado por cambios en las fechas de las primarias y, en conjunto, fue denominado por el New York Times como “la mayor transformación ocurrida entre los demócratas en los últimos treinta años”. Mejor hubieran dejado la cosa como estaba. Mientras tanto, los republicanos están salivando ante la lucha por la destrucción del adversario que protagonizan Clinton y Obama. No entro en detalles suficientemente conocidos de la estrategia ofensiva respectiva, pero es probablemente cierto que los republicanos en su campaña solo van a necesitar repetir la publicidad ya usada por los precandidatos demócratas para atacar al que sea electo finalmente candidato.
Y pensar que todo indica que este año los demócratas debieran de ganar sin sudar demasiado –las encuestas siguen mostrando el cansancio de la gente ante Irak, la molestia por la situación económica, y el claro alejamiento de Bush y su gobierno del “mainstream American”. ¿Qué pasa entonces?
Las cuentas no le dan a Clinton, pero nadie se atreve a mostrarle la infalible realidad numérica; pasan los días, y el debilitamiento de Obama, llevado a cabo con tenacidad y disciplina militar por parte de los clintonistas, solo favorece a McCain. David Brooks, del New York Times, recientemente ha afirmado que Hillary Clinton sigue adelante gracias solo a que posee la “audacia de la desesperanza” (the audacity of hopelessness).
Claro, lo anterior fue dicho antes de que hiciera aparición pública, buscando sus quince minutos de fama bajo un sueño narcisista –y un deseo de venganza digno de un fundamentalista- el ex-pastor de Obama, el reverendo Wright, quien está logrando en estos últimos días lo que ni Clinton ni McCain habían logrado en meses: la demolición de la candidatura de Obama. Los efectos se están viendo: hoy miércoles 30 de abril, se reseñan encuestas recientes de Carolina del Norte e Indiana (las primarias son la semana que viene) donde la ventaja de Obama se ha reducido a cero, en pocos días. Obama ha tratado de rechazar los ataques del reverendo, pero ante los ojos de la gente, queda esta duda: no dejando a un lado la posibilidad de que a Wright le hubiese dado un ataque de locura reciente, ¿cómo explica Obama su vinculación por más de veinte años con este energúmeno? (Fue quien lo casó, y bautizó a sus dos hijas.)
Para colmo, ambos candidatos cansados de tanto debate y tanto discurso, en Pennsylvannia decidieron discutir temas típicamente republicanos, como la religión y las armas, y en los cuales, por favor que alguien me diga si hay alguna diferencia aunque sea microcósmica entre ellos. La gente independiente cada día más está reclamando una luz, un liderazgo que muestre el camino para salir del atolladero actual, y sobre todo, opiniones serias sobre cómo combatir el desempleo, el problema de las hipotecas, el desastre en Irak y Afganistán, o el precio de la gasolina, y nada, un silencio como si la cosa no fuera con ellos. Hay demasiados temas que discutir y poca discusión sustantiva sobre ellos. ¿Alguien notó si Obama o Clinton dijeron algo de interés durante las recientes interpelaciones en el Senado del general Petraeus (comandante militar en Irak) y Crocker, el embajador americano en Bagdad? Qué oportunidad de oro se perdió.
Todavía, la mesa está servida para los demócratas. Todos los temas, correctamente abordados, muestran una realidad abrumadoramente crítica al gobierno republicano. McCain no es el rey del carisma, ni mucho menos, y si el tema del cambio en verdad se consolidase, sería el candidato menos indicado para hablar de ello. Algo que debe tomar en cuenta McCain: en las democracias, la gente no necesariamente vota por el más preparado, o por el que ha hecho en su vida más por el país. Si fuera así, ni Bill Clinton ni George W. Bush hubieran sido presidentes. De hecho, deberían entonces haber sido ganadores George Bush (padre), Bob Dole, Al Gore y John Kerry.
