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FORO PARTICIPATIVO / PARTICIPATIVE FORUM
 
Gerardo E. Martínez-Solanas
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Todos somos desechables - 2006/07/21 12:20 La democracia no es una dictadura de las mayorías ni, mucho menos, de los sectores más activos de la sociedad sino un esfuerzo común que José Martí describió magistralmente: “con todos y para el bien de todos”. Cuando las decisiones que se toman perjudican a los más débiles o los menos numerosos, falla la democracia, se radicaliza y se polariza.

Es cierto que para que funcione la democracia es indispensable tomar decisiones mayoritarias cuando no se puede alcanzar un consenso. No obstante, es indispensable también que todos reconozcamos un consenso inviolable e inalienable basado en la ética y los principios morales que hemos desarrollado a través de la historia, que sirven de garantía a nuestros derechos y libertades fundamentales. El derecho a la vida es uno de esos derechos inalienables, pero su alcance se presta a profundos debates.

El debate sobre la utilización de células madre –troncales– procedentes de embriones “desechables” ha culminado en EE.UU. con el veto del Presidente Bush a la ley que permitiría el uso de fondos federales en esos experimentos. Este debate abarca también las posiciones éticas de quienes favorecen el aborto en contraposición al “derecho a la vida” que defienden otros.

Más que un derecho, éstos lo que plantean es un principio filosófico o un precepto religioso. La Declaración Universal de Derechos Humanos hace una breve referencia a que “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”. Establece así un derecho a la vida que ha sido reconocido jurídicamente por la mayoría de los países.

La clave es que la Declaración sólo alude a individuos y personas sin definirlos. La mayoría de los países interpreta en su jurisprudencia que éstos son los nacidos. Es decir, que los derechos humanos se adquieren a partir del nacimiento. Por lo tanto, antes del nacimiento, la identificación genética de humano es irrelevante y para un enorme sector de la opinión pública es un hecho impertinente.

En la jurisprudencia relativa al aborto, la interpretación de este derecho se complica hasta el punto de que en casi todas partes se prohíbe o está muy restringido a partir de cierto número de semanas de gestación. Se aduce que merece protección el feto que es “viable” y que, por lo tanto, puede sobrevivir fuera del seno de la madre. Desde el día inmediatamente anterior a esa fecha del embarazo el feto es “desechable”.

El resultado es que cada vez hay más intereses que piden que se les permita experimentar con esos fetos. Además, cada país llega a decisiones legislativas distintas sobre la fecha más adecuada. Son decisiones que se toman por mayoría de votos en la legislatura, muchas veces influenciados por la presión de la opinión pública más que por consideraciones científicas. En el caso del veto del Presidente Bush sobre las células madres, se impuso la decisión de una sola persona movida por principios ético-religiosos y permitida por la falta de voluntad política de una mayoría del Congreso suficiente para derrotarla.

Si esto sucede en una democracia avanzada, ¿qué puede suceder en otra más imperfecta o más autoritaria, en una dictadura o en una tiranía totalitaria? No es una pregunta ociosa porque ya tenemos muchos ejemplos. Hoy día en muchos países en que predomina el autoritarismo son “desechables” opositores políticos o personas que osan expresar opiniones distintas. En muchos de estos Estados no se contentan con fusilarlos o aplicarles cualquier otra pena de muerte, sino que en la Alemania de Hitler, la URSS de Stalin, la Camboya de Pol Pot, la Corea de Kil Jung Il y la Cuba de Castro se han empleado y se emplean métodos y fármacos siquiátricos y otros tipos de experimentación con estos seres “desechables”.

Volviendo al tema central, los nazis llegaron a la conclusión de que el derecho a la vida para todos los nacidos tenía también limitaciones. Para ellos se limitaba a todos los nacidos “viables”. Los “imperfectos”, retrasados mentales y muy enfermos eran “desechables” y se abortaban al nacer. De conclusiones como éstas pasaron a justificar la eliminación de otros seres “desechables”; una práctica que afortunadamente la inmensa mayoría de las personas y legislaturas ha rechazado y califica como crímenes de lesa humanidad y genocidio.

Estas son razones que esgrimen los defensores del derecho a la vida de toda persona o individuo desde su concepción. Es decir, que el embrión es ya una persona para ellos.

La controversia se agudiza cuando se aduce racionalmente que embriones no “viables” y, por lo tanto, “desechables” pueden servir en experimentos orientados al alivio de muchas enfermedades y hasta a su curación. Sin embargo, las células madres necesarias pueden extraerse de otras fuentes, aunque estas son menos abundantes y más costosas.

Son menos abundantes porque la creación de embriones mediante manipulación artificial se ha convertido en una industria muy lucrativa y productiva que enriquece a grandes consorcios y a infinidad de individuos involucrados en este comercio. Estos experimentos no se hacen por compasión al enfermo. Tampoco se crean hijos extrauterinos –a veces con madres prestadas– para afianzar los lazos familiares. Los promueve el egoísmo de los mercaderes y de muchos que los utilizan.

Por añadidura –dicen los defensores del derecho a la vida– lo que hacen estas prácticas y experimentos es salvar una vida a costa de otra. Una vida que ya ha seguido su evolución natural a costa de otra que la cifra en su porvenir. Añaden también que esa obsesión por la inmortalidad que fomentan estos experimentos y por manipular a nuestro capricho las leyes biológicas tienen consecuencias pervertidas para la humanidad o catastróficas para el planeta.

Es muy difícil reconciliarse con la inevitabilidad de la propia muerte. Empero, cabe preguntarse si en los casos extremos de supervivencia que permiten los avances científicos por estos cauces resulta verdaderamente deseable vivir con tubos insertados o piezas mecánicas u órganos de extraños que nuestro cuerpo rechaza o atiborrados de química y radiaciones que reducen nuestra calidad de vida a niveles miserables o prolongando una vejez sumida en la bruma del embrutecimiento senil.

