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FORO PARTICIPATIVO / PARTICIPATIVE FORUM
 
Marcos Villasmil
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El Mesías Tony Blair - 2007/05/14 13:51 EL MESÍAS TONY BLAIR



Es posible que George W. Bush envidie secretamente a Tony Blair por la capacidad constitucional que asiste al premier británico de transferir la primera magistratura a un correligionario -en este caso, a su ministro de Finanzas, Gordon Brown- sin tener que disolver el Parlamento, convocar elecciones, o provocar una crisis política de considerables proporciones. La sapiencia inglesa en materia de democracia se hace presente una vez más.

Tony Blair trae consigo un buen bagaje de resultados y de críticas; pero sin duda alguna, desde la perspectiva de su propia nación, el logro fundamental e histórico es haberse convertido en el Mesías de un Nuevo Laborismo sin lo cual el partido que representa la izquierda democrática británica estaría todavía en las inhóspitas selvas de la oposición. Recordemos.

En el periodo de gobierno conservador de Margaret Thatcher, el laborismo inglés se radicalizó al extremo, adoptando una posición totalmente alejada de la realidad y, por ende, de los votos de sus compatriotas. Una de las prácticas que hace de la democracia británica un modelo a seguir es que los partidos, al momento de iniciarse la contienda electoral, deben presentar un programa muy prolijo y claro acerca de cuál sería su acción gubernamental en caso de ganar. Eso que en otras partes llaman programa de gobierno, los británicos lo llaman “Manifiesto”. Cada manifiesto partidista es luego distribuido y publicado, sometido al debate riguroso y al análisis somero de todos, en especial de los medios de comunicación, con sus especialistas en el área financiera y económica prestos a denunciar y mostrar incongruencias, errores o propuestas inverosímiles. (¿Qué sería de la democracia venezolana si esa práctica se hubiera llevado a cabo? Recuérdese que los venezolanos hasta elegimos un presidente sin programa –Caldera en 1993) Bueno, es el caso que en una de esas campañas el programa laborista era tan desastroso, que un líder conservador, en una frase bastante ingeniosa, lo llamó “la nota de suicidio más larga de la historia”.

Bueno, ese laborismo fue el que heredó el entonces joven Blair a comienzos de los noventa. Y contra viento y marea, contra el poder sindical enquistado en el partido desde su fundación, Blair modernizó la organización, acercándola al centro político e ideológico, deslastrándola por ende –como hicieran sus correligionarios Brandt con el SPD alemán, y Felipe González con el PSOE español- de todo resto de chatarra marxista en sus programas y documentos.

La modernización fue tal que para algunos Blair se pasó de la raya, y se convirtió en ídolo del nuevo yuppismo inglés. Sus vecinos del entonces barrio de clase media de Islington, al norte de Londres, le deben estar muy agradecidos: comprar vivienda en Islington se puso de moda, y los precios por supuesto, se fueron al cielo.

Lo anterior no es sino una de las tantas anécdotas del que sin duda alguna es el político laborista más exitoso de todos los tiempos, el único de esa tendencia en ganar tres elecciones seguidas. Sin embargo, deja el cargo harto ante el acoso de las bases de su partido, que no lo han acompañado en su empeño en mantener la alianza militar con los Estados Unidos en Irak. Dichos sectores reconocen que el inquilino del 10 de Downing Street ha sido y probablemente sigue siendo su principal activo electoral, pero no le perdonan que fuera a la guerra sobre la base de una mentira, o por lo menos una grosera exageración (la capacidad de Saddam Hussein de utilizar armas de destrucción masiva). La política exterior, para la cual estaba tan calificado, terminó siendo su talón de Aquiles.

Un legado que, sin embargo, no puede ser nunca subestimado, es el de la actual paz en Irlanda del Norte. Alí, ambas partes en conflicto odian a los ingleses –algunos dirán que con razón-. Pero Blair, cabalgando gracias a su superficial afabilidad, así como su capacidad de empatía, logró sentar a la mesa a enemigos acérrimos, que hoy comparten el gobierno en medio de una paz imposible de pensar pocos años atrás.

Si volvemos, no obstante, a las promesas que lo llevaron al poder –la modernización educativa, sanitaria y del transporte- su legado no es demasiado risueño. Sin embargo, su carisma, y los repetidos errores del liderazgo conservador, ayudaron a que la luna de miel de sus compatriotas con el joven dirigente durara tanto. No se le pueden adjudicar demasiados méritos en el frente económico por dos razones: primero, porque en buena medida él heredó una bonanza y una manera de hacer las cosas que se dieron en el gobierno de Margaret Thatcher, y segundo, porque la experiencia sajona –que Blair asimiló a pesar de su ideología- indica que mientras menos se meta el gobierno en la economía, mejor le irá al país. A fin de cuentas, las tasas de interés las controla el Banco de Inglaterra, y no el Ministerio de Finanzas, y el centro neurálgico de la riqueza está en la City, bajo control hoy de firmas en su mayoría americanas, coreanas, japonesas o alemanas, y su funcionamiento y buen hacer no dependen casi nada del gobierno de turno.

Mientras la moda en Latinoamérica es ver presidentes que reforman la constitución para poder ser reelectos, la milenaria sabiduría británica nos muestra un líder que supo dejar su puesto cuando los vientos ya no le eran favorables y su ciudadanía daba muestras de cansancio. Ese último gesto, que dice mucho en política, no se lo podrá quitar nadie a Tony Blair, el Mesías del laborismo inglés.
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