Algunos expertos en campañas dicen que las elecciones son sobre el presente y el futuro más que el pasado, o en todo caso, si éste último se toma en cuenta, es el muy reciente. McCain, mientras los demócratas se caen a golpes, debiera aprovechar para montar un programa propio, que dé respuesta a las angustias de la gente. Hasta ahora, sin embargo, desdiciéndose por cierto de promesas anteriores, solo repite machaconamente que mantendrá los recortes de impuestos del actual mandatario -no precisamente una propuesta audaz e innovadora; el mismo caso, en el tema de la seguridad social. Los demócratas lo tienen tan claro, que un estratega del partido dijo: “perder esta elección con McCain, sería como si Johnson hubiera perdido contra Goldwater en 1964.” Así de evidente, en teoría, está el panorama.
Al día de hoy, sin embargo, una pregunta perfectamente válida es si los demócratas llegarán a noviembre férreamente unidos. El proceso actual se está pareciendo, peligrosamente a la ya mentada campaña de 1968. Están alcanzando un punto que hace recordar las palabras de Jay Rockefeller en un acto reciente de Obama en West Virginia: “Los demócratas siempre se equivocan nominando gente que sabe de todo lo requerido sobre políticas públicas. Gore y Kerry eran expertos y conocedores, pero la gente no tuvo empatía con ellos. Uno no es electo presidente de los Estados Unidos si no le gusta a la gente.”
Las últimas metidas de pata de Clinton y de Obama hacen pensar que sólo un siquiatra puede descifrar porqué algunos políticos insisten en cometer error tras error, tentando la paciencia ciudadana (véase el caso de Spitzer, Eliot).
Una reciente encuesta Gallup indica que un 19% de obamistas votarían por McCain en lugar de Clinton, y un 28% de clintonistas afirmaron votar republicano antes que por Obama. Y mientras la contienda continua, las heridas se profundizan, amenazando no sólo las chances de ganar la presidencia, sino las elecciones parlamentarias también. La ira crece como un cáncer entre los votantes demócratas. Las encuestas también anuncian que la popularidad de McCain, a pesar de los pesares, aumenta.
Para Obama (dejando a un lado sus penas actuales causadas por Wright), su problema se encuentra reflejado en esta pregunta esencial: ¿si es cierto que él puede trascender nacionalmente la actual divisoria partidaria roja/azul, por qué no logra siquiera unir a la mayoría clara de su partido bajo su bandera? De alguna manera, tras tantos meses de “infight”, se nota fatiga en sus propuestas; el “yes, we can” se ha convertido en un “no, she can´t”. Él debe ser el candidato porque ella no puede serlo. Hay que reconocerle, sin embargo, que el chorro de cobres para su campaña no cesa. Pero lo cierto es que la explicación de su tribulación actual no puede ser exclusivamente que los ataques de Clinton han sido desmedidos; en verdad, de acuerdo a la experiencia previa, hasta ahora lo que ha recibido son peloticas de tennis en comparación con los misiles que deben estar preparando los republicanos. Peor aún para él, Clinton luce hoy como la candidata con mayor capacidad de confrontación, de decisión de luchar contra toda adversidad, incluso con todo tipo de armas (los escrúpulos parecen no ser su fuerte); y para muchos votantes demócratas, el deseo de derrotar a los republicanos es casi una obsesión.
Luego de su percance en Pennsylvannia, y su error dialéctico en la famosa conferencia en San Francisco, uno tiene derecho a preguntarse si lo que sucede a Obama es que el tan proclamado cambio, transformador del sistema, y que tanto éxito ha tenido entre los jóvenes, no es lo que realmente desean los trabajadores, angustiados por una realidad económica cada día peor. Para gente que lucha con un día a día sin seguridad social, sin empleo y/o sin casa, el mensaje de Clinton, menos inspirado y poético, pero más pragmático, puede sonar más prometedor. Por algo, los demócratas de la tercera edad están con Hillary.
La elección presidencial, repito, parece razonablemente inclinada al partido azul. ¿Quiénes sino los demócratas pueden presentarse como el partido social, de medidas a favor de la salud, o de la seguridad económica? Por algo son los creadores de la Seguridad Social y del Medicare. Hasta pueden decir que son el partido de la prosperidad: Desde la década de los treinta, los demócratas no la han tenido más bombita si se compara la situación económica de los dos gobiernos Clinton con la del actual presidente. Sin embargo, en su afán de contraatacar a su rival, Obama ha cometido un error monumental al afirmar, de pasada, como quien no quiere la cosa, que “él va restaurar el bienestar económico perdido en los últimos veinte años”. Y los republicanos felices. Obama está resultando admirador de Reagan después de todo.