¿No sería preferible una ciencia compasiva y fraternal que nos ayudara a vivir mejor y también a morir mejor, con menos sufrimientos, ansiedades y temores y menor desesperanzado sacrificio para quienes nos aman?

Estimo que un principio tan importante como el derecho a la vida debe enfocarse en las decisiones humanas –las leyes y la jurisprudencia– como uno que atañe a la vida misma y no a personas o individuos según los días, meses, años, imperfecciones, sexo, raza o cualesquiera otros motivos de conveniencia que caractericen la evolución de sus vidas respectivas desde la concepción.

Cabe reconocer que la realidad y las circunstancias exigen a veces decisiones difíciles que pueden apelar a la ciencia para que ofrezca soluciones coherentes y compasivas. Ciertos métodos anticonceptivos son buenas alternativas al aborto, casos donde debe escogerse entre la vida de la madre y el hijo según la ciencia determine cuál es más viable, experimentos con células madres obtenidos de otras fuentes que no provengan de la industria de embriones “desechables” y muchas otras circunstancias que desemboquen en soluciones más éticas y menos conflictivas.

Al fin de cuentas, todos hemos sido y somos seres “desechables”. Depende de quién o quiénes tomen esas decisiones. Si es una mayoría o los más fuertes, costará muy caro a quienes formen parte de la minoría o de los más débiles.
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daniel bouzas
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Re:Todos somos desechables - 2006/11/10 09:16 Solo para acotar elgunos ejemplos mas de paises que hacen de los opositores seres desechable. Sin duda la lista es bastante mas larga, pero no debemos olvidar la Italia de Mussolini, la Argentina de Galtieri, el Chile de Pinochet, el Guantánamo de Bush, la China de Mao y otros regímenes que desprecian al ser humano y que merecen por lo tanto el nuestro.
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Gerardo E. Martínez-Solanas
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Re:Todos somos desechables - 2006/11/10 11:54 La violación de los derechos humanos y las libertades fundamentales de cualquier persona es igualmente detestable y execrable en cualquier parte que se produzca. Corresponde a los amantes de la libertad y la democracia denunciarlas con igual firmeza e indignación y rechazar cuantas justificaciones o pretextos se aduzcan por motivos políticos, ideológicos o de seguridad. Ningún ser humano –desde su concepción a su muerte– es “desechable”.

Lo que no podemos hacer es equiparar la situación de los derechos humanos en todos los países donde se violan o se han violado, porque las condiciones que existen para actuar en su defensa difieren enormemente entre unos lugares y otros. El problema principal estriba en el grado de “legalidad” que aducen los violadores.

Por eso el Consejo de Derechos Humanos y las instituciones internacionales de defensa de los derechos humanos que proliferan en la sociedad civil de muchos países como entidades u organizaciones no gubernamentales, concentran sus mayores esfuerzos en denunciar los casos que involucran gobiernos que han institucionalizado o institucionalizan las violaciones como parte de su política y, en casos más extremos, como parte de las leyes que han hecho aprobar para condonar sus crímenes.

Hay un verdadero abismo entre estos, donde no hay capacidad de defensa ni libertad de expresión y organización, y aquellos que mantienen un sistema jurídico que permite a la sociedad civil organizarse en defensa de sus derechos y que establece la inconstitucionalidad de leyes violatorias de los derechos humanos y las libertades fundamentales. En estos últimos impera el derecho y la sociedad establece los parámetros de la ley y el orden. Por lo tanto, cuando el gobierno o los individuos abusan, deben enfrentar la oposición organizada y legítima de quienes aspiran a la justicia y el decoro. En los otros, por el contrario, se criminaliza a los opositores, se les reprime violentamente y se les impide organizarse en defensa de sus derechos. Por lo tanto, ambas vertientes no son equiparables.
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daniel bouzas
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Re:Todos somos desechables - 2006/11/10 14:48 AHORA SÍ ME QUEDA CLARO.
Faltaba una explicación como ésta para comprender cabalmente.
Existen dos clase de violadores de los derechos humanos.
1- Violadores clase A
2- Violadores clase B
Unos son los violadores buenos y otros son los violadores malos.
Todo depende del color del cristal con que se mire.

Mira: Los violadores de los derechos humanos son todos unos perros que no merecen nuestro mas mínimo respeto. Son seres inmundos que se merecen el desprecio de todos.
No hay justificación para lo que hacen, ni ahora ni nunca.
Gastan su tiempo quienes pretenden encontrar justificativos a tan denigrantes seres humaniodes.
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Gerardo E. Martínez-Solanas
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Re:Todos somos desechables - 2006/11/10 17:11 SE VE QUE NO LE HA QUEDADO TAN CLARO porque por muchas vueltas que le dé el amigo Bouzas, no hay tal distinción entre los violadores sino entre las sociedades y los gobiernos que tienen que enfrentarse a ellos.

Como él bien dice, los violadores de los derechos y las libertades de sus semejantes son "seres inmundos" y, como yo dije, sus acciones son "detestables y execrables".

Podemos equiparar a los violadores. Lo que no podemos equiparar son las sociedades y los gobiernos que tienen instituciones para castigarlos y las que tienen instituciones para apañarlos.

Gastan su tiempo quienes pretenden buscar justificativos a los regímenes que basan su política en la violación de los derechos y las libertades y pretenden equipararlos con los gobiernos que forman parte de una sociedad civil fuerte e independiente que juzga a los violadores y cuenta con medios para castigarlos.
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