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FORO PARTICIPATIVO / PARTICIPATIVE FORUM
 
Gerardo E. Martínez-Solanas
Admin
Posts: 315
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En río revuelto ... los ayatolas pescan - 2007/02/17 16:13 Quienes nos tomemos el trabajo de conocer y analizar los hechos y no sólo las opiniones que nos bombardean desde los medios de información para promover intereses y puntos de vista de pequeños sectores, nos daremos cuenta de que estamos sometidos a una manipulación informática que oscurece esos hechos y suele tergiversarlos. Eso ocurre con los sucesos y realidades del Oriente Medio y las decisiones equivocadas que se producen en consecuencia. Por lo tanto, investiguemos los hechos y analicemos sus raíces.

En lo poco que va de siglo, es un hecho que el violento diferendo árabe-israelí ha pasado a segundo plano ante la gravedad de la proliferación nuclear y misilística en toda esa región.

Es un hecho también que la violencia concentrada ahora en Afganistán, Pakistán e Iraq, tiene su raíz en esta proliferación y en el temor a sus consecuencias. Es el meollo de la situación que motivó la primera Guerra del Golfo y desembocó diez años después en las invasiones consecutivas de Afganistán e Iraq. En otras palabras, es el temor a la proliferación de las armas de destrucción en masa entre quienes predican y aplican la violencia con propósitos hegemónicos.

La existencia de tales armamentos en manos de pocos países no justifica que otros los sumen a sus arsenales esgrimiendo pretextos de “justicia” o “equidad”. Bastante grave es que existan. La solución no es un precario equilibrio del terror donde todos tengan acceso a ellas sino un esfuerzo internacional para reducir su número y ulteriormente eliminarlas. Empero, la proliferación desbarata esos esfuerzos.

Volviendo a los hechos, Saddam Hussein dirigía la producción de armas químicas y nucleares desde hace 30 años. Demostró su intención de usarlas en el genocidio contra los kurdos y en la guerra contra Irán. Las usó otra vez, con escaso éxito, en la primera Guerra del Golfo. Su programa nuclear se remonta a fines de los 70. Ese primer programa nuclear fue decisivamente destruido por un sorpresivo y certero bombardeo israelí en 1981. El segundo tomó impulso desde la primera Guerra del Golfo. Su derrota le impuso una obligación de permitir que inspectores de las Naciones Unidas visitaran sus instalaciones militares y civiles para comprobar que esas armas de destrucción en masa, sus prototipos y medios de fabricación habían sido destruidos. Mientras los inspectores no certificaran el cumplimiento, se aplicaría un riguroso embargo internacional y se limitarían los movimientos de tropas y aviones en amplias zonas al Norte y al Sur del país.

La arrogancia de Saddam lo hizo creerse más astuto que Maquiavelo para manipular a la comunidad internacional hasta salirse con la suya por cansancio de la voluntad política de quienes no creía capaces de soportar indefinidamente ese juego. Un juego que se prolongó durante toda la Presidencia de Clinton, mientras Saddam ganaba terreno gradualmente ante la indecisión occidental y la ausencia de objetivos definidos en la política norteamericana en Iraq.

Clinton nunca elaboró una política para enfrentar el vacío de poder que produciría la caída de Saddam sino que se limitó a esporádicos bombardeos que, además, coincidían extrañamente con sus problemas domésticos. Esto envalentonó al tirano. Uno de los principales asesores de Clinton, el Comandante Jefe del CENTCOM Gral. Tonny Cinni, repetidamente recomendó un plan de contingencia, llamado “Dessert Crossing”, que llenara el vacío de poder cuando cayera la tiranía, del cual no se tuvo noticias hasta hace poco porque Clinton optó por archivarlo.

Por tanto, el Presidente Bush reaccionó al ataque del 9/11 sin conocer la propuesta que preveía lo que habría de presentarse. Con la invasión del Afganistán, Saddam creyó llegada su hora para romper sus compromisos con las Naciones Unidas y expulsar a los inspectores que debían certificar el compromiso contraído de no fabricar armas de destrucción en masa. Ante esto, Bush decidió apresuradamente la intervención armada con una coalición improvisada de 38 países. La operación militar, tácticamente impecable, cayó en los errores que el General Zinni había pronosticado ya: el vacío de poder se prolongó por tiempo suficiente para crear la situación caótica e irreconciliable que subsiste todavía.

Ahora quedan dos alternativas: la retirada de las fuerzas de ocupación, con la consiguiente guerra civil que provocaría un gravísimo enfrentamiento armado de otros países, unos a favor de los sunitas y otros de los shiítas; o la fragmentación del Iraq a lo largo de las fronteras étnicos-religiosas que ya lo dividen, al estilo de la solución alcanzada en los Balcanes con la desintegración de Yugoslavia en diversos países independientes que viven en paz: Bosnia, Croacia, Montenegro, Eslovenia, Serbia y Macedonia.

Irán sigue los pasos maquiavélicos de Saddam de pescar en río revuelto para convertirse en el nuevo poder hegemónico de la región y abanderado del extremismo islámico. Aprovecha la actual situación de Iraq, renovando la apuesta de rendir por cansancio la voluntad política de la comunidad internacional y dotarse de un arsenal nuclear con propósitos claramente agresivos.

Si el mundo libre cruza ahora sus brazos, pagaremos consecuencias devastadoras.
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