No basta con decir “estoy con uds., los más débiles.” Se necesita un programa sencillo y claro, comprensible para todos, que genere la magia del apoyo no a la idea abstracta de cambio, sino a la movilización de voluntades porque “ésto es lo que vamos a hacer.”
Para colmo, la entusiasta campaña demócrata ha abierto nuevas divisiones demográficas en el partido. Estemos claros: es un hecho conocido la disparidad en las tendencias en ambas organizaciones norteamericanas; en los republicanos, la relación con el Estado (partidarios del “small government, strong defense y low taxes”, libertarios, o los llamados moderados, como Giuliani, Christie Todd Whitman, y el propio McCain en tiempos no tan pasados), o el tema religioso, explicaban las divisorias partidistas. Entre los demócratas, las políticas sociales (con toda su amplitud)estaba entre los temas predominantes. Este año, una nueva brecha cultural está siendo mostrada por las primarias y sus resultados: estado tras estado, Obama gana en zonas con personas de mayor nivel educativo o que vive en los suburbios (más de un 70% de condados de ese tipo), mientras Clinton ha ganado un 90% de condados con personas de menores ingresos (en especial “blue workers”). Otro dato revelador: un trabajador católico, mayor de sesenta años, vota igual, viva en Fresno, Nashua, Orlando o Cleveland.
Lo que llama la atención es que no importa, en lo anterior, lo que gasten en campaña y publicidad. Pennsylvannia es un buen ejemplo. La demografía indicaba que Obama no tenía ningún chance, de acuerdo a los criterios arriba señalados. Así fue el resultado. Por ello, el “momento” de cada candidato, varía de estado a estado. El status social, con sus valores intrínsecos, vale hoy más que todo intento de persuasión. El nicho subcultural en que cada quien se encuentra genera lealtades políticas propias, con sus nociones particulares de liderazgo y lealtad partidaria. El tema da para mucho, y está siendo debatido con interés.
Tal y como están las cosas, los demócratas deben decidir pronto su abanderado, o corren el peligro de llegar a una convención que se convierta en un saco de gatos. Si no fuera suficiente con los ingratos recuerdos de la convención de Chicago del 68, o la actual guerra civil interna, el fantasma de C. Estes Kefauver flota sobre el partido.
En 1952, Kefauver, senador por Tennessee, se lanzó de precandidato a la presidencia. Hizo historia al derrotar al presidente Truman en las primarias de New Hampshire. En esa época, no se hacían primarias en todos los estados; pero Kefauver ganó en doce de las quince que se realizaron. Obtuvo 3.1 millones de votos, sin embargo el liderazgo del partido (equivalentes a los “superdelegados” actuales) decidió nominar al culto y experto Adlai Stevenson, que solo había obtenido en las primarias 78 mil votos (sí, amigo lector, sólo 78 mil.) La campaña de Kefauver quedó para la historia como el mayor ejemplo de que ganar las primarias no necesariamente lleva a la candidatura. Para los que anotan, como se dice en béisbol, vale la pena recordar que el candidato republicano, Dwight Eisenhower, le dio a Stevenson una soberana paliza en noviembre. En Estados Unidos, la gente común reacciona negativamente al olor de cualquier influencia de cogollos en las decisiones partidistas, en especial si se refieren a la elección presidencial.
En estos momentos, el problema mayor para Clinton y Obama no es el ser mujer o afro-americano, sino que después de pasada la novedad de su presencia en el escenario electoral, luego de tantos meses de campaña, están perdiendo conexión con la gente y sus angustias. Y lo que único que sale al aire son los trapos sucios de cada uno.
Los demócratas quizá todavía están en tiempos de enmienda. Ante la notoria falta de un programa en positivo, ambos precandidatos, para ver si se ponen las pilas, necesitan que uno de sus asesores –a lo mejor algún latino- les pase esta afirmación de un joven Ortega y Gasset, en una conferencia en la sede del partido socialista madrileño: «Como veis, siendo anti-algo no se llega nunca a ser algo».